Relación señal-ruido

Casi veinte años hemos tenido que esperar a la edición en España de Signal to noise (Señal y ruido en la edición de Astiberri). Pero os puedo asegurar que aquél refrán que dice “que nunca es tarde si la dicha es buena” tiene su perfecta aplicación ahora porque, sin duda, Signal to noise es la mejor obra del tándem McKean-Gaiman. Concebida para ser serializada en la revista The Face y, posteriormente, ampliada para su publicación en álbum, Signal to noise es una obra que parte de una idea tan simple como sobrecogedora para el ser humano: la muerte.
Un hombre, un director de cine de películas de prestigio intelectual, descubre un día que un cáncer en fase terminal le arrebata la vida. Apenas le quedan unos meses, un pequeño suspiro en el que debe afrontar el final de todo. Su apocalipsis personal. Y lo hace de la única manera que sabe: escribiendo una película. La última película. Una obra que tratará, paradójicamente, sobre los miedos desencadenados con el advenimiento del primer milenio. El último día del año 999 representa para el director un perfecto símil de su situación: el mundo, igual que él, se acabará en ese momento. Así se lo han predicho. Pero igual que él sabe que el mundo no acabó…¿quedará un resquicio de esperanza para que las profecías médicas no se cumplan?
En el fondo, el director, del que nunca sabremos su nombre, no deja de buscar a su alrededor dónde está la verdad. En un mundo que nos invade de señales, de imágenes… ¿qué es la señal y qué es el ruido? ¿Qué es realmente la vida? Dónde está el límite entre las cosas que marcan la importancia y aquello que sólo la oculta.
Gaiman va dejando ideas apenas esbozadas, esos miedos ancestrales que todos hemos tenido ante la idea de la muerte. Temores a los que McKean da forma en imágenes de una potencia visual brutal, primigenia, formando una compleja trama visual donde señal y ruido se van alternando, inundándose mutuamente, alimentándose en una espiral constante. Imágenes desbocadas, que se van fundiendo sobre secuencias reflexivas. Viñetas clásicas que van diluyéndose en un mar de ruido visual. Un crescendo continuado que impele al lector hacia el mismo agujero negro al que se asoma el protagonista. Hacia un terror al que todos nos enfrentamos, el de nuestra muerte. Y, obligatoriamente, nos asomaremos con él a ese pozo sin fondo, infinito, que nos dejará solos ante el fin del mundo. Una visión que nos descubrirá que no existe final, que el mundo siempre se está acabando para alguien.
Gaiman deja al lector la reflexión final. La respuesta a la pregunta que no se ha hecho, pero que todos tememos hacer. Propone una idea. La suya. El resto debemos encontrar la nuestra.
Un álbum brillante, complejo, provocador, en el que Gaiman y McKean consiguen fusionarse perfectamente, exprimiéndose mutuamente al máximo. La reseña está hecha sobre la edición original de Dark Horse, pero por lo que he podido ver, la edición de Astiberri, a falta de comprobar la traducción (de la que debo reconocer que no me gusta el título elegido, ya que se obvia el origen técnico del término signal to noise ratio, relación señal-ruido), es extraordinaria. (4+)