Renovando el lenguaje

¿Se puede a estas alturas renovar el lenguaje de la historieta? La respuesta es obvia: sí.
No sólo se puede, sino que el lenguaje de la historieta es lo suficientemente joven como para necesitar que una constante innovación, una búsqueda incesante de nuevos caminos y recursos. Una tarea arriesgada, que no siempre puede ser asumida por los autores, pero que, paradójicamente, cuenta con firmes seguidores en este primer lustro del milenio. Es bien conocido que en los 90 el mainstream (en general, aplicable a la BD, al americano, etc) siguió a otras formas culturales, como la música, en su caída en barrena hacia la apatía creativa absoluta y el desprecio al autor y su obra, que pasaba a ser un producto con la misma consideración que una hamburguesa de McDonalds. Una situación lamentable que contrastaba con la obra de algunos autores que luchaban por defender la dignidad del medio, investigando y renovando su lenguaje. Algunos desde dentro del mainstream, como Howard Chaykin, otros desde la independencia absoluta, como Chris Ware, Dan Clowes en los USA o David B. en Francia. Sus obras pueden gustar más o menos, pero nadie puede negar que suponen pasos adelante en el estudio de las posibilidades del lenguaje de la historieta.
Como respuesta a la pregunta con la que abría esta anotación, ayer me releí tres obras que prueban con hechos lo argumentado. Las había leído demasiado rápido y precisaban una lectura reposada como la que pude hacer ayer.
Primero, Ice Haven, de Dan Clowes (Fantagraphics), una soberbia vuelta de tuerca en la que el creador de Eightball vuelve a demostrar hasta dónde es posible llegar con la historieta. El secuestro del pequeño David Goldberg en el pueblecito de Ice Haven es la excusa argumental que usa Clowes para construir una magistral y compleja reflexión sobre el ser humano, sus motivaciones y la creación. Orquestada a través de multitud de personajes a los que vamos acercándonos de forma aislada, con pequeñas apariciones de apenas dos páginas en las que levemente accedemos a la realidad, Ice Haven va creándose sobre sí misma, a modo de puzzle que va definiendo la forma que esconde a medida que colocamos cada pieza, pero logrando que cada una de ellas mantenga su invidualidad. Una exquisitez de tantas capas como el lector quiera desgranar, en la que cada historia individual es un análisis cruel y certero de las verdaderas razones que mueven al ser humano, y que adquiere, pasmosamente una unidad final aparentemente intrascendente. Clowes consigue articular en su obra una invectiva mordaz a la crítica, pero también al concepto mismo de qué es el arte, a la falsa motivación del que quiere crear pero no puede y al que lo hace casi sin ser consciente. (4)
Una obra brillantísima que, paradójicamente, tiene una continuación lógica en el número 23 de Eightball (Fantagraphics), con… una historia de superhéroes. Haciendo uso de los mismos esquemas narrativos que se establecieron en Ice Haven, Clowes demuestra que es posible hacer una historia de superhéroes distinta desde las claves más tópicas del género (desde el origen del personaje a sus peores enemigos) llegando a una reflexión lucida y magistral sobre el concepto de héroe. En Death-Ray se nos cuenta la historia de Andy, un joven que descubre en su tardo-adolescencia que tiene superfuerza y que sus padres le han dejado una pistola desintegradora. Un gran poder, sin duda, pero… ¿dará lugar a una gran responsabilidad? En una reconstrucción brutal del concepto clásico de superhéroe, Clowes consigue seguir de una manera casi naturalista cuál podría ser la reacción real de un joven apocado y tímido, repudiado por sus compañeros de instituto al recibir estos “dones”. Un análisis magistral, que permite a Clowes hacer una dura reflexión sobre la realidad de las relaciones humanas: el amor, la amistad, la vecindad, el compañerismo… Las conclusiones son contundentes, de una lógica tan aplastante que la lectura de Death-Ray no hace replantearnos el concepto de héroe que tan firmemente asumido tenemos por años y años de lectura de tebeos de género. Extraordinario (4).
Y la tercera de las relecturas ha sido el Babel, de David B (Sinsentido), una especie de preludio de lo que encontraremos en La Ascensión del Gran Mal, una de las obras maestras de la historieta de los 90. David B nos introduce en los recuerdos de su infancia, siempre marcados de forma dramática por la epilepsia de su hermano, pero desde una perspectiva distinta: tan sólo recuerda los sueños de niñez. Una visión deformada de la realidad sorprendente y subyugante, en el que el dibujo adquiere un protagonismo esencial a través de los simbolismos oníricos. La página se deforma para contener composiciones increíbles, que rompen la estructura narrativa clásica para buscar un impacto visual de tal calibre que casi es posible seguir la historia dejándose llevar tan sólo por un dibujo que arrastra, recordando en todo momento (y homenajeándolo explícitamente) a ese genio del onirismo que fue McCay. Una obra en la que el autor demuestra la agresiva irreverencia del que empieza, lo que le lleva a arriesgarse en experimentos complejos, no siempre fructíferos, pero atrayentes y que son la base de lo que será después La Ascensión. (3-)

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