De alucinógenos y alucinados

Después de mucho esperar, por fin se publica en forma de recopilatorios uno de los tebeos clásicos del género superheroico de los 80: la JLA/JLE de Giffen, de Matteis y Maguire.
Una década extraña para el género de superhéroes, porque parece como si los tímidos intentos de hacer madurar los temas que se tocaban en los comic-books durante los setenta hubiesen llevado a una única pregunta: ¿cómo sería un superhéroe en el mundo real? Es decir, ¿qué pensaría cualquier ciudadano de a pie de un señor que se enfunda en unos leotardos y se pone a repartir mamporros a diestro y siniestro para defender el bien? Enunciado así, la respuesta es obvia: está loco. Sólo que esa respuesta puede tener dos interpretaciones: es un psicótico peligroso y mejor encerrarlo en un manicomio o está chalado, un alucinado al que lo mejor es darle la razón y reírse con sus tonterías. Respuestas ambas que dieron lugar a dos de los mejores tebeos de superhéroes de todos los tiempos. La primera, al espléndido Watchmen de Gibbons y Moore, del que no hace falta ni hablar y la segunda a la divertidísima Liga de la Justicia Internacional de Giffen, deMatteis y Maguire, reeditada ahora por Planeta DeAgostini.
Y es que este trío de autores tuvo muy claro desde el principio que lo mejor que se podía hacer con los señores enpijamados era reírse con ellos, siguiendo a rajatabla las normas del género, pero potenciando el ridículo de las situaciones. Así, la LJI se dedicaría a salvar el mundo/universo conocido de terribles villanos, como debe ser, pero dejando entrever en todo momento la parte menos épica y más cazurra de la historia. Nada mejor que fijarse en los maestros para aprender y en esto del humor, la palma se la llevan sin duda Tex Avery y Chuck Jones, los grandes genios de la Warner. Giffen y de Matteis tuvieron claro desde el principio que el gag clásico no era suficiente, que debía mantenerse gracias a unos diálogos elaborados e inteligentes, que llevasen al lector y lo dirigiesen al momento álgido, manteniendo el ritmo de los gags, la clave del humor. Pero tenían claro también que un tebeo de superhéroes de bustos parlantes no se sostiene… a no ser que esos bustos parlantes sean algo más. Y Maguire aportó ese algo más. Un dibujante que no brillaba especialmente pero que tenía una habilidad destacada para la gestualidad facial. El ingrediente que faltaba para que el cóctel fuese perfecto. Uniendo unos diálogos chispeante y el sorprendente catálogo gestual que era capaz de desplegar Maguire, la LJI se convirtió pronto en uno de los tebeos más divertidos de la década. Poco importaba que el personaje tratado fuese un desconocido o el hierático Batman, todos tenían un lado “oscuro” que explotar. La infantilidad del capitán Marvel, el machismo de Guy Gardner, la incompetencia de Blue Bettle, la ingenuidad de Booster Gold… todos y cada uno de los superhéroes clásicos tenían un talón de Aquiles al que atacar y que permitiría un contraste que mueve invariablemente a la carcajada. Hasta el serio e imponente Detective Marciano tiene su momento de incontinencia por las galletitas Oreo. Pero era también el punto de anclaje para desarrollar una personalidad clara de los personajes, más allá del maniqueismo clásico al que estábamos acostumbrados.
Pero es que, para colmo, Maguire fue puliendo su estilo y mejorando a cada número, mientras que el tándem Giffen-DeMatteis lograba un maridaje casi perfecto a los guiones, consiguiendo con el tiempo que la serie se convirtiese en mítica. Una demostración clara de que la continuidad, el respeto a la tradición del personaje y demás factotums de los aficionados de pro son zarandajas cuando se hace un tebeo bien y con el que disfrutar.
La LJI es uno de esos tebeos para divertirse sin ningún tipo de prejuicio. Da igual que se hayan leído tebeos de superhéroes antes o no. Las risas están aseguradas. (4)

Y ojito también al tercer volumen del Cuarto Mundo de Jack Kirby, que comienza con el delirante Forever People, una especie de transposición de los principios de la cultura hippy a la filosofía megaloépica del alucinógeno universo Kirbyano. Una marcianada, estoy de acuerdo, pero en manos de Kirby vuelve a ser una apuesta apasionante si consigues entrar en sus reglas. Y si no lo consigues, aún así vale la pena comprar este volumen por la primera de las historias, perfecto ejemplo de uno de los momentos más kafkianos de los ejecutivos de DC, que decidieron que “el Rey” no dibujaba a Superman acorde con los cánones estéticos impuestos por la compañía y sustituyeron sus dibujos por otros que siguiesen el estilo de Curt Swan. Autores clásicos como Al Plastino o Murphy Anderson corrigieron todas las apariciones del kryptoniano para que tuviese una apariencia más “coherente”, logrando uno de los pastiches más alucinantes de la historia de DC.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation