McCay, Fred… Mathieu

Ayer, al publicar la noticia sobre Blutch que había leído en La BD, me pasó algo curioso. Al ver el nombre de Marc-Antoine Mathieu y su Julius Corentin, sentí la necesidad imperiosa de volver a leer la serie. Por un momento, fui un peón más de uno de los extraños e hipnóticos puzzles de este autor, injustamente desconocido en España y demasiado poco reconocido en su país.
Con Julius Corentin Acquefacques, Mathieu crea un personaje que bebe directamente de Little Nemo y de Philemon. Si McCay y Fred crearon para sus personajes mundos de ensueño que comienzan en lo onírico y terminan en el surrealismo, Mathieu toma regla, cartabón, escuadra y compás para trazar un plano preciso y milimétrico de esos mundos. Siguiendo las enseñanzas de Benoit y Peeters, define un mundo con reglas propias, en el que Corentin, un funcionario del Ministerio del humor, deberá enfrentarse a extrañas pruebas, como la marcada en el primer álbum, El Origen. Un estreno fascinante, en el que el protagonista recibe hojas de un álbum de historieta que representan su propia vida, que es a la vez el álbum que estamos leyendo. Un increíble viaje al espacio en blanco entre las viñetas que conecta realidad, sueño y papel en un camino único sin salida, que terminará con esa temida última página 43, donde toda la historia tendrá un ¿sentido? Un álbum sorprendente, desafiante de toda regla establecida, en el que Mathieu sólo da una mínima expresión de hasta dónde es capaz de llegar. En los álbumes siguientes, Julius se enfrenta contra su propio mundo bidimensional, con un viaje surrealista por la nada en Le Qu, el sorprendente viaje temporal de Le Processus o el fascinante ejercicio de simetría total de Le debut de la fin/Le fin de la debut. En el mundo de Corentin, las reglas físicas desaparecen, sólo existen la lógica del sueño y de lo imposible, pero pasada por el filtro de la geometría y las matemáticas, generando una lógica interna única e indefinible. Cada álbum es una nueva sorpresa, como demostró con la última entrega, La 2.333 dimension, en el que el mundo de la historieta pierde sus dimensiones, con perversiones de la perspectiva que Corentin debe investigar.
Creo sinceramente que Julius Corentin es la gran continuadora de Philemon, que bebe directamente de su surrealismo, pero quizás sin atreverse a la locura de libertad del mundo de las letras de Océano Atlántico, más comedido, con la necesidad de regirse por un orden interno similar al existente en la saga de las ciudades oscuras.
Pero si buena es esta serie, todavía más fascinante es Le Dessin, posiblemente su mejor obra. Publicada en 2001, cuenta la historia de Emile, un pintor que, tras la muerte de su amigo Eduard, se queda con un recuerdo suyo: un misterioso dibujo titulado Reflection. Al examinar el dibujo, Emile descubre que el grado de detalle es inmenso, sobrenatural, que le permite introducirse en el dibujo y seguir explorando cada reflejo, encontrando un nuevo mundo en cada uno de ellos. Un tebeo del que sólo puedo decir que es hipnótico, que te deja fascinado por cada nuevo descubrimiento, cada nueva pista que lleva a Emile a la verdad que esconden esos reflejos.
Un autor que sorprenderá a muchos y que, espero, cree un grupo fiel de Mathieu-adictos. Eso sí, no envidio para nada la difícil labor de sins entido al publicar esta obra, ya que Mathieu esconde sorpresas en sus álbumes, como viñetas recortadas, espirales troqueladas que conectan una página con otra o cambios de blanco y negro a color y viceversa.

Adaptando al cine

Como todos los años, se celebra el Forum internacional de cine y literatura de Mónaco, en el que se estudian las relaciones entre ambas disciplinas, con multitud de invitados internacionales. Este Forum entrega una serie de premios, entre los que se encuentra el de “mejor BD adaptable al cine” y que , en años anteriores, ganaron Blankets o Barrio Lejano.
Este año, los nominados son:
Abdallahi de Dabitch & Pendanx (Futuropolis)
Aya de Yopougon de Abouet & Oubrerie (Gallimard)
Cuervos de Durand & Marazano (Glénat)
Le Combat ordinaire de Manu Larcenet (Dargaud)
Lucille de Debeurme (Futuropolis)
No creo que se sigan las recomendaciones de estos expertos, pero mucho ojito a la reestrenada Futurópolis, que ya está comenzando a coleccionar nominaciones varias. Un éxito para Soleil y un dolor de cabeza para J.C.Menu…

Javier Olivares es un poco rarito

Ya puestos a hablar de Javier Olivares, reciclo un texto que apareció en el fanzine de las Xornadas de BD de Ourense:

Javier Olivares es un poco rarito. No, no tiene ni seis dedos en una mano, ni una oreja de más o de su frente salen extrañas profusiones, no es eso. Ni siquiera esconde un Mr. Hyde debajo de su cama presto a sustituirle cuando menos se lo espera, no.
Hasta donde se puede saber, no es una rareza de feria o un candidato a tema de tesis de algún doctorando de psiquiatría, no.
Es que le gusta hacer tebeos. Y mucho.
Un atrevimiento, es evidente, sobre todo en un país donde eso de dibujar tebeos no es que esté mal visto, es que ni se ve.
Pero Olivares además de atrevido, era obcecado: decidió que iba a hacer los tebeos que le gustaban, los que le pedía el cuerpo, y que los publicaría.
Claro que semejante propósito no es fácil, por mucho que la voluntad sea inmensa, y como todo gran proyecto estuvo plagado de pequeños pasos. Comenzó con pequeñas píldoras, apenas una o dos páginas, que salían en publicaciones alternativas, “rarillas” que se decía, que el final de la década de los 80 fue buen compañero para estas cosas y las páginas de Krazy Comics, Urich, Madriz o Medios Revueltos fueron viendo contribuciones dispersas, pero que seguían un patrón común: la evolución de un autor inquieto y curioso, a la búsqueda de nuevos aires. Las historias cortas de Olivares eran pequeños pasos que confluían en un camino común, donde la imaginación se desbordaba y hablaba de mundos de geometrías imposibles habitados por monstruos, piratas, niños… un catálogo de seres extraños que podían protagonizar los sueños más extraños y divagantes. Obsesiones hechas viñetas que perdían su forma tan rápido como la recuperaban, que surcaban líneas narrativas retorcidas y sinuosas que podían confundir o subyugar, pero siempre en el filo de la radicalidad más elegante. Cuentos y fábulas que se desarrollaban bajo la tenue luz de una estrella legumbre para quedar encerradas en cúbicas cajas negras sin lados, pero con aristas y curvas.
Un inconformismo que se alzaba como forma de vida, que obligaba a sus lectores a seguirlo de revista en revista, de página en página, ayer en El Maquinista, mañana en U, y después en las pequeñas joyas editadas por las pequeñas Camaleón (El segador de tus cosas), en El Pregonero o en su segunda casa, el sello Malasombra que él mismo creo y en el que recalaron Noticias para Magüi, Estados Carenciales o La canción de María Mortecina. Regalos mínimos que apenas alivian el síndrome de abstinencia de los que le seguimos desde hace ya casi dos décadas, obligándonos a guardar páginas y páginas, revistas de todos los tamaños y colores (vale, sí, que el Navarro nos obsequió con una recopilación llamada La caja Negra, pero sólo consiguió ahondar en nuestra necesidad), sabiendo que continuaremos en la búsqueda de todos los meses, la de encontrar esas dos o tres paginillas que nos lleven de nuevo al mundo de Olivares, que nos saquen de este universo por unos minutos, los justos para soñar otra vez.

Los cuentos de la Estrella Legumbre

Si existiera la justicia divina San Vicente Ferrer no sería el fraile dominico valenciano del s. XIV, sino otro valenciano del mismo nombre, éste del s.XX, que tiene en su haber un buen montón de milagros en forma de libro. Porque cada libro de la editorial Media Vaca es un milagro en toda regla, oigan. Es un milagro que se editen libros tan bonitos y tan buenos, que se cuiden con tanto cariño y que encima, se siga en esa labor mes a mes, libro a libro. Sólo hay que ver con que amor ha editado la recopilación de Los cuentos de la Estrella Legumbre, de Javier Olivares. Una serie nómada, que desde hace más de 15 años ha hecho parada y fonda en muchas revistas que han acogido su metamorfoseante carácter. Desde Krazy Cómics al TOS pasando por Idiota y Diminuto, Recto o Ganadería Trashumante, Olivares ha ido tejiendo con las raíces de esta extrña legumbre un tapiz increíble, de historias que pueden pasar de la poesía al onirismo a través del realismo y el costumbrismo sin solución de continuidad. Retazos de ánimo, felicidad, dudas, depresión, alegría o tristeza, que marcan la evolución personal de un autor tan especial como Javier Olivares. Cada cuento actúa como una catapulta que nos lanza al siguiente sin red, sin saber qué habrá más allá de la siguiente página, con la sorpresa como única guía ante esta obra tan peculiar. 77 planchas de originalidad e imaginación desbordada, donde dibujo e historia quedan soldados, fusionados en una única forma que quizás es historieta, ilustración o texto ilustrado, qué más da. Son pedazos de alma de Olivares que quedan expuestos al público, atados en papel y clavados con tinta. (4)

La primera estrella

Dolmen lanza la colección Dominó con especial tino, ya que la elegida para el estreno ha sido la preciosa La primera estrella, de Ulf K. Un álbum que sorprenderá a los que recuerden este autor por El año que fuimos campeones del mundo, en un registro completamente diferente y más próximo al resto de su obra. Las historias cortas que componen este álbum se pueden calificar de pequeños poemas de amor, elegantes, delicados… hermosos siempre. Tiene este autor la extraña habilidad de mecernos en sus viñetas y llevarnos a ese mundo infantil donde todo es posible, donde un hombre se puede enamorar de la Luna o perseguir estrellas, donde el día y la noche están inmersos en una batalla eterna sin solución.
Como resulta que servidor ha hecho el prólogo de este álbum, me voy a permitir plagiarme a mí mismo:

En esta obra que tienes en las manos, la Luna y las Estrellas se tornarán carnales, con una dulzura tal que es imposible escapar de su encanto; el día y la noche jugarán un duelo eterno en el que vencedor y vencido alternan su papel día tras día o la luna se nos mostrará tan bella que enamorará sin remedio a un pequeño payaso. Pequeñas historias, apenas esbozadas, contadas con una delicadeza extrema, construidas a modo de poema en el que las imágenes acunan al lector para que recuerde el mundo de sus sueños, de sus ilusiones, para que vuelva a creer en las maravillas y en la magia.
Para leer a Ulf K. hay que dejarse llevar, permitir que nos seduzca con su dibujo limpio y sencillo para que podamos entrar en sus fábulas, abrir la puerta que da a ese cielo estrellado donde cada puntito de luz tiene vida propia, mirarlo fijamente y oír cómo nos llega su voz, que nos contará historias de aquellos que miran a las estrellas cada noche esperando un nuevo relato.
Pero hay que ir con cuidado: una vez dentro, es fácil que nunca se quiera salir.

Un álbum exquisito (3+)