Máscaras

Es imposible no ver reflejado a David Rubín en El circo del desaliento (Astiberri). Sus viñetas están llenas de rabia, de fuerza incontenible que nos agrede desde sus dibujos. Leer sus historietas es luchar contra él, contra esa fuerza que nos con su dibujo vital, enérgico, que nos hace luchar ante el terremoto de sus páginas. Un vendaval, como bien califica Carlos Portela, que me atrevería a subir a la categoría de huracán desatado.
Toda una violencia arrebatadora que contrasta brutalmente con sus historias, personales, íntimas, que salen de dentro de su corazón con la contradicción de la ternura en un envoltorio salvaje. Historias cortas en las que Rubin bascula siempre sobre un denominador común: las máscaras. La necesidad de ocultar su verdadero yo, de esconderse tras el disfraz, toma forma en cada una de sus historias, expresándose a través de ese enfrentamiento radical entre forma y fondo, entre exterior e interior. El dibujo es nervioso y vivaz, pero sus diálogos son tenues y sentidos, perfecto paradigma de ese combate interior que parece invadir todas y cada una de las páginas de esta obra, en reflejo casi perfecto de un autor que no puede evitar volcar en su obra sus miedos e incertidumbres.
Leer El circo del desaliento es pasear por una mente torturada ante su propio reflejo, consciente de que está atrapado en un cuerpo del que no puede salir, como el protagonista de la brillante “Que se lo coma el salitre“, una persona que sólo tiene la salida de esconderse tras la máscara como en la triste “Donde nadie puede llegar” que abre el álbum, sabedor de que la vida sólo le da esa oportunidad. Todos los protagonistas de estas historias se nos antojan uno sólo, un David Rubín que debe colocarse la máscara de otro David Rubín, el dibujante, el que a modo de superhéroe le salva del naufragio, de la caída infinita, en un exorcismo de sus demonios interiores, de esos dragones amenazantes que vuelan a su alrededor.
Quizás lo único que se puede objetar a este álbum es que esa compulsión creadora se vuelve muchas veces en contra del propio autor. Su innata capacidad narrativa se ve frenada por un dibujo que muchas veces parece inconexo, poco terminado. Absorbe como una esponja influencias que van del manga a los autores de LAssociation, pasando por Javier Olivares y Miquelanxo Prado, pero parece como si los lápices y la tinta frenasen al autor, como si su pensamiento estuviese demasiado por delante de lo que dibuja y tuviera un afán desmedido por acabar rápido la viñeta para poder enfrentarse a la siguiente. Ese impetuoso impulso pasa factura en algunos momentos a David, impidiendo redondear un álbum que, pese a todo, es tremendamente recomendable. (3-)

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