(Re) lecturas

Cuando en su día leí Los Libros de la Magia, de Neil Gaiman, ya tuve una sensación agridulce, muy alejada de la satisfacción que en ese momento me provocaba la lectura de Sandman. Posiblemente la razón que motivase que no volviese a leer la obra hasta ahora que Planeta anuncia su reedición, una buena excusa para desempolvar los ajados ejemplares de Zinco y darles una nueva oportunidad.
Pero lo cierto es que, tras la lectura de los cuatro prestigios que ahora se convertirán en un único tomo, mi opinión sigue siendo muy similar: entretenido, pero flojillo.
Y es que cuando a Gaiman le encargaron la revitalización del universo mágico de DC, los ejecutivos de la editorial tendrían que haber sido conscientes de que el británico es un gran creador de universos propios, pero que suele tener problemas para moverse en esquemas preconcebidos, tan fundamentales en el género superheroico tal y como se entiende en las grandes editoriales desde los 80. Un hecho que queda muy patente en esta obra, donde Gaiman juega con la estructura del dickensiano “Cuento de Navidad”, sustituyendo al entrañable Mister Scrooge por un joven descreído de la magia, que será imbuido en los misterios arcanos por los espíritus de magias pasadas, presentes y futuras en la forma de personajes mágicos de la DC.
Una idea atractiva, pero que choca desde el principio con la sorpresa de que no son tres, sino cuatro “espíritus”, lo que obliga a Gaiman a romper la estructura del clásico cuento con una visita al mundo de las hadas que se antoja totalmente prescindible dentro de la estructura total.
Porque al final, salvada la originalidad de la idea, el resto es una mera formalidad para que Gaiman dé rienda suelta a sus conocimientos sobre magia y esoterismo, realizando una especie de viaje histórico por la magia en el que mezcla sin demasiado orden ni concierto sus propias creaciones con los personajes del “universo mágico” de DC, en un vano intento de dar coherencia a lo que ni la tiene, ni la necesita.
Tras la lectura, uno se queda con pocas cosas de esta obra. Es entretenida, es cierto, pero se esperaba más del británico. Hay algunas ideas aisladas brillantes, como la propia estructura, esa fiesta de entes mágicos en la que villanos y héroes se mezclan tranquilamente tras su jornada laboral, los homenajes a Miyazaki (que no tengo claro sea de Gaiman o de Vess) o el propio Timothy Hunter, en el que es muy difícil no ver al antecedente directo de Harry Potter. Y, por supuesto, la excelente labor gráfica de los cuatro dibujantes. Bolton, Vess, Hampton y Johnson son la verdadera excusa para leer esta obra, con un espléndido trabajo de los cuatro. (2-)

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