¿De donde se nace o de donde se pace?

¿De dónde es uno?… La pregunta no es baladí, y en ella se encuentra, posiblemente, esa manía que tiene el ser humano de anteponer su terruño al del vecino, por feo, pequeño y rastrero que sea. Da igual, lo de uno es mejor y punto. Pero tranquilos, que no es mi intención levantar un debate de esos encendidos que a veces se dan en los comentarios, más en estos tiempos que corren de sensibilidades a flor de piel. Viene el razonamiento por el excelente álbum editado por Ponent-Mon, Japón, una visión del país del sol naciente por parte de diecisiete autores, algunos nativos, otros extranjeros. Una original idea que permite enfrentar la visión propia de la tierra con la del ojo ajeno. Una primera que suele idealizar los aspectos más vacuos y sencillos, la segunda la que suele ensalzar precisamente los aspectos más anecdóticos. Curiosa coincidencia o disidencia, según se vea, pero que contrapone radicalmente las conclusiones. Mientras que para el primero siempre será su casa, su hogar, para el segundo supone el descubrimiento de culturas extrañas y lejanas, de algo que se ve como una especie de acontecimiento extravagante. Así por ejemplo, las historietas de Sfar, Crecy, Neaud o Aurita son un goce visual, un deleite de nuevas experiencias que transmiten al lector con una alegría y frescura impresionante (sobre todo Aurélia Aurita, ¿para cuándo una versión en castellano de la maravillosa Ángora?). Sin embargo, autores como Taniguchi, Igarashi y sobre todo, Matsumoto optan por un camino intimista, más ligada a sus recuerdos y a sus creencias. Ya sea por el recuerdo nostálgico de un momento de la niñez en el primero o por una leyenda de tradición oral en el último, su visión parte del recuerdo, de esa idealización que comentaba antes que se centra en los pequeños detalles: un pasaje casi olvidado, un cuento oído de niño…
La lectura de Japón permite un ejercicio curioso, el de ponerse en la piel del visitante y del vecino, sacando lo mejor de ambos, pero con una perspectiva alejada, la del lector, que se convierte así en una especie de testigo callado de dos conceptos tan lejanos. Y debo añadir que es un resultado apasionante y sorprendente, fructífero y rico como pocos. Recomendabilísimo (3+).

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