Lecturas: El Rastreador

Es posible que, en un primer vistazo, se tenga la sensación de que El Rastreador se aparta de la línea argumental de las últimas obras de Jiro Taniguchi, acercándose más a un vibrante thriller en el que un hombre que vive apartado en las montañas debe volver a la ciudad a buscar a una niña desaparecida. Pero es sólo una apariencia, un ardid perfectamente urdido por Taniguchi para contar una historia que se va construyendo como una muñeca rusa, encerrando en su interior tantas historias como queramos descubrir. En primer lugar encontraremos un excelente relato detectivesco, llevado con mano maestra, hilvanando con solidez y ritmo las diferentes partes del puzzle. Pero a poco que rasquemos, encontramos una brutal denuncia de la degeneración de una sociedad en la que la juventud se prostituye para comprar un bolso de marca. Un hecho que es usado por Taniguchi para reflexionar sobre las relaciones familiares en un mundo acelerado, donde la comunicación entre padres e hijos se pierde inexorablemente bajo el volumen del televisor. Pero además, si seguimos buceando en la historia, encontraremos un tema clásico en este autor, que ya trato de forma más abierta en K, el reto como respuesta a los miedos interiores, el lento proceso de superación de las heridas internas reflejado en la metáfora de la montaña y los miedos que genera.
Parece increíble que una historia tan compleja, con tantas lecturas, sea llevada con la aparente sencillez que demuestra Taniguchi, confirmando y redoblando toda opinión que tengamos sobre su genialidad.
Un tebeo recomendabilísimo, que no defraudará ni a aquellos que son habituales de Taniguchi ni a los que no se acercaban a él pensando en que sus tramas eran demasiado íntimas. Como siempre, exquisita edición de Ponent Mon(3)

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