Lecturas turrónicas (III)

Leer cualquier tebeo de Muñoz y Sampayo es un placer. Pero si se trata de una nueva obra en la que los autores exploran nuevos caminos, el gozo es ya inconmensurable. Por eso estaba deseoso de que cayera en mis manos El libro (Planeta DeAgostini), su primera colaboración fuera del universo de Sinner en muchos años. Y no sólo no me han defraudado, sino que puedo asegurar que he leído uno de los tebeos más interesantes de este año. Una historia compleja, caleidoscópica, en la que Muñoz y Sampayo nos cuentan la historia de un libro, “El jugador de ajedrez” de Stephan Zweig, que esconde un secreto buscado. Una excusa para contar múltiples historias, una gigantesca muñeca rusa que esconde dentro de cada página una nueva historia. Si en la novela de Zweig el Sr. B consigue evadirse de la tortura nazi gracias a un libro de ajedrez con el que crea una obsesión que le aísla del sufrimiento, aquí ese mismo libro es ansiado por los nazis con obsesión, con desespero. Pero también, al igual que B debe enfrentarse tiempo después al engreído y frívolo campeón mundial de ajedrez, Huergo, el protagonista de esta obra, debe enfrentarse a su vida, a la impotencia con la que la cultura le abandona en manos de quien tan sólo quiere metros de estantería para decorar una pared. Pero El libro es también una metáfora brutal y dramática de la convulsa situación política argentina en los 60, enmarañada tras la caída de Frondizi en un seguido de extrañas alianzas entre el poder político y el militar. Muñoz y Sampayo tejen a varios niveles narrativos este complejo tapiz, en el que ficción, historia, política y sentimiento se van encadenando en una partida de ajedrez ficticia donde las tablas son la única solución. Una visión descreída y triste, resignada, que tiene como única esperanza esa sugerencia del amor, una joven que enamora, pero que esconde a su vez terribles secretos.
Leer El libro es un fascinante ejercicio de inteligencia, que obliga al lector a un esfuerzo importante de abstracción y de fabulación, pero también de reflexión, en el que no hay concesiones a lo sencillo. El dibujo de Muñoz alcanza unas cotas de belleza insuperables, con esa fuerza visceral del entintado, que consigue que las sombras y los claroscuros lleven el testigo de la narración, dotando de una atmósfera irreal a la historia que añade un último actor en el rompecabezas.
Que nadie se espere una obra sencilla, un entretenimiento vacuo. El libro exige un denodado trabajo de lectura, incluso un bagaje previo de lecturas y conocimientos que van desde la literatura a la historia. Pero aceptar el reto de Muñoz y Sampayo supone también la posibilidad de obtener un placer con la lectura como pocas veces se ha visto. (4+)

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