Lecturas saloneras (XII). Bardín, el superrealista

Max es un explorador infatigable de nuevos recursos y estilos, siempre mutando, probando y abriendo caminos novedosos desde sus primeras obras. Absorbe como una esponja las enseñanzas de McManus, Ever Meulen o cualquier autor que tenga algo que enseñarle para fagocitarlo e incorporarlo a su personalidad, en mezclas únicas y diferentes. Pero un día, Max encontró a Chris Ware, la media naranja artística que esperaba desde hace tiempo y el empujón para adentrarse en un terreno de investigación y experimentación pura. Estudió rigurosamente las propuestas que se plasmaban en ACME Novelty Library y, de nuevo, su maquinaria interna asimiló y amplificó lo adquirido para dar a luz una criatura tan sorprendente y diferente como Bardín el superrealista. Un personaje que nacía influenciado estilísticamente por Ware, pero temáticamente por la iconoclastia de los personajes del DDT de los años 50, en una arriesgada mezcla explosiva y me atrevería a decir, antinatural, pero que en manos de Max se convierte en una de las propuestas más interesantes del tebeo español de la última década. Bardín se nutre de la excusa argumental del espacio superreal que crearon en su día Dalí y Buñuel a partir del manifiesto de Breton para escaparse de la realidad y revolverse contra el sectarismo y el borreguismo social que nos invade. Su espíritu iconoclasta no conoce límites, generando dudas sobre la religión, el capitalismo, la mercadotecnica salvaje e incluso el propio mundo onírico en el que nos sumergimos cada noche.
Aunque todas las historias contenidas en este álbum son brillantes, personalmente me vuelvo a sentir maravillado con dos de ellas. En primer lugar, la bien conocida “Una polémica metafísica”, posiblemente una de las reflexiones más inteligentes que servidor recuerda sobre el concepto de religión y la necesidad del hombre de crear una vida más allá de la muerte. Max juega con el concepto de Dios brillantemente, representándolo como una suerte de ojo-que-todo-lo-ve pasado por el poder de la mercadotecnia y la publicidad, y desarrollando una parafernalia gráfica impactante, similar a la que muchas religiones despliegan, enfrentada al poder de la razón de Bardín. Un combate intelectual brillante que, en un excelente ejercicio de salud mental, es en el fondo una parodia de las discusiones teológicas que se ríe incluso de la razón más empírica, marcando una tónica que se prolonga en todo el álbum: el sanísimo humor que es capaz de lanzar la ironía más zahiriente a la vez que se ríe de sí mismo.
La segunda, una historia inédita hecha para este álbum: “El ruido y la furia”, el máximo ejemplo de lo que Bardín representa. Un sueño en el que un alter ego guerrero de Bardín se enfrenta a todos sus miedos, pasando de la valentía inicial a una furia homicida en la que nada es respetado, incluso su propia personalidad. Un ejemplo contundente y muy lúcido de hasta dónde lleva la ira y el odio desatado, y muy ilustrativa de la situación que vivimos en nuestro país.
Una obra extraordinaria, en una cuidada y excelente edición de La Cúpula. (4+)

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