Ciudad de cristal

No se puede decir más de lo que está dicho sobre la sensacional Ciudad de Cristal de Paul Auster. Una novela que, por lo menos a mí, me dio a conocer a este escritor y supuso el comienzo de una larga relación, en la que cuento como lecturas todos y cada uno de sus libros. Con sus más y sus menos, como debe ser en una relación ya casi conyugal, que se mantiene dentro de esa fidelidad cotidiana, donde el lector sabe lo que va a obtener del autor y el autor sabe dar lo que el lector busca.
Pero de lo que se puede decir, y mucho, es de la excepcional adaptación de Karasik y Mazzucchelli. Trasladar al lenguaje gráfico la novela de Auster era una tarea realmente compleja. Auster es un escritor difícil, que busca la complicidad del lector, que estimula su reflexión y su inteligencia, que le obliga a crear mundos propios. Su paso a la historieta podía quedar tan sólo en la superficie de una historia supuestamente de género negro, perdiendo toda la carga reflexiva que hay detrás de esa búsqueda infinita, del juego de palabras de Quinn/Auster. Spiegelman supo elegir a un autor con un estilo adecuado al tono de la historia, pero acertó de lleno cuando sugirió el trabajo conjunto de Karasik y Mazzucchelli. Karasik estudió una propuesta fascinante de narrativa gráfica para la obra de Auster, una estructura que toma la página como unidad narrativa, como elemento básico que es a su vez subdivido en una arquitectura férrea de nueve viñetas por página. Sobre ella, se construye una narrativa en la que el texto e imágenes corren de forma paralela, tomando el primero el timón de la realidad para dejar al apartado gráfico la interpretación. Dos caras de una misma moneda pero que permiten captar a la perfección el espíritu de la obra de Auster: por un lado, el juego de espejos de la falsa historia de detectives, por otro, la sugerente motivación de la búsqueda intelectual. A partir de ahí, el despliegue de recursos narrativos no se puede calificar de otra forma que no sea de brillante. Desde los más nimios, como ese bocadillo que se sumerge en la garganta de Peter Stillman, produciendo un efecto chocante y desasosegador en el lector, a los más complejos, como la paulatina ruptura de la estructura compositiva de la página que acompaña a la caída en la locura de Quinn. Os recomiendo que os sumerjáis en la propuesta de Mazzucchelli y Karasik, que comprobéis hasta qué punto está cuidada la composición, la elección de planos, el ritmo y la cadencia. No hay nada dejado al azar.
Ciudad de cristal es todo un ejemplo de cómo la narrativa gráfica es algo más que una simple secuencia de imágenes. Es la constatación de la potencia del lenguaje de la historieta para conseguir transmitir más allá de una historia, para hacernos llegar sensaciones, para estimular nuestra reflexión y nuestra imaginación. (4+)
Una verdadera lástima que Anagrama no haya cuidado la edición, limitándose a usar el mismo formato y características que los libros de la colección Panorama de Narrativas. El resultado es un papel que transparenta las historias, en el que el negro apenas tiene fuerza y se torna gris… a lo que hay que añadir una elección para el dibujo de portada cuanto menos, poco acertada. Afortunadamente se respeta bastante el tamaño de la edición original, una preciosa edición de Neon Lit en la que se buscaba el aspecto de una novela popular de misterio. Esperemos que, si es cierto que Anagrama sigue apostando por el tebeo, sus siguientes ediciones mejoren la calidad.

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