Miedo me dan

¡Qué desgraciaditos hemos sido durante años los aficionados al género de terror! Un género complicado y difícil, que alcanzaba su máximo resultado en el cine (por aquello de dictar el ritmo al espectador y no al revés) proporcionando durante décadas obras impresionantes, primero con los clásicos de la Universal, luego con los de la Hammer, para caer después en una espiral sin fondo, relegado a cine palomitero de adolescentes en efusión hormonal. Por aquello, ya se sabe, de las joencitas asustadizas que se abrazan a lo más cercano que tengan en la oscuridad de la sala. Llevábamos así demasiados años y a más de uno se nos antojaba que la cosa se iba a eternizar, que la última vez que pasamos miedo como dios manda era con el bicharraco que perseguía a la Weaver. Y lo mismo para los tebeos, que veían como el esplendor del género de los 50 y 70 seguía los pasos de lo ocurrido en la gran pantalla o, peor, que se quedaba como reducto defrikis que confundían el miedo con la casquería.
Pero mire usted por dónde, llegó la salvación de donde menos nos esperábamos: del lejano oriente. Comenzaron a aparecer en nuestras pantallas películas que demostraban que había nuevas formas de entender el terror, más centradas en los miedos internos, en mantener una tensión continuada, en aquello que se llamaba el “terror psicológico” y que, por lo menos yo, más entiendo como una especie de exacerbación del sentimiento de culpa que todo humano lleva dentro.
Y más todavía: descubrimos que casi todas esas películas eran adaptaciones de tebeos, que eran los que realmente habían abierto la brecha. Y parecía lógico, porque el sistema narrativo del manga encaja perfectamente con esa nueva forma de abordar el terror. Es muy difícil que un tebeo te dé un susto, el autor no puede imponer al 100% el ritmo de lectura y la sorpresa es casi imposible… pero no lo es desasosegar al lector, provocar un sentimiento de extrañeza continuado, de incomodidad. Invocar a miedos casi naturales no desde el susto o la casquería, sino desde la reflexión, dejándonos el germen de una idea que no desaparece, que se mantiene ahí tras la lectura.
Como aficionado al género en todas sus formas (hasta la caspa más casposa), los mangas de terror que se están publicando en nuestro país me parecen todo un acontecimiento para los que amamos y disfrutamos este género. Ya sea con Junji Ito, Maruo, Hino o el recién llegado (aquí) Senno Knife, que debuta con doble obra: Shitaro (Mangaline) y Falsas apariencias (La Cúpula).
De momento sólo he leído la primera, una recopilación de relatos de terror que tienen como hilo conductor a un extraño niño que provoca el horror entre aquellos que entran en contacto con él. Terror dirigido a un público adolescente (no en vano la mayoría de sus protagonistas lo son), pero que puede ser disfrutado sin vergüenzas ajenas por cualquier lector. Historias que están enraízas casi siempre en leyendas populares japonesas y que juegan con lo extraño y repulsivo a partes iguales. No es, desde luego, un Ito o un Hino, pero la lectura es interesante y agradará a todos aquellos que busquen un terror distinto. (2)
Parece que, por una vez, estamos de suerte y veremos mucho más terror de ojos rasgados