Dibujos y fotografías

¡Qué placer leer la segunda entrega de El Fotógrafo! La serie de Guibert y Lefrève publicada por Glenat me parece excepcional por muchas razones. La primera, porque hablar de solidaridad en esta época parece casi una osadía. En esta sociedad en la que la intolerancia, el egoísmo y la indiferencia campan a sus anchas, dedicar una obra a la labor de la gente que dedica su vida a ayudar a los demás corre el peligro de caer en el olvido o, peor, en la crítica gratuita. Quizás es que estamos demasiado acostumbrados a ver la cara de niños hambrientos en televisión, que nuestras conciencias estén encallecidas (o, peor, calmadas con un pequeño óbolo caritativo que nos hace pensar que “ya somos solidarios”) o, sencillamente, que ya nos parece normal ver en la televisión gente sufriendo mientras descansamos tranquilamente en nuestro sofá.
Por eso este relato de la labor que hace un grupo de voluntarios de Médicos Sin Fronteras en Afganistán es, sin duda, una buena manera de conocer la situación de esos pueblos donde la injusticia es la única ley y el hambre una forma de vida. Guibert y Lefrève desarrollan un apasionante documental sobre la vida de este grupo, que no deja de lado ni las anécdotas más superficiales (aquellas derivadas del choque cultural o incluso las más escatológicas) ni los serios problemas a los que se tienen que enfrentar día a día, poniendo muchas veces su vida en peligro.
Pero existen más razones para considerar excepcional esta serie, sólo mirando desde la perspectiva historietística. Guibert ha conseguido fundir con éxito dos medios tan similares como diferentes, la historieta y la fotografía, consiguiendo que ambos colaboren en una sorprendente sinergia. Los reportajes fotográficos de Didier Lefrève presentan al lector una base documental, que conecta con la realidad de la zona, la típica fotografía “Nacional Geographic” a la que estamos tan acostumbrados. Sin embargo, en su conjunción con la historieta, Guibert consigue dotar a estas fotografías de un alma, de una vida que no tenían. El dibujo, limpio de cualquier aditivo, sin fondos, centrado sólo en la figura humana, nos transmite el trasfondo de sensaciones y de sentimientos vividos tras esa fotografía. El lector ya ha visto el escenario, ya lo conoce de la fotografía, y puede centrarse plenamente en lo que está ocurriendo tras esa foto. De una manera paradójica, la fotografía se nos antoja rodeada de un marco de irrealidad y el dibujo, por el contrario, adquiere una realidad y un dinamismo vital. Es una trasgresión de las reglas establecidas, que establece a la fotografía como la plasmación de la realidad y al dibujo relega su interpretación. En este caso, Guibert consigue que el dibujo marque la línea de la realidad y que la fotografía aporte una información que nos parece alejada y distante, estática, pero en un simbiosis necesaria en la que no se podría entender el álbum sin las fotos.
Los dos álbumes publicados hasta el momento (queda un tercero que aparece en Francia la semana que viene, aprovechando el salón de Angouleme), conforman ya una de las obras más sugerentes de la última década del tebeo francés. (4)