Lecturas de ultramar (o no tanto)

Mi pedido del previews este mes me ha traído, entre otras joyitas, el primer álbum que ha editado la inglesa Titan de King of Crooks, más conocido como The Spider, uno de los clásicos de la IPC que por estos lares fue editado en su día por Vértice y que los más jóvenes relacionarán con el reciente volumen de Jack Staff editado por Recerca. Una lujosa edición para una reproducción bastante pésima, supongo que por la falta de materiales originales que ha obligado a escasear directamente desde las revistas de Lion donde originalmente se publicó a finales de los 60.
Con todos los peros que se le pueda poner a la serie (sobre todo en el apartado gráfico), lo cierto es que The Spider es un excelente ejemplo de estos delirantes héroes de la IPC/Fleetway, a medio camino entre la ingenuidad y la mala leche más recalcitrante. The Spider, es un misterioso malhechor, de extraña fisonomía (que recuerda, paradójicamente a lo que poco después se conocería como un vulcaniano), poderes arácnidos increíbles y un intelecto sin par que se focaliza únicamente en el terrible objetivo de ser el mayor criminal de la historia. Cuando todos los héroes que venían de los USA se dedicaban a defender el bien ante todo, The Spider se jacta de cometer el mal continuamente y de dejar siempre en jaque a los pobres policías, siempre derrotados y humillados. Pero si divertidas eran las tramas, llegan al auténtico delirio cuando The
Spider comienza a enfrentrarse contra otros terribles villanos en la pugna por el trono del canalla más perverso. Un cambio motivado por Jerry Siegel, el credor de Superman, que tomó los guiones al poco de comenzar la serie y que imprimió un carácter absolutamente delirante a la serie, entre el pop-art de la DC de los años 60 y la tradición británica de la ciencia-ficción.
Una divertidísima serie, todo un clásico del tebeo, que antecede a la extraordinaria Zarpa de Acero, con un Jesús Blasco inconmensurable.

Y aunque el origen de estos tebeos de ultramar tenga poco, el que sí lo tiene es el magistral ACME Novelty Library 16, nueva entrega de la ya legendaria serie de Chris Ware que es prácticamente un nuevo libro de la colección. Apenas unos meses después del último recopilatorio, este número está dedicado íntegramente a introducirnos en la infancia de uno de los personajes de la serie, Rusty Brown, presentado como un niño apocado, inmerso en su mundo imaginario en el que sólo tiene como compañeros a sus muñecos de superhéroes. Ware nos cuenta su primer encuentro con Chalky White en un brillante ejercicio de estilo en el que, como es habitual en él, el aspecto formal está estudiado hasta el último detalle para conseguir estrictamente el efecto buscado. Partiendo de una estructura clásica de tira diaria de prensa, con subserie paralela, Ware desarrolla apenas unas horas en la vida diaria de Rusty y Chalky, el primero en la serie principal, la segunda en la pequeña subtira que la acompaña. Un día gris, de nieve, como cualquier otro, en el que las historias se cruzan por puro azar, como copos de nieve que se van amontonando uno encima de otro. Una anécdota sin importancia que permite a Ware explorar cuál es el pasado de sus personajes, cómo llega a esa compleja personalidad estudiando cómo era su familia. Apenas unos esbozos son suficientes para definir plenamente a su padre, un hombre depresivo que afronta una rutina diaria que detesta pero de la que no puede salir, que se proyecta sobre su hijo como fracaso último de su vida. Introduciéndose literalmente en la tira, Ware actúa de motor de la historia, convirtiéndose en improvisado confesor del padre de Rusty, protagonizando por tanto un paradójico doble papel, creador y actor, que parece dotar de vida propia a los personajes, como si fuesen éstos los que realmente creasen la historia y que el autor tan sólo la estuviese narrando como se la han contado.
Ware vuelve a llevar a la narrativa al extremo más radical de investigación, pero siempre desde un respeto reverencial a la tradición de la tira de prensa (de nuevo, Frank King en el referente absoluto, aunque no único, ahí está Herriman, entre otros), consiguiendo exprimir el lenguaje de la historieta como pocos. Pese al aspecto de sencillez de la composición formal (los excesos se han dejado para las cuatro páginas que cierran el libro de Building Stories), Ware experimenta con la narrativa desde una búsqueda infatigable de nuevas formas. El uso de sí mismo como personaje, tal y como comentaba, las relaciones entre tira y subtira y, sobre todo, la especial puesta en escena que condiciona un ritmo sutil y opresivo sobre toda la historia son sólo ejemplos de la nueva lección de historieta que da este autor.

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