Epatado

Lo ha vuelto a hacer: Joann Sfar me ha vuelto a dejar enamorado de una de sus obras. Lo consiguió con aquella maravilla todavía inédita en España que es Le petit monde du Golem y lo repitió después una y otra vez con El gato del rabino, con Pascin, con Petit y Grand Vampire, con Klezmer… Ahora lo ha hecho con Los viejos tiempos, una de esas obras donde este particular y singular autor logra de nuevo una de esas extrañas fusiones genéricas donde todo es posible. Recuerda, en cierta medida, a esa obra fundacional de su mitología particular que es Le petit monde du Golem, pero atreviéndose ahora a reescribir toda una nueva mitología que aglutina con desvergüenza el mundo de las leyendas clásicas y los cuentos, siendo como siempre respetuoso y casi canónico para, paradójicamente, ser a la par una especie de tsunami destructor que le da la vuelta a todo. Una especie de bola de nieve donde todos los elementos son fijos, pero que al moverse generan imágenes completamente nuevas y distintas. Se atreve a actualizar a los personajes de cuentos a los tiempos de hoy, dándoles una personalidad moderna y, como siempre en Sfar, lenguaraz, pero a la vez éstos se mueven fieles a los mandamientos del cuento y las leyendas, rebeldes pero sabedores que están en un cuento. Reyes, gigantes dormilones, despiertas serpientes-espada, brujos salidos, aguerridos y valientes galanes, bosques mágicos, dioses, unicornios… toda una experiencia gratificante que Sfar desarrolla con ese trazo visceral y orgánico que es imposible dejar de mirar. Y, para colmo, sin renunciar a introducir dentro de la historia sus habituales reflexiones sobre la religión, la sexualidad y la fuente de creación de los mitos, la imaginación humana, construyendo un conjunto polifacético, que permite tantas lecturas como una quiera darle. Los viejos tiempos puede ser una fábula para los niños del siglo XXI igual que el germen de sesudas tertulias sobre la relación entre ficciones imaginarias y religión… Eso, creo, sólo lo hace un genio.
Y Sfar lo es. El único problema es que como todo genio, es caprichoso e inconstante y toda la emoción que uno tiene al acabar la última página de este libro se convierte en pavor: ¿volverá a dejarnos colgados Sfar? Es verdad que en las obras de este hombre no hay final y que lo que importa es el camino, no el desenlace, pero es que uno todavía tiene mono de más entregas de El gato del rabino o de Klezmer… Comentaba hace unos meses el francés que Gallimard le había obligado a terminar las obras antes de comenzar a publicarlas, lo que es una opción, pero también desesperanzadora, ¡tienen un final!
¡Ay!, yo lo que quiero es una nueva entrega de Los viejos tiempos… (4)

Lecturas variadas

Rápida reseña de dos tebeos que me han encantado y de los que no quiero dejar de hablar: en primer lugar, la espeluznante Aula a la deriva, una obra que se podría entender como una especie de revisión libre, hiperbólica y exagerada del clásico de William Golding, “El señor de las moscas”, que retorcida mente de Kazuo Umezu lleva a extremos inimaginables. Es cierto que la dramatismo continuado puede hacer pensar en cierta teatralidad, pero aceptando que es parte de un contexto narrativo habitual en los años 70, la aventura de estos niños abandonados a sus suerte en un futuro apocalíptico consigue hacerse absolutamente angustiosa, en un crescendo de tensión que en algunos momentos se antoja sádico tanto para los protagonistas como para un lector que se ve sobrepasado por la dureza de las decisiones de los niños. Un clásico del terror que demuestra que el género sigue siendo válido en la historieta, que se puede pasar verdadero miedo pese a no disponer de los recursos que tienen otras disciplinas como el cine (4).
El segundo, Abulio, de Joan Cornellà, espléndida primera obra larga de un autor que ya estaba descollando en Amaniáco y El Jueves como una de las promesas más interesantes del tebeo español con esa particular y personal adaptación del recargado estilo caricaturesco de Drew Friedman. De difícil definición, Abulio podría definirse como una suerte de Ignatius J. Reilly surrealista, capaz de beber tanto de la psicodelia de Lynch como de la mala leche de Vázquez, en un mezcla tan aparentemente antinatural como efectiva. O en una versión del McCarthy más apocalíptico adaptada por el Azcona más corrosivo, que también podría ser. En cualquier caso, tebeo recomendadísimo y autor a seguir muy de cerca en el futuro (3).