El camaleón Senté

Yves Senté es un caso a estudiar. Ejecutivo que llega a Lombard desde el mundo de las finanzas y que, en poco tiempo, alcanza el puesto de director editorial. Una trayectoria ejemplar que no podía hacer sospechar que, unos años más tarde, tendría ínfulas creativas, atreviéndose, ni más ni menos, que a continuar la obra de Edgard P. Jacobs. El anuncio provocaba, cuanto menos, un leve arqueo de cejas desaprobador. ¿Un editor metido a guionista? Muy atrevido parecía el propósito.
Pero llegó el día en que La maquinación Voronov apareció en las librerías y la sorpresa fue mayúscula. No sólo es que Senté había conseguido emular a la perfección el estilo de Jacobs (siempre apoyado en un magistral Juillard), es que además, la historia era excelente, de la mejores de la serie. Una sorpresa que dejó de ser un hecho excepcional cuando publicó, junto a Rosinski, su particular reescritura del Montecristo de Dumas, La venganza del Conde Skarbek. De nuevo, Senté demostraba una inhumana capacidad camaleónica, que vampirizaba completamente el estilo de un autor para hacerlo suyo. Y no se arredraba ni con géneros ni medios: del tebeo clásico de aventuras francobelga a la literatura popular decimonónica para pasar otra vez a la historieta, en una tercera incursión en la que de nuevo osaría continuar la obra de un clásico: el Thorgal de Van Hamme y Rosinsky. Un nuevo reto que resolvió, otra vez, con indudable acierto y soltura, dejando la duda de cuál sería su nuevo objetivo.
La respuesta llega este mismo mes a España de la mano de Norma, con un álbum de nombre misterioso: Janitor.
Y hay que reconocerle agallas a Senté, porque tras ese nombre se esconde su último atrevimiento: medirse con Sir Ian Fleming abordando un relato de espías puro y duro en la mejor tradición de James Bond. No va mal acompañado para la gesta: ya nos tiene acostumbrados a rodearse de dibujantes extraordinarios, pero es que, en este caso, la opción es de verdadero lujo, François Boucq. Esta vez se atreverá a dar un paso más y trasladar la esencia británica de Bond a otro escenario bien reconocible: el Vaticano. El guionista ingenia un servicio de inteligencia vaticano que es un calco del MI6 británico, con sus bases secretas a las que se accede por escondidas puertas, con inmensos túneles que conectan los centros del poder con los núcleos del espionaje. Y con sus M, Q y demás alfabeto que, en esta ocasión, vestirán el capelo cardenalicio. A partir de ahí, una vibrante historia que calca la estructura de las películas de Bond, con su impactante escena de inicio (con homenaje explícito a Bond), la clásica reunión con M y Q, el encargo de una misión (que, por ser la primera, nos proporcionará cumplida explicación del equivalente al famoso doble cero en versión católica y, lógicamente, apostólica) e incluso se permitirá el lujo de mostrarnos alguna escena subida de tono con hermosas féminas, eso sí, con las consideraciones pertinentes a los lógicos problemas que puede ocasionar ese tipo de encuentros en quien ha hecho votos de castidad.

Leer este primer volumen de Janitor es estar a la expectativa continuada de la nueva vuelta de tuerca que Senté propondrá, con unos diálogos inspirados y plenos de buenas dosis de ironía y, por supuesto, con unas excelentes escenas de acción. Una compleja apuesta que sólo es posible gracias a un Boucq omnipresente que borda el guión, aportando una interpretación tan aparentemente discreta como excepcional, cambiando ritmos según las necesidades, logrando que los largos diálogos no decaigan nunca y que la acción rebose en cada viñeta.
Un tebeo recomendabilísimo para disfrutar del placer de un tebeo de entretenimiento bien hecho. (3)

Lecturas Saloneras (II)

Pupurrí de lecturas saloneras:
Mouse Guard, de David Petersen (Norma), era uno de esos tebeos que habían conseguido colarse entre la lista de tebeos que me interesaba leer, gracias tanto a las muchas recomendaciones que de él se han dado como a un nutrido currículum plagado de premios, entre los que se incluye el Eisner a autor revelación. Petersen ha construido una historia clásica de aventuras, con claras inspiraciones en el ciclo artúrico o las historias de caballerías: cortes de aguerridos hombres que deben guardar con sus vidas la paz y sosiego de los demás. Con una pequeña diferencia, eso sí: los protagonistas de Mouse Guard son ratoncillos.
En teoría, un punto de partida original que permitiría desarrollar todo un despliegue imaginativo que, por desgracia, apenas explora. Si bien Petersen podría haber desarrollado ese mundo de ratoncillos siguiendo la excelsa línea de “furry animals” del tebeo americano, opta por utilizarlo únicamente como una opción estética –con apenas algunos apuntes más relacionados con el tamaño-. Se centra en la historia heroica, con un entretenido argumento de traiciones seculares y valientes caballeros, que si bien tiene momentos confusos y baches de ritmo, quedan compensados por el impresionante trabajo gráfico del autor. Petersen brilla especialmente en este apartado: un grafismo elegante y muy adecuado a la historia, un interesante uso del color y una indudable solidez narrativa se conjugan acertadamente, consiguiendo que, al final, se pase un agradable momento de lectura. (1)
Koma 4. El Hotel, de Wazeem y Peeters (dibbuks). A estas alturas, recomendar encarecidamente la lectura de esta obra de Peeters debería sobrar. Encontraremos exactamente lo mismo que en los tres anteriores: un guión sólido, perfectamente orquestado por los dos autores, que va enredándose y abriendo nuevos y sugerentes caminos en cada álbum; personajes atractivos y perfectamente definidos, como la deliciosa Addidas o el intrigante monstruo; un dibujo extraordinario, con un dominio de la narrativa al mismo nivel…Y la única pega, la misma que en los anteriores: que las 48 páginas del álbum se quedan en nada. Siguiendo la tónica de los últimos años en el tebeo francobelga, cada álbum de Koma es apenas un suspiro que obliga a esperar ansioso la siguiente entrega…dentro de un año. Por desgracia, el modelo de álbum anual tan propio del tebeo francés casa con mucha dificultad con un estilo narrativo basado en pocas viñetas por página y una mayor dilatación de la acción. Una lástima, porque con una serie como Koma, la espera se hace insufrible. (3)
Aya de Yopougon 2, de Marguerite Abouet y Clément Oubreríe (Norma). Poco puedo decir que no repita lo ya dicho para el primer volumen de la serie. Un entretenidísimo tebeo, que si bien podría encasillarse dentro de la moda “Persépolis”, tiene suficientes méritos propios como para destacarse. Abouet y Oubrerie crean un retrato costumbrista que nos habla de la vida en Costa de Marfil sin caer en la anécdota fácil o en la visión habitualmente reduccionista del extranjero, equilibrando con acierto la historia de las tres amigas Aya, Adjoua y Bintou con el relato de las particularidades de la vida y sociedad marfileña, siempre con humor y frescura. Un cóctel de National Geographic, Sfar y “slice of life” de lo más atractivo. (2)

Reyes disfrazados

kings in disguiseTan, tan disfrazados iban que casi ha pasado desapercibida la edición en España de una de las obras más premiadas y reconocidas de los 90, Kings in disguise, de James vance y Dan Burr. Galardonada en los Eisner y Harvey y considerada por Gary Groth como una de las 100 mejores obras del siglo XX, llega a España, casi de tapadillo, editada por Norma Editorial en una perfecta edición recopilatoria con el título de Reyes disfrazados. Una obra curiosa, ya que representa uno de esos escasos ejemplos de unión afortunada de dos autores que va más allá de la suma de talentos, potenciándose mutuamente. Cuando ambos coinciden, apenas tenían como currículum algunas colaboraciones para Kitchen Sink, no especialmente destacables. Pero su trabajo conjunto produjo una obra de indudable potencia y carisma, que se adentra en la América desolada por la gran depresión del 29. Centrándose en la vida de un chaval que decide huir de casa en busca de su padre, convirtiéndose en compañero de un excéntrico vagabundo conocido como “El Rey de España”, Vance y Burr consiguen hacer una perfecta disección de los sentimientos de un país que había tocado fondo tras caer desde la cima más grande de la autocomplacencia. En un inspirado guión, Vance consigue transmitir perfectamente la impotencia de la gente de la calle, que descubría como toda su vida se derrumbaba, obligándolos a partir de cero. La violenta y obligada maduración del niño que debe enfrentarse solo a la vida resulta en acertado reflejo de una sociedad que se ve abandonada de repente, vuelta a una infancia desde la que volver a crecer. En un ejercicio de equilibrismo, ambas historias de van mostrando de forma paralela, sin histrionismos ni melodramatismos exagerados, pero sin evitar la crudeza de una situación límite y buscando siempre un trasfondo sincero que no elude la mirada crítica hacia su propia sociedad. Matrimonio feliz donde guionista y dibujante se funden en una única voz donde las imperfecciones se van limando mutuamente. El feísta dibujo de Burr, inspirado en los dibujantes de la EC, puede aportar en ciertos momentos confusión entre los personajes, un defecto que es resuelto por el excelente pulso literario de Vance. Los momentos que podían caer en la exageración literaria son frenados por la labor expresiva del dibujante.
Feliz pero fugaz matrimonio, porque tras esta obra parece que el peso de la responsabilidad pesó sobre sus autores y nunca volvieron a conseguir un resultado como éste en la historieta: tras una corta carrera como guionista, Vance ha logrado importantes éxitos como editor (fue el editor de From Hell) y Burr es un reputado ilustrador y pintor.
Si bien no comparto la opinión de Groth, es indudable que Reyes disfrazados es una obra importante, con una influencia indiscutible en el tebeo norteamericano de la última década (es imposible no encontrar connotaciones con muchas obras posteriores, como por ejemplo The Castaways) y de obligada lectura. Que no se os escape este tebeo (3+)