Lecturas turrónicas (V)

Me confieso como uno de esos que pensaba que las últimas obras de Carlos Giménez no estaban a la altura de su obra anterior. Las últimas entregas de Paracuellos o Los Profesionales me habían parecido buenos tebeos, pero que no llegaban a la calidad de sus primeras entregas, lo que no es fácil a tenor de que eran obras maestras. Pero las lenguas son vivarachas y autónomas y seguro que más de uno ya estaba vaticinando el ocaso del maestro.
Y nada mejor, ante la verborrea, que callar bocas con contundencia, como acaba de hacer Carlos Giménez con la publicación de Barrio 2. Una segunda parte de una calidad extraordinaria. Prácticamente partiendo de donde acaba el primer álbum, Giménez vuelve a realizar un magistral recuerdo de los años de la posguerra donde ganarse un poco de pan que llevarse a la boca era una ardua tarea que requería muchas horas de trabajo diarias. Pero si Paracuellos o Los Profesionales son ejercicios de memoria colectiva, Barrio lo es de recuerdo privado y personal. Es una obra claramente autobiográfica, donde Pablito deja paso a un Carlines más visceral, que toma un partido más activo. Carlines/Carlos no se limita a contar un momento de la vida de España. Habla de un momento de su vida, y de cómo le afectó, de cómo un niño vivía la represión del franquismo, el hambre y el duro trabajo para poder comer todos los días. Pero a diferencia de la primera entrega, en Barrio 2 Giménez expande y se centra todavía más en la composición de un fresco costumbrista de esa España de postguerra. Las historias de Carlines se mezclan con retazos de la vida diaria a modo de postales, fotografías ajadas y viejas en blanco y negro que dan constancia de otras épocas, de una sociedad que lucho duro para que hoy estemos donde estamos.
Barrio 2 es historia viva, capaz de mezclar la nostalgia con la denuncia en un admirable testimonio. Uno de esos tebeos que tendrían que ser lectura obligada en las clases de historia de este sacrosanto país, y no objeto de intentos de “secuestro” en stands de bibliotecas públicas, como si se pudiera esconder el pasado. (4)

Lecturas turrónicas (IV)

Me encantan las historias que transcurren en pueblos, que recuperan esa parte de la historia que nunca se cuenta. La de los pequeños pueblos donde transcurre la vida alejada de las locuras de la ciudad y sus neuras. Es curioso, porque servidor es urbanita convencido y me gusta, necesito, la histeria capitalina de millones de almas asfixiadas con el monóxido de carbono. De hecho, ni siquiera tengo un pueblo al que referirme de forma nostálgica como muchos.
Quizás por eso me gusta leer sobre lo que desconozco, sobre esas historias íntimas, esos recuerdos de los que carezco y me intrigan. O quizás porque transmiten una forma de vida distinta a la que vivo, más lenta, más centrada en cosas que importan de verdad y no en lo que nosotros inventamos como necesidades. O, quién sabe, porque en el fondo fui uno de sos niños que se crió viendo las Crónicas de un pueblo.
En resumen, me gustan. Y en tebeo me gustan más, por aquello de unir lugares comunes. En su día disfruté de las historias de Tito, un autor español poco recordado, por desgracia, que desde las páginas de A Suivre recordaba la vida en un pueblo perdido de España con historias preciosas, humanas. Razones todas que justifican el agrado con el que he leído Pueblo, de Manuel Mota (Zanzíbar Ediciones). Un pequeño álbum que recopila pequeños retazos de la historia de un pueblo. La escuela, la rivalidad entre vecinos… la vida diaria de un pequeño pueblo que sirve como excusa para conocer una historia y una sociedad que quizás ahora vemos casi como una curiosidad, pero que forma parte de nuestro pasado. Un álbum de principiante, es cierto, en el que se nota mucho la evolución gráfica de Mota a lo largo de las diferentes historias de este álbum, cómo pulsa y prueba diferentes estilos, como aprende a usar los recursos de la narración. Pero también se ve el cariño con el que cuenta las historias, la proximidad con que las siente. Y se agradece esa sinceridad a la hora de plantear el trabajo, sin ambiciones, con el único objetivo de compartir historias. un autor que habrá que seguir. (2-)

Lecturas turrónicas (III)

Leer cualquier tebeo de Muñoz y Sampayo es un placer. Pero si se trata de una nueva obra en la que los autores exploran nuevos caminos, el gozo es ya inconmensurable. Por eso estaba deseoso de que cayera en mis manos El libro (Planeta DeAgostini), su primera colaboración fuera del universo de Sinner en muchos años. Y no sólo no me han defraudado, sino que puedo asegurar que he leído uno de los tebeos más interesantes de este año. Una historia compleja, caleidoscópica, en la que Muñoz y Sampayo nos cuentan la historia de un libro, “El jugador de ajedrez” de Stephan Zweig, que esconde un secreto buscado. Una excusa para contar múltiples historias, una gigantesca muñeca rusa que esconde dentro de cada página una nueva historia. Si en la novela de Zweig el Sr. B consigue evadirse de la tortura nazi gracias a un libro de ajedrez con el que crea una obsesión que le aísla del sufrimiento, aquí ese mismo libro es ansiado por los nazis con obsesión, con desespero. Pero también, al igual que B debe enfrentarse tiempo después al engreído y frívolo campeón mundial de ajedrez, Huergo, el protagonista de esta obra, debe enfrentarse a su vida, a la impotencia con la que la cultura le abandona en manos de quien tan sólo quiere metros de estantería para decorar una pared. Pero El libro es también una metáfora brutal y dramática de la convulsa situación política argentina en los 60, enmarañada tras la caída de Frondizi en un seguido de extrañas alianzas entre el poder político y el militar. Muñoz y Sampayo tejen a varios niveles narrativos este complejo tapiz, en el que ficción, historia, política y sentimiento se van encadenando en una partida de ajedrez ficticia donde las tablas son la única solución. Una visión descreída y triste, resignada, que tiene como única esperanza esa sugerencia del amor, una joven que enamora, pero que esconde a su vez terribles secretos.
Leer El libro es un fascinante ejercicio de inteligencia, que obliga al lector a un esfuerzo importante de abstracción y de fabulación, pero también de reflexión, en el que no hay concesiones a lo sencillo. El dibujo de Muñoz alcanza unas cotas de belleza insuperables, con esa fuerza visceral del entintado, que consigue que las sombras y los claroscuros lleven el testigo de la narración, dotando de una atmósfera irreal a la historia que añade un último actor en el rompecabezas.
Que nadie se espere una obra sencilla, un entretenimiento vacuo. El libro exige un denodado trabajo de lectura, incluso un bagaje previo de lecturas y conocimientos que van desde la literatura a la historia. Pero aceptar el reto de Muñoz y Sampayo supone también la posibilidad de obtener un placer con la lectura como pocas veces se ha visto. (4+)

Lecturas turrónicas (II)

Sigo prendado de la candidez de Yotsuba!, de Kiyohiko Azuma (Norma Editorial). Si la primera entrega me interesó, esta segunda me confirma que pocas veces se ha visto tan bien trasladada la ingenuidad de la infancia en un tebeo. Sólo por esa historieta de la joven Yotsuba jugando con una pistola de agua ya vale la pena comprar un tebeo. Es una anécdota tan simple como sencilla, pero que expresa con una fuerza arrebatadora esa inocente imaginación con que los niños copian lo que ven en la tele, lo que hacen los “mayores”. Conjuga perfectamente el recuerdo del juego infantil (¿quién no jugó de pequeño a indios y vaqueros?), contado con la veracidad de un documental, expresando ese desconocimiento hacia lo que se imita y la complicidad en el juego del niño por parte del adulto, pero deja ese poso de reflexión hacia qué es lo que imitan los niños, hacia la necesidad de saber compensar el vómito continuado de violencia televisiva con ese último comentario del padre de Yotsuba, que vuelve a dejar lo que parece un juego peligroso en lo que es, un juego de niños. Un solo ejemplo de un tebeo encantador y delicioso, en el que Azuma demuestra una capacidad innata para que sus personajes transmitan sentimientos a borbotones.
Enganchado estoy (3).

Lecturas turrónicas (I)

Shutterburg follies, de Jason Little (Planeta DeAGostini), es uno de esos tebeos que viene precedido con una aureola de prestigio desde los USA, con un extraño consenso entre la crítica más dedicada al mainstream y la que defiende más lo indie. Datos que, una vez leído el tebeo en cuestión, se entienden, aunque no los comparta en su totalidad. Jason Little nos cuenta una historia de misterio adolescente, en el que una joven aficionada a la fotografía se ve involucrada por azar en una serie de asesinatos perpetrados por una red mafiosa. La impulsiva joven se decide a investigar y, lógicamente, corre todas las aventuras propias de una investigación criminal. No se puede negar que la trama es entretenida y que Little sabe usar las fórmulas clásicas para hacerla avanzar, con una clara referencia a su inspiración cinematográfica, “La ventana indiscreta” de Hitchcook. Su estilo de dibujo fresco, una correcta composición de página y una narrativa clásica y eficaz terminan de redondear uno de esos tebeos que se leen con mucho agrado pese a que unos días después se hayan olvidado. Sin embargo, me temo que es evidente que muchos lectores se han podido dejar llevar por la picardía del autor, que ha dotado al tebeo de un envoltorio similar al de obras muy superiores, como las de Clowes o Ware, con una clara preocupación por el diseño de la obra, desde la portada a las páginas interiores.
Shutterburg follies es un libro de bonito embalaje que esconde un tebeo clásico del género de “investigadores aficionados”, sólido, bien hecho y entretenido, pero muy, muy lejos de la calidad y enjundia de obras de similar formato y temática, como el Ice Haven de Clowes. No es poco hoy en día hacer un tebeo de esas características, pero tampoco hay que dejarse llevar por el entusiasmo (2).

Tres añitos

Tres años ya… Empiezo a entender vagamente qué es lo que pasaba por mi cabeza en esos momentos: una intoxicación turrónica. Es la única explicación coherente para justificar que una persona en sus cabales se lance a montar una cosa como “La Cárcel de Papel”. La ingesta brutal de cantidades incontables de turrón, junto con todo tipo de cuchipandas varias (¡ay! esas competiciones entre madre y suegra a ver quién es capaz de conseguir introducir más comida en el cuerpo de su hijo/yerno al grito de “¿Cómo que no te lo vas a acabar?”), unido a la acción efervescente de la mezcla de sustancias químicas como la sal de frutas, el bicarbonato y el almax, provoca un enturbiamiento del conocimiento que da como resultado acciones de las que no se es responsable.
Como montarse un weblog sobre tebeos.
Y luego, claro, la “responsabilidad”, ya sabéis, ese orgullo malentendido de “ya que lo he montado, no me lo voy a dejar”, y se comienza a alimentar a la bestia. Porque lo que nadie, absolutamente nadie se podía esperar, es que aquella paginita con diez visitas diarias terminara con casi cien mil al mes.
La verdad es que, tres años después, no tengo claro si “La Cárcel” es la página que yo quería. No voy a negar que estoy muy cómodo haciéndola, pero es verdad que en muchos aspectos la página me supera. Se me asignan responsabilidades que no he buscado (no, lo de “todo poder, etc, etc”, no me vale), tengo un protagonismo que no me agrada, se me exige muchas veces una labor “profesional” cuando esto es completamente amateur, tengo que lidiar con trolls que no entienden lo que significa la palabra respeto… Incluso se me achaca que busco las visitas a cualquier precio, cuando cualquiera que haya seguido la evolución de la página habrá visto que desde la aparición de otras páginas sobre tebeos he disminuido drásticamente el número de noticias (antes hacía repaso a las noticias de Newsarama, de Lying in the gutters, etc), limitándolas sólo a lo que me interesa (de hecho, creo que La Cárcel es la única página que ha perdido visitas desde que apareció Tebelogs, un efecto buscado, todo sea dicho).
Muchas cosas que harían que cerrar la página fuese lo más lógico. Es cierto.
Pero la verdad es que he encontrado algo que suple con creces todos los problemas: la gente. Gente que me envía mails y me habla de lo bien que se lo ha pasado leyendo una recomendación mía, o que se han vuelto a enganchar a los tebeos gracias a esta página. Mails, comentarios… amigos anónimos que me suponen la mayor de las alegrías porque, al final, parece que se cumple el objetivo único de La Cárcel, el que siempre he tenido claro: hacer proselitismo del tebeo.
Tres años después, muchas cosas han cambiado, pero sigue intacto esa tarea autoimpuesta de intentar contagiar lo bien que me lo paso leyendo tebeos.
Y eso es lo único que me importa.
Gracias a todos.
Sigo con lo mío. En breve, un porrón de lecturas. :)