Lecturas variadas

La lectura se amontona y, peor, las reseñas. Que ir leyendo es una cosa, pero encontrar el tiempo para hacer aunque sea una rápida cita de lo leído, es otra. Así que aprovecho que es viernes y hay fin de semana reflexivo por medio para hacer un pequeño repaso a recientes lecturas que no deben caer en saco roto, aunque sea a vuelapluma y testimonialmente.
Tiro de memoria, no especialmente fina, todo sea dicho: La señorita Else (Sins Entido) es el debut en España del señor Manuel Fior, nada conocido en este país pero si citado como reciente ganador del festival de Angouleme, lo que como siempre debe poner, al menos, la mosca tras la oreja y concederle el beneficio de la duda. Y puede prometer y prometo -frase muy propia para estos días, no sabía cómo meterla y mira, ya está- que a este señor hay que seguirle muy de cerca. Porque elegir una obra de Arthur Schnitzler ya es, de por sí, un detalle (sólo he leído de él Relato soñado y rendido a sus pies me tiene, aunque Kubrick lo desdibujara para su provecho), pero la labor de Fior lo convierte además en regalo para el intelecto y los sentidos. Dibujante de estilo elegante, de cromatismos delicados y sutiles, adapta el relato de Schnitzler con referencias elitistas a su coetáneo Klimt o más casquivanas a Lautrec, consiguiendo esa atmósfera de educada galantería capaz de esconder el cinismo más hipócrita que necesita el relato de esta nueva Ifigenia sacrificándose -en este caso la virtud- para salvar a su padre. Una brillante exploración de los motivos inconfesables de la psique, que la labor gráfica de Fior apuntala con nuevos matices a golpe de trazo insinuado y una preciosa paleta de sugerentes cromatismos. (2+)
Muy, muy diferente es El lugar equivocado, debut también por estos lares para Bretch Evens, autor, holandés para más señas, de esos que se pasan las normas establecidas por el forro de sus vergüenzas para lanzar propuestas atrevidas que obligan al lector, por lo menos, a pensar. A simple vista, testimonio banal de una noche de juerga, un episodio frívolo presentado desde una coralidad alegre y superficial. Rascando un poco, crudo documento sobre la soledad en la sociedad de hoy. Brillante esa libertad total con la que Evens usa el color, buscando en sus acuarelas la violencia del contraste de colores oponentes, jugando aparentemente al azar con el color, pero logrando siempre una composición cromática de la página tan equilibrada como efectiva en lograr impactantes sensaciones visuales. Me recuerda, en la distancia, a esa joya que es Duelo de caracoles; sin embargo, si algo me ha impresionado es ese efecto que logra el dibujante con las acuarelas, dejando la figura humana traslúcida frente a los escenarios por los que deambula. Los personajes de Evens son fantasmas que se mueven sin rumbo definido, zarandeados por las situaciones… Apenas dejan huella de su paso en ese continuo cambio de foco entre escenarios, entre coralidad de unos personajes e inquietantes imágenes de esos mismos lugares vacíos, sin esos espectros de humanos. Existencialismo en acuarelas (y ojito a la excelente labor de Sins Entido en un tebeo complejísimo de editar) (3+).
Sigo con tebeos que me han interesado: Chernobyl, de Francisco Sánchez y Natacha Bustos (Glénat), perfecto ejemplo de esa nueva forma de entender el tebeo no simplemente como un elemento de entretenimiento industrial, sino como un medio, como un lenguaje con el que acercarse a cualquier reflexión, desde la ficción al análisis de los hechos históricos. En esta ocasión, una obra que elige ficcionar desde la exhaustiva labor documental lo ocurrido durante la catástrofe de Chernobyl, acercándose a las vivencias de los afectados. Valiente propuesta que tiene como mayor problema un primer capítulo con un planteamiento argumental que recuerda en exceso, por desgracia, a la magistral Cuando el viento sopla de Raymond Briggs (posiblemente, el mejor alegato antinuclear que jamás se haya hecho). Una comparación de la que es difícil salir victorioso y que condiciona la lectura, pudiendo llegar a impedir valorar el buen camino que sigue la obra a partir de ahí, mucho más sólido y definido, denunciando los muchos errores cometidos en aquél incidente y que, por desgracia, hoy es rabiosa actualidad no tanto por su aniversario como por la dolorosa realidad de su repetición. Aunque en algunos momentos se caiga en un tono excesivamente melodramático, y pese a los problemas que se puedan derivar de ese primer capítulo, son mucho menos los errores que los aciertos, liderados por la excelente labor gráfica de Natacha Bustos. Una lectura interesante (1+).
Más de por aquí: pocas cosas me indignaron más que aquella campaña orquestada hace años contra Carla Berrocal, una joven dibujante entonces (y hoy, todo sea dicho) cuyo mayor pecado era tener ilusión por hacer tebeos. Lo lógico, el sentido común, dicta que lo que Carla debería haber hecho es mandar a tomar por saco al mundo del tebeo. Pero afortunadamente no lo hizo y hoy podemos leer El Brujo, madura obra en la que plasma el desconocido, por lo menos para mí, mundo de las leyendas y mitologías chilenas siguiendo a este peculiar cicerone de fábula. Y es evidente que la dibujante se vuelca en la obra poniendo toda la carne en el asador, en un apartado gráfico que opta por el cambio continuo de estilos: prácticamente cada página está planteada desde una técnica diferente, desde el lápiz a la acuarela, desde los rotuladores a la tinta, desde el color informático al directo, en un despliegue espectacular en el que hay que incluir, también, la experimentación continua de recursos narrativos. Una avalancha visual que es, posiblemente, el mayor pero que se le puede poner al libro: en algunos momentos el baile continuado de estilos y recursos va en contra de la fluidez de una historia que basa su acierto en la sencillez de su planteamiento, próxima a un cuento con forma de poemario gráfico. En cualquier caso, se disfruta en lo visual y despierta la curiosidad en lo contado. (2-)
Ración de superhéroes, que no falte: Starman, de James Robinson y Tony Harris es uno de esos tebeos que en los 90 jugaba en la difícil liga de igualar los aciertos y hallazgos con los que Moore, Gaiman o Morrison renovaban el discurso del género superheroico. Industria manda y si la resurrección de personajes en quiebra por la vía mágica inglesa funciona, hay que resucitarlos a todos por el mismo método, a mogollón. Afortunadamente, Robinson puso los pies en tierra e imitó a sus colegas y compatriotas no en su forma, sino en su actitud: hizo lo que mejor sabía hacer. Y de lo que sabía, y mucho, es de superhéroes, por lo que su renovación del personaje de la Golden es todo un homenaje al género desde el género. Hay en el fondo una reflexión tenue sobre las relaciones paterno-filiales, sí, igual que hay también la consabida humanización post-Moore del personaje, pero lo importante en Starman es revisar el sentido de maravilla de la Golden Age desde estos tiempos de descreimiento, reivindicando una forma de entender el género que no necesita acudir ni a piruetas formales ni excusas prestadas desde otras formas artísticas. Esa humanización de los personajes, esa visión realista, no es más que un subterfugio que simplemente aporta a la narración la visión del lector más fan. Abandona así la teatralidad de los tebeos de los años 40 para darle la mentalidad de un aficionado de los 90, más próxima y campechana si se quiere, sencilla en lo argumental pero efectiva y suficiente para los objetivos que busca. Eso sí, aprovechando la infinita sapiencia de Robinson sobre la época, que ya mostró en La Edad de Oro y que aquí refina dando algo más que una propuesta de renovación, extendiendo y ampliando lo que era un alegato en un discurso cohesionado que es capaz de conectar sin estridencias ni rupturas el género que se hacía en los orígenes con el de hoy en día. Vamos, que es un tebeo de lo más recomendable, de lectura amable y entretenidísima, con un Tony Harris esforzado que sabe aportar atmósfera y ambientación. (2)
Otro día más. Circulen, circulen…

Lecturas variadas

Rápida reseña de dos tebeos que me han encantado y de los que no quiero dejar de hablar: en primer lugar, la espeluznante Aula a la deriva, una obra que se podría entender como una especie de revisión libre, hiperbólica y exagerada del clásico de William Golding, “El señor de las moscas”, que retorcida mente de Kazuo Umezu lleva a extremos inimaginables. Es cierto que la dramatismo continuado puede hacer pensar en cierta teatralidad, pero aceptando que es parte de un contexto narrativo habitual en los años 70, la aventura de estos niños abandonados a sus suerte en un futuro apocalíptico consigue hacerse absolutamente angustiosa, en un crescendo de tensión que en algunos momentos se antoja sádico tanto para los protagonistas como para un lector que se ve sobrepasado por la dureza de las decisiones de los niños. Un clásico del terror que demuestra que el género sigue siendo válido en la historieta, que se puede pasar verdadero miedo pese a no disponer de los recursos que tienen otras disciplinas como el cine (4).
El segundo, Abulio, de Joan Cornellà, espléndida primera obra larga de un autor que ya estaba descollando en Amaniáco y El Jueves como una de las promesas más interesantes del tebeo español con esa particular y personal adaptación del recargado estilo caricaturesco de Drew Friedman. De difícil definición, Abulio podría definirse como una suerte de Ignatius J. Reilly surrealista, capaz de beber tanto de la psicodelia de Lynch como de la mala leche de Vázquez, en un mezcla tan aparentemente antinatural como efectiva. O en una versión del McCarthy más apocalíptico adaptada por el Azcona más corrosivo, que también podría ser. En cualquier caso, tebeo recomendadísimo y autor a seguir muy de cerca en el futuro (3).

Omaha

1979: el fanzine Vootie, dedicado a los funny animals, acoge en sus páginas la primera historieta de Omaha, una joven gatita (estrictamente, recordemos que era una revista de animales antropomorfos) bailarina de strep-tease. La osadía de Reed Waller, su autor, atrajo rápidamente el interés del editor Dennis Kitchen, que incluiría la serie en un número especial de Bizarre Sex dos años después. Una revista que tenía buenas ventas pero que, con Omaha, the Cat Dancer se convirtió en un éxito que favorecería que la serie tuviera su propio cómic-book en 1984, al que se incorporaría Kate Worley a los guiones en 1986. La colección tuvo un apoyo rotundo de los lectores, llegando a vender 60.000 copias de alguno de sus números.
Casi treinta años después de su inicio, Astiberri comienza la que debería ser la edición definitiva de esta serie en España. Aunque La Cúpula editó nueve entregas en formato “prestigio” a principios de los noventa, esta edición tan sólo abarcó los primeros números de la serie USA, justo hasta que Reed Waller contrajera un cáncer de colon que paralizó la serie durante un par de años. Una desgracia más en la larga lista de adversidades que han sufrido los autores de la serie, con méritos suficientes para ganarse el apodo de maldita: dos años antes, había bajado bruscamente su ritmo debido a un grave accidente de coche de la guionista; tras superar el dibujante la enfermedad, la serie se continuó hasta que Waller y Worley, pareja ya por aquellas épocas, se separaran. Pero la mala racha no acabó aquí: tras casi una década, Waller y Worley decidieron en 2002 recuperar a Omaha, pero poco después se le diagnosticó un cáncer de pulmón a la guionista, del que fallecería en 2004, dejando la serie inconclusa. Su viudo (y antiguo editor de la serie), James Vance, decidió continuarla junto a Reed Waller a partir de las notas de Worley.
Una desgraciada historia que, en cierto modo, permite comprender mucho mejor una de las series más determinantes del tebeo independiente americano de los años 80. Aunque inspirada claramente en las aventuras de Fritz The Cat de Robert Crumb (con quien comparte incluso el diseño de algunos personajes), Omaha The Cat Dancer marca evidentes y lógicas distancias: si bien es cierto que las dos obras se articulan como retratos de la juventud de sus respectivas épocas, mientras que en la obra de Crumb existe un profundo componente autodestructivo, de crítica mordaz y violenta hacia los comportamientos de su propia generación, en la obra de Worley y Waller encontraremos una ficcionalización dramática de las dificultades de una generación joven que debe enfrentarse al fin del “sueño americano”, en la que ha desaparecido esa visión cáustica de sí misma, buscando una crítica más genérica de la sociedad. Comparten, eso sí, una visión sin prejuicios del sexo y su disfrute, explícita en toda su extensión, pero con un acercamiento natural y espontáneo. Paradójicamente, en ambas obras esta consideración del comportamiento sexual les ha valido el etiquetado automático de tebeos eróticos o incluso pornográficos. Basta leer algunas páginas para darse cuenta del profundo error que se comete al aplicar este único calificativo a un tebeo que, como mucho, aceptaría el del “multigénero”: Omaha va recreándose en cada episodio, convirtiéndose poco a poco en una larga saga donde los géneros conviven y se suceden sin solución de continuidad. Del costumbrismo al policiaco, de la comedia al drama, de la trama política a la trama sentimental… cambios sucesivos que consiguen transmitir al lector la riqueza de la propia vida. Resulta increíble que, treinta años después de su concepción, con una coyuntura sociocultural radicalmente distinta que podría afectar gravemente a la lectura de una obra tan enraizada en su tiempo, la obra de Waller y Worley siga manteniendo casi intacta su frescura y atrevimiento. Tres décadas que han visto multitud de seguidores y copias que, en la mayoría de los casos no han sabido o no han podido seguir los pasos de esta creación, cayendo en las garras de los mecanismos más burdos del culebrón. Y es que, pese a que las aventuras de Omaha estén protagonizadas por gatos, perros, aves y otros animales con cuerpo humano, Waller y Worley consiguen un retrato profundamente vital y realista, emocionante y emotivo a partes iguales, que si bien puede caer algunas veces en el uso de esos recursos más manidos del culebrón, consigue recuperarse en cada requiebro, asumiéndolos con naturalidad hasta diluirlos y convertirlos en elementos de interés. A diferencia de otras series que precisan de ese “más difícil todavía”, de la exageración continuada, Omaha consigue estructura sobre la naturalidad y en la vitalidad el eje fundamental de su discurso, logrando que todos los géneros, por extraño que parezca, se armonicen y entronquen en un único relato-río donde el flujo de la acción está marcado no por las necesidades de prolongación artificial de la historia, sino por la propia evolución psicológica de los personajes. Un proceso protagonizado por Omaha, esa gatita bailarina que pasa por el camino iniciático de la vida hacia la madurez con un mensaje claro de libertad e independencia ante todo y sobre todo. Ya sea en su relación sentimental con Chuck o a través de las diferentes peripecias que le acontecen, Omaha lucha exclusivamente por su espacio propio, en una actitud que podría calificarse de rebeldía ante lo establecido, pero que realmente tan sólo reivindica está reivindicando la posibilidad de vivir su vida sin someterse a los dictados de los demás.
Omaha es una lectura apasionante, que merecía ya una edición de calidad, completa, que permita al lector disfrutar de una obra que es, ante todo y sobre todo, un retrato de la vida.
No os la perdáis.

Gertrude Stein

Curiosa coincidencia: dos obras editadas por la misma editorial, casi simultáneamente, y que recuperan en cierta medida el espíritu de Gertrude Stein, una de las principales valedoras e impulsoras de la renovación estética y formal que se impuso a principios del siglo XX desde el barrio de Montparnasse parisino. Dos obras que, además, buscan la fabulación completa sobre personajes reales, pero desde dos perspectivas muy diferenciadas, pese a contar con estructuras similares.
elsalon.jpgEn El Salón, Nick Bertozzi hace referencia al famoso “salón” de los hermanos Stein, donde se dieron cita los pintores más famosos de la época, comandados por un Picasso que estaba socavando las bases del arte en busca de una forma de expresión nueva y diferente. Bertozzi imagina el encuentro en esta famosa estancia entre Georges Braque y el pintor malagueño como el germen necesario para la inspiración del cubismo. Una historia ya de por sí interesante pero que el autor arropa con una ingeniosa trama de intriga. Convierte el salón de los Stein en un lugar iniciático que transporta a los presentes a las propias pinturas, convirtiéndose en protagonistas de los cuadros gracias a la misteriosa absenta azul y que pronto conocerán una terrible noticia: alguien está asesinando a los prestigiosos pintores que acudían a estas citas secretas. Una trama que une elementos fantásticos y datos reales en un entretenido continuo, en una investigación que deambula entre el clasicismo de los asesinatos de la calle Morgue y la ironía, me vais a permitir la exageración, de la divertida ¿Pero quién mata a los grandes chefs? de Kotcheff (impresionante Robert Morley, como siempre), con no pocos guiños a los lectores de tebeos, dejando caer la posibilidad de que la historieta estuviese en la base de muchas de las innovaciones pictóricas de la época (una hipótesis nunca desdeñable, de hecho, era conocida la admiración de artistas como Picasso por obras como Krazy Kat). Sólo con lo anterior, El Salón sería una lectura muy recomendable, pero es que, además, hay que destacar el espectacular trabajo gráfico de Nick Bertozzi, que toma como puntales principales de su narrativa la minuciosidad descriptiva y el cambio cromático. El primero le permite al autor dotar a las escenas de ambientes muy definidos, compensando la férrea estrcutura compositiva con este detallismo que recupera con exactitud la atmósfera de la época y logra que el relato nos parezca fidedigno. El uso del color, en cambio, busca dotar a las escenas de una tensión psicológica que no puede alcanzar el dibujo. En lugar de una detallada descripción cromática, cada escena toma un color dominante, desde los obvios azules de los “viajes” con la absenta azul a naranjas, verdes, o violetas que definen estados de ánimo de los protagonistas y el momento de la situación.
El resultado final, una obra de lectura recomendabilísima, en exquisita edición de Astiberrri (3+).
(y no, de esta chorrada no pienso hablar…)
nomedejesnunca.jpgLa otra cara de esta afortunada coincidencia la pone el siempre sorprendente Jason, que parte también de las compañías de Gertrude Stein, en este caso las literarias. En No me dejes nunca, la generación perdida de Hemingway y Scott Fitzgerald se hace protagonista de un relato contracorriente, en el que los famosos escritores son reconvertidos en historietistas y la descripción que Hemingway hizo en París era una fiesta se transforma en una suerte de nueva versión del Atraco Perfecto de Kubrick con protagonistas literarios. Jason juega con los protagonistas, cambiando situaciones y momentos, manteniendo sus personalidades, pero buscando el quiebro formal a través de detalles absurdos, paradójicos, que rompen la historia pero logran una inesperada coherencia lógica. Un original juego de espejos trucados que finalizará con una elección imprevista, un nuevo juego formal en el que veremos la acción desde la perspectiva de cada personaje. Una obra, de nuevo muy recomendable y que se convierte en la compañera perfecta de la anterior (3).

Sueño de espejos

El martín pescador¿Qué ocurre con los pueblos que desaparecen bajo los pantanos?
Cuando nos miramos en un espejo, ¿es ese reflejo nuestra identidad?
Nuestros recuerdos…¿ocurrieron en algún tiempo pasado o son simples vestigios de sueños que ya no sabemos diferenciar de la realidad?
¿Qué es El Martín Pescador?
Casi todas preguntas retóricas, de respuesta imposible… a excepción de la última, porque la nueva obra de Luis Durán es un resumen de todas las inquietudes de un autor que es capaz de preguntarse de mirar en el espejo y ver más allá del reflejo. Es un libro que nos habla de hombres que deben construirse su identidad a golpe de talonario mientras que otros ya ni siquiera son conscientes de la suya propia, diluidos en un marasmo de rutina cotidiana abrazada casi con pasión. De mundos de reflejos donde cada espejo apenas da una parte de una imagen total que ni siquiera sabemos si existe realmente. Durán compone un rompecabezas donde ficción, imaginación y referencias se van uniendo en un todo uniforme, una masa de ingredientes dispares que a cada página que pasa va perdiendo su diversidad para convertirse en algo distinto y único. Es fácil encontrar realidades difuminadas, como aquella noticia de un pueblo que uso los espejos para redirigir los rayos de un elusivo sol que nunca llegaba; ficciones propias, como la Alicia que nunca llegó a cuajar en un suplemento de periódico y que ahora llega madura pero descreída… Y, por qué no, también las ajenas asimiladas, como esos testigos anónimos que construyen una imposible enciclopedia de Babel con todo lo ocurrido en el tiempo o las fascinaciones infantiles que le proporcionaron Blancanieves o La Mosca Humana.
Si Volátil era una inmersión en el proceso de la creación, El Martín Pescador es la plasmación del propio ego, de esa vidriera multicolor de ideas diseminadas, esparcidas azarosamente conformando un cuadro de recuerdos, realidades y sueños que llamamos personalidad.
Luis Durán vuelve a demostrar un capacidad inhumana de evocación, casi hipnótica, producto de una madurez narrativa y una lúcida imaginación que no admiten más discusión que el debate de los gustos.
Una obra para perderse en sus infinitos vericuetos, sentarse delante de cada espejo que encontremos y pensar sobre lo que en ellos vemos, soñándonos a nosotros mismos.

Enlaces
Avance y entrevista con Luis Durán

Viñetas caprianas

Época navideña, momento perfecto para sentarse en el sofa, armarse de mantita, estufa calentita (más tradicional con encato el brasero, pero cuidadín, que al primer descuido se termina de protagonista de barbacoa), vasito de leche y pastitas variadas para ver en la tele una buena comedia de Capra. Se aconseja siempre acompañar de una buena provisión de kleenex, que ya se sabe que los vapores conjuntos de la estufita y las pastas provocan irritaciones oculares varias que sólo se arreglan a lágrimazo limpio.
Placer este que parecía vedado a los lectores de tebeos, pero que Loisel y Tripp han resuelto sin problemas gracias a Magasin General, que llega a su segunda entrega Serge, confirmando plenamente todas las sensaciones que me produjo la lectura del primer volumen de esta serie. Una comedia costumbrista de tono amable y afable, que multiplica más que nunca su espíritu capriano. La llegada del forastero Serge rompe la rutina cotidiana del pequeño pueblo de Notre-Dame-des-Lacs y transforma completamente la celebración de la Navidad, argumento tópico y repetitivo que Loisel y Tripp manejan con soltura en una inmensa comedia coral donde es imposible no ver las conexiones con películas tan entrañables como ¡Qué bello es vivir! o Vive como quieras, desde el planteamiento y estructura argumental hasta el tono de los diálogos, pasando incluso por el uso esporádico de un narrador fantástico, tan del gusto en Capra.
Un tebeo de esos que no buscan estar en los listados de mejores obras, sino simplemente conseguir que el lector pase un rato agradable y termine su lectura con una sonrisa de oreja a oreja. Perfecto para estas fechas.

Dossier Negro

Nada mejor que empezar el año hablando de Don Alan Moore, por aquello de dar ejemplo e intentar que el resto de lecturas de los 365 días que nos quedan (bisiesto, recuerden) sean de nivel insuperable. Eso sí, en versión bárbara, porque su última entrega de La liga de los extraordinarios caballeros todavía no ha aparecido en castellano. Y no creo que la cosa sea rápida, como ya comentaré más adelante.
Pero metámonos en tarea con una clara advertencia: aquellos que esperen en la última obra de Moore una nueva entrega de las aventuras de su espectacular grupo de héroes decimonónicos, absténgase de acercarse a este tebeo, que sólo les proporcionará decepciones profundas. Eso sí, si son de aquellos que disfrutan con las disquisiciones filosóficas del barbudo sobre la cultura popular y la ficción al estilo de Promethea, láncense sin dudarlo a sus brazos, porque el Sr. Moore firma en Black Dossier un apasionante metaensayo sobre la cultura popular y la imaginación como motor de la vida misma.
Abandona a sus extraordinarios caballeros y avanza en el tiempo, dejando atrás su particular visión de la Inglaterra victoriana para entrar en un mundo demacrado por una segunda guerra mundial… ligeramente distinto al que conocemos. Aplicando las mismas normas que le llevaron a crear un universo e historia propia a partir de la literatura decimonónica de aventuras, Moore adelanta el reloj de la historia según las reglas de ficción y su mundo de los años 40 está relacionado con las novelas de Huxley y Orwell, un mundo en guerra (nada más y nada menos que contra el terrible Adenoid Hynkel, la versión chapliana de Hitler en El Gran Dictador) donde cambian las reglas formales que marcaron sus creaciones anteriores. Si en los dos volúmenes anteriores el estilo narrativo de O’Neill tenía mucho que ver con el barroquismo de Verne, Stevenson, Wells o Burroughs, ahora se acerca más a la concisión y formas del cómic de prensa de los años 40, con claras reminiscencias a autores británicos de la época. Un cambio que afecta también al apartado gráfico, que se ven transformado para tomar como influencia directa el Jane de Norman Pett. De hecho, Mina Murray y Allan Quarterman, los protagonistas de esta entrega, son directamente un remedo de los Jane y Fritz que protagonizaban aquellas tiras, con homenajes explícitos a las típicas escenas picantes de la serie – las famosas secuencias de baño – y con la protagonista terminando desnuda siempre de forma inexplicable.
Un cambio divertido, pero que no es más que una excusa para entrar realmente en materia. Perdida la capacidad de sorpresa (que afectó claramente a la segunda entrega de la serie, muchas veces denostada pese a marcar el mismo ritmo que la primera entrega), Moore deja de lado por completo a la liga y lleva a sus dos supervivientes a la búsqueda de un extraño informe que las tiránicas autoridades luchan por ocultar y cuyo encuentro dará paso al verdadero objetivo del guionista: mientras Mina lee el informe, el lector participa del mismo con copias “facsímiles” (impresionante la edición de DC, pese a las pegas que han puesto los autores) de los documentos encontrados. Páginas perdidas de manuscritos de Shakespeare, biblias de Tijuana (oportunamente “britanizadas”, por supuesto), capítulos perdidos de Fanny Hill o reversiones de Kerouac que conforman un recorrido por las bases de la cultura popular. Moore eleva a la categoría de motor verdadero de la historia a la ficción: la magia de la imaginación es el alimento de la vida, es lo que verdaderamente nos hace avanzar. Y reivindica la necesidad de la creación, de la libertad de imaginar y de su necesidad, con mensajes claros y meridianos contra aquellos que se emperran en encerrar la ficción entre las celdas de la producción industrializada. Las diferentes ligas de extraordinarios caballeros son en este mundo alternativo mucho más que afortunados y divertidos grupos de superhéroes “diferentes”, son los defensores de una forma de entender la libertad a través de la creación y la cultura, que son perseguidos y ocultados por la cultura “oficial” que emana de una política orwelliana.
Un mensaje que, como en toda obra de Moore, se esconde tras un complejo e inmenso edificio formal: no sólo es que cada documento haya sido reproducido según los estándares de la época (cambiando tipo de papel, formato, etc), es que además Moore y O’Neill vuelven a demostrar su maestría con cambios de estilo radicales. Moore se traviste de Woodehouse, de Shakespeare o de Kerouac, en un aparente disloque que esconde una lógica incontestable, que le lleva por todas aquellas expresiones de creatividad libre, desde el teatro renacentista a la generación beat. Un camino en el que no olvida aquellas que han nacido desde el propio pueblo, con guiños a aquellas que llevan inexorablemente a la pujanza del tebeo como forma fundamental de cultura popular, como las biblias de Tijuana. El largo viaje terminará en una auténtica explosión de referencias culturales en el que los autores, en un delirio camp de anaglifos tridimensionales (gafitas incluidas) reclaman la existencia de la imaginación como reino propio inmortal, como esa pulsión vital que el ser humano necesita para existir.
Tras la fascinante Lost Girls, en Black Dossier Moore vuelve a crear una obra hipnótica y poliédrica, que invita al lector a sumergirse en un universo propio donde la única regla es la libertad para imaginar. Lástima que la experiencia no haya podido extenderse totalmente a lo planificado por los autores, que querían incluir un vinilo con temas musicales que ampliaría la experiencia visual e intelectiva a una inmersión sensorial completa en el universo de Moore. Parece ser que se deja esa opción a la futura edición Absolute.
Es de prever que la edición en castellano tardará en publicarse: en primer lugar, por la propia dificultad técnica de la edición y, en segundo, por la complejísima y tortuosa labor de traducción, que no desearía ni al peor de mis enemigos.