Corta y pega (I)

Maravilloso esto del corta y pega, oigan. Y como parece que las editoriales están decididas a recuperar tebeos que ya había leído y de los que había dado cumplida cuenta en otros momentos, me dedico a hacer uso de semejante propiedad maravillosa de la informática ésta. Va la primera. Sandman, of course.

Me parece casi insensato hablar de Sandman, la extraordinaria serie guionizada por Neil Gaiman. Más de quince años después de su creación, todo lo que se pueda decir de la serie se ha dicho ya y, seguramente, con más tino y mucho más criterio que el mío. Pero ya sea por vanidad o por oscuras motivaciones que ni yo mismo puede llegar a comprender, heme aquí hablando de una serie que ya se puede considerar como un clásico. Al igual que Moore reconvirtió a La Cosa del Pantano, Gaiman tomó prestado el nombre de un personaje clásico de la época dorada de la DC para construir un mundo propio que escapa de los límites de cualquier etiqueta. Muy por encima del género superheroico o incluso del fantástico, Gaiman fue un paso más allá, actuando de gran hacedor de toda una mitología propia, de una nueva religión. Si Tolkien amasó referentes que iban desde la mitología germánica a la nórdica pasando por las leyendas faéricas de su tierra para crear un mundo coherente, Gaiman hace uso de las religiones paganas y de la literatura fantástica del siglo XIX y XX para crear una mitología fascinante e hipnótica. Los Eternos, una familia de hermanos que se alimenta de los sentimientos más primarios de los humanos y que tiene en Sueño y Muerte a sus dos grandes conocidos, son la gran creación y los protagonistas de una serie que marcaría un punto y aparte en la historia del tebeo. Acompañado casi siempre de dibujantes que no llegaron nunca a la altura del guionista, Gaiman recorrió todo el imaginario colectivo de la fantasía, cimentando el infinito pasado de unos personajes que pronto conocieron decenas de copias e intentos de acercarse a un original al que nunca llegaron ni siquiera a atisbar en la lejanía. En cada arco argumental de la serie se avanza un paso en la concepción de un mundo paralelo que se nutre de los recuerdos, de los miedos y los anhelos de los simples humanos, diseñado con la precisión de un compositor que sabe perfectamente que instrumentos tocar en cada momento para que el lector se sienta subyugado y reconocido. Juega con los mitos más clásicos, desde los cuentos infantiles a los miedos adultos, mezclándolos y confundiéndolos hasta tal forma que al pasar las páginas sentimos escalofríos de nostalgia, sensaciones contrapuestas que nos llevan a seguir adelante y a esperar cada nueva viñeta, plena de referentes casi imposibles de enumerar. Sólo Gaiman fue capaz de pervertir los papeles del Sueño y la Muerte. La clásica guadaña, tétrica y enlutada, se convierte en manos del inglés en una pizpireta jovencita, alegre y hermosa a la que apetece acompañar, mientras que su hermano Sueño es el serio, el oscuro. Papeles trastocados en los que los sueños se convierten en la pesadilla de la vida y la muerte en su liberación y en los que es inevitable pararse fascinados.
Personalmente, sólo puedo que recomendarla con todas mis fuerzas, que os dejéis envolver por la magia de los eternos y que la imaginación vuele libremente en ese mundo de sueños y pesadillas. (4, de promedio)

Este texto fue escrito a raíz de la recuperación de la serie en tomos. Planeta reedita la serie ahora en prestigios de 48 páginas, un formato que no acabo de comprender sabiendo que la serie aparecerá en breve en su edición “absolute” en los EEUU, por lo que parece más lógico haberla editado en volúmenes en tapa blanda, aprovechando los bajos precios que esta editorial suele ofrecer (paradójicamente, la serie será más cara en entregas de 48 páginas que en volúmenes, si hacemos cuenta de los precios que suelen tener los tomos de Vertigo que ha publicado Planeta).
Ellos sabrán. En cualquier caso, si no la habéis leido, aprovechad la oportunidad.

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