Lecturas saloneras (XIII). El viajero de la Tundra

Existe una constante en la obra de Taniguchi que relaciona de forma coherente y consistente toda su obra: la búsqueda del equilibrio entre el hombre y su entorno. Ya sea mediante el enfrentamiento a su pasado, a su familia o la naturaleza, las diferentes obras de Taniguchi estudian de forma sosegada, sin estridencias, cómo el ser humano se imbrica en su alrededor, como va lanzando pequeñas raíces que le unen de forma indisoluble al lugar en el que habita. Pese a las diferencias temáticas de cada obra, esta línea de reflexión da una coherencia absoluta a su obra que hace todavía más atractiva la obra del japonés.
Esta constante temática adquiere quizás su forma más obvia, pero por ello menos interesante, en las obras en las que Taniguchi enfrenta directamente al hombre con la naturaleza. Si en K se enfrentaba a la montaña, como ejemplo máximo del reto humano, en El viajero de la Tundra encontraremos seis historias en las que la naturaleza muta y se transforma para retar al ser humano. El frío de la montaña, un oso gigantesco, una manada de lobos, una ballena, el mar…son sólo excusas para que el hombre mire en su interior y se sienta parte indisoluble de esa naturaleza a la que agrede sin cesar, en un acto de rebeldía contra el padre infantil y del que luego se arrepiente cuando es demasiado tarde. Como ya es habitual en este autor, la lectura de sus historias es siempre una puerta abierta a la reflexión, un ritmo lento que nos ayuda a ir parando en nuestros propios pensamientos, silencios que nos alientan a pensar, a compartir nuestras ideas con los ojos que nos miran desde las viñetas. Curiosamente, en la compilación que edita Ponent Mon hay un elemento discordante, una historia biográfica sobre el propio autor, que contrasta vivamente con las cinco restantes, contraponiendo el espacio cerrado, opresivo, en el que vivía de joven con la apertura infinita de la naturaleza que rebosa en las otras historias. Una oposición casi radical que rompe el ritmo de las historias y permite al lector ir un paso más allá, al reparar en la paradoja de una dibujo que intenta representar el infinito desde la limitación de una viñeta, cerrada y finita. Y, enseñándonos la trastienda del creador, comprender que la pequeña ventana que tenía Taniguchi en su habitación es una metáfora de esa viñeta como ventana abierta a la naturaleza, por las que imaginamos el viento que sopla en nuestras caras.
Una obra, como siempre en este autor, recomendabilísima (3).

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