Lecturas saloneras (XXXI). Valerian 2

Decía yo hace poco que se había olvidado en estos tiempos que corren que es posible el maridaje entre calidad y entretenimiento. Hoy parece que el entretenimiento se produce en un laboratorio de química, mezclando con balanzas de precisión y pipetas milimetradas los componentes adecuados, en el orden necesario y en cantidades exactas. Unos pocos gramos de sexo, un mililitro de provocación, 2 gotitas de incorrección política, c.s.p. de violencia gratuita… todo mezcladito (que no agitado) durante el tiempo suficiente produce la obra que entretendrá al público sin que éste rechiste o ponga alguna objeción. Pero lo malo de la química es que, al final, todo sabe a lo mismo, y uno comienza a añorar esas comidas un poco más saladas, o más sosas, o que se han pasado con el vinagre o que ha incorporado una nueva especia para probar.
Pero afortunadamente, siempre hay autores emperrados en demostrar que entretenimiento y calidad no son antónimos, sino dos conceptos que no sólo pueden ir de la mano, sino que deberían ir siempre unidos.
Todo esto viene a razón de los tres álbumes incluidos en el segundo recopilatorio de Valerian que editó Norma para el Salón. Tres historias que son, ante todo, tres relatos para entretener y divertir al lector, pero que tienen además la capacidad de dejar ese poso de reflexión que de forma casi inconsciente sigue ahí, dando vueltas y vueltas, pero forjando ideas y favoreciendo esa costumbre cada vez más en desuso de pensar. Y, sobre todo, sin repetirse ni tratar siempre el mismo tema, sino con tres ideas completamente distintas.
Así, Bienvenidos a Alflolol es una divertida parodia que toma de partida la reivindicación por los indígenas de las tierras colonizadas para plantear una paradójica situación donde el enfrentamiento más doloroso para el colonizador viene de la fiesta y la celebración pacífica. Christin y Mezieres consiguen un relato divertido en el que las incongruencias de la locura colonizadora que destruye la naturaleza y echa a los indígenas de sus tierras son puestas en evidencia a través de un socarrón humor en el que s mueven como pez en el agua.
Por su parte, Los pájaros del amo es una brillantísima disertación sobre la docilidad del ser humano y su capacidad inusitada para aceptar la servidumbre, una parábola de cómo los sistemas totalitarios consiguen controlar a los pueblos, pero también un aviso hacia el borreguismo de éstos y la facilidad con la que los oprimidos se pueden llegar a convertir en sus mejores opresores.
Y por último, Los Héroes del Equinoccio es otra divertida y socarrona historia en la que el concepto de héroe es puesto en cuestión, con una genial perversión del camino mitológico del héroe, de esas pruebas puestas para conseguir llegar a la perfección sobrehumana, que se convierten, gracias a la pluma de Christin, en una ácida crítica a esos héroes tan alejados de la humanidad. Y ojito, que en alguna ocasión he leído que esta historia era una crítica de los superhéroes americanos y no puedo estar más en desacuerdo: es un ataque feroz contra el concepto en sí mismo de héroe clásico, todos sin excepción. Desde el de las leyendas y mitologías clásicas griega y romana hasta las más modernas que encarnan en el siglo XX los superhéroes, pero sin centrarse especialmente en ninguna de ellas.
Todo aliñado con la genialidad de Mezieres a los lápices, que logra en algunos momentos una narrativa magistral, como en la cuatro narraciones paralelas de Los Héroes del Equinoccio o los vibrantes contrastes entre lo vivido por Laureline y Valerian en Alflolol. Un tebeo delicioso, entretenido, divertido y, además, excelente (4+).

Lecturas saloneras (XXX). El final de la guerra. Reseñas biográficas de Bosnia, 1995-96

No es el primero que lo hizo, pero hay que reconocerle a Joe Sacco el honor de haber sido el que mejor ha definido lo que podríamos denominar la historieta periodística. Un género que aplica los recursos de la historieta al periodismo de investigación, logrando un resultado brillante, que le permite ir un paso más allá de las crónicas al uso que estamos acostumbrados a leer en periódicos o ver en la televisión. Mientras que las primeras suelen optar por una descarnada objetividad, levemente matizada por opinión, la segunda juega con la demoledora fuerza de la realidad, imposible de rebatir, pero Sacco consigue que los recursos de la historieta, la narrativa gráfica, nos acerque un resultado triple, si se me permite: une la crónica periodística escrita con la fuerza de la imagen, pero sabe aportar a través de la secuencia un elemento reflexivo que no existe en los otros medios. Es una combinación compleja y difícil, que navega en el un delgado y cortante filo de navaja que usa la imagen tanto para mostrar la realidad como para interpretarla.
Y un excelente ejemplo de esta capacidad son las dos historias incluidas en El final de la guerra. Reseñas biográficas de Bosnia, 1995-96 , recientemente editado por Planeta DeAgostini. En el primero, Sacco retrata los horrores de la guerra de forma indirecta, acercándose a la vida tras la guerra de Soba, una artista que fue movilizado y alcanzó después cierta fama en los medios como el “artista guerrero”. Sacco disecciona con movimientos perfectos esa extraña paradoja que supone que la paz arrebate a una persona la única forma de vida que conoce, la de la guerra. Su escalpelo va recortando con precisión el vacío que queda en Soba, cómo su vida y la de los que le rodean ha quedado sin contenido, vacía ante una cotidianeidad que parecía nunca volvería. Sacco actúa de testigo de piedra, apenas presente en algunas viñetas, contando la historia desde un alejamiento sentimental que provoca una frialdad a la lectura espeluznante, retratando perfectamente a ese fantasma invisible de la guerra que queda marcado a fuego en el pueblo que la ha sufrido.
En la segunda historia, más mundana si se me permite la expresión, Sacco deja a las víctimas para centrarse en los periodistas, contando las bambalinas y entresijos de cómo se consiguió una entrevista en exclusiva con Radovan Karadzic, el terrible carnicero que promovió algunas de las más cruentas masacres de Sarajevo. Sin llegar a la potencia emocional de la anterior historia, Sacco consigue retratar la labor del reportero despojándola de ese hálito de héroe del s XXI que parece acompañar al periodista de guerra, humanizándolo y mostrando ese aspecto del que pocos hablan: ellos no son las víctimas, son simples notarios de una desgracia que ni siquiera les atañe, que desaparecerá en cuanto vuelvan a sus acogedores hogares.
Una obra excelente, de una calidad extraordinaria, que demuestra la gran capacidad de la historieta como medio de comunicación (3+).

Avance de Ponent Mon

Ponent Mon está que se sale y anuncia tres interesantes novedades para después del verano. A la ya conocida Shissou Nikki, de Hideo Azuma, hay que sumar dos interesantes ediciones de autores europeos: Chute de Vélo de Etienne Davodeau y Les complots nocturnes, de David B. El primero, un excelente relato sobre la degradación familiar, en la línea de crónica social de Davodeau, que recibió en 2005 el Premio de las librerías especializadas Canal BD y del que podéis ver un par de páginas aquí. El segundo, una paso adelante en esa línea de exploración de lo onírico por la que David B siempre ha transitado, reflejando el proceso de maduración personal a través de 19 sueños que el autor tuvo entre 1979 y 2005. Dos álbumes que provienen, además, de dos colecciones de una calidad intachable: Aire Libre de Dupuis y el renacimiento de Futuropolis, que pese a las críticas de Menu, hay que reconocer que está acertando con excelentes obras.

Lecturas saloneras (XIX). O de lo que tira más que dos carretas

Está claro, a Frank Cho lo que más le gusta en esta vida es dibujar mujeres y dinosaurios. Una querencia que habría que estudiar, porque resulta curioso que los más fieles seguidores e ilustres alumnos del estilo de Frank Frazzetta tengan esta coincidencia de gustos, pero que dejo para otro momento e incluso para gentes más duchas que yo en estas cosas.
El caso es que, volviendo a los gustos del amigo Cho, el pobre debía estar un poco traumatizado, porque supongo que cualquier intento de combinar ambos placeres en una única historieta chocaría siempre con la omnipresencia del Xenozoic Tales de Schultz, el otro alumno, en una comparación a la que cualquier persona con dos dedos de frente preferiría no entrar.
Así que, supongo, cuando los chicos de Marvel le propusieron al creador de Liberty Meadows hacer una nueva versión de un clásico como Shanna la diablesa, se le harían los ojos chiribitas (o el culo pepsi-cola, según lo escatológico que uno prefiera ser).
Y a partir de ahí, el resto importa menos.
Porque el guión en este caso es, como se esperaba, inexistente, una simple anécdota argumental extendida hasta el infinito tomándola prestada del Aliens de Cameron, cambiando, eso sí, a la Weaver por la contundencia curval de Shanna y a los repugnantes aliens por los no menos repulsivos velocirraptores en versión Spielberg.
Leyendo el lujoso volumen que publica Panini, está claro que Cho se lo ha pasado pipa, desarrollando la inexistente trama con la habilidad necesaria para poder realizar un extensísimo catálogo de posturas y poses de la bien dotada señorita, otro de dinosaurios varios y un castillo de fuegos artificiales cuando ambos se encuentran.
Añádanse, con mesura, algunas gotitas del tradicional humor preadolescente de teta-culo de este autor y tendremos un tebeo que, pese a su extensión, se lee en un suspiro, contagiando el disfrute del dibujante al lector y dejando unos minutillos de divertida lectura. Queda en el criterio del lector si esos minutillos son suficientes para justificar la compra de la lujosa edición de Panini, pero hay que reconocer que siempre queda la opción de tomarlo como un excelente libro de ilustraciones, con algunas planchas soberbias. (1)
Eso sí, no salen tetas. Pero ni falta que hace, oigan. Aunque si la cosa es muy necesaria, aquí tienen tetas y culos.