Lecturas saloneras (XIX). Balas Perdidas

Impresionante. Repito y deletreo: i-m-p-r-e-s-i-o-n-a-n-t-e. Es lo primero que me viene a la cabeza tras leer el cuarto volumen del Balas Perdidas de David Lapham (sí, ya lo sé, no es una lectura salonera, pero lo había leído hasta releer el tercer volumen, éste sí salonero, así que la considero como tal de vocación). No es una sorpresa que Lapham es uno de los autores más dotados que podemos encontrar en la actualidad en el panorama USA, y que su serie es uno de los ejemplos más interesantes de renovación del género negro que se pueden leer, muy superior a algunos intentos literarios, pero es que este cuatro volumen, leído además en formato recopilatorio, es una lección de historieta y de buen guión que te deja clavado en el asiento. Lapham decide ahondar en la génesis real del personaje de la psicótica Amy Racecar, anclándola en la realidad a través de una compleja historia coral en la que una joven llamada Amy es el centro de una serie de argumentos que se encontrarán en ella. Jugando con saltos temporales y con diferentes puntos de vista, Lapham va construyendo una historia en la que los personajes van dejando pistas que nos permiten atisbar parte de la historia global. Episodios que aislados tienen un sentido y que juntos conforman un “tour de force” de guión, en el que milimétricamente van encajando las piezas dando una lectura completamente nueva a lo que habíamos dejado atrás. Juega con el lector, dándole toda la información necesaria, pero sólo desde una perspectiva de este poliedro de mil caras que nos irá hipnotizando a medida que nos vayamos adentrando en la historia. Cuando nos queremos dar cuenta, Lapham nos ha atrapado en un denso laberinto por el que sólo es posible avanzar por un camino que nos lleva a la resolución de la historia, a que el reloj ajuste su último engranaje para dar la hora final.
Una tarea de orfebrería de precisión que se basa en dos herramientas fundamentales: el desarrollo de personajes y el ritmo narrativo. Los personajes de Lapham son humanos, sufren, se equivocan, cometen estupideces a la par que tienen momentos de lucidez, como cualquiera de nosotros. Cada nueva pincelada que describe el personaje nos permite verlo desde un ángulo diferente, consiguiendo a lo largo de la obra que la caracterización psicológica sea tan completa que casi podríamos decir que conocemos al personaje de toda la vida, que entendemos cómo actúa y, sobre todo, por qué hace lo que hace.
Pero el género negro precisa, además, de un tempo muy especial, un ritmo marcado por metrónomo del que no se puede separar ni un segundo. Y de nuevo Lapham vuelve a dar el do de pecho, partiendo de una férrea estructura compositiva de página donde la acción y la puesta en escena se basa en unos diálogos sencillamente perfectos.
El género negro en los EEUU vuelve a vivir un momento dorado, y el culpable se llama David Lapham. (4)

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