(Continuará). Fascículo 1

Recuerdo yo que la vuelta al colegio significaba, además del trauma propio de la situación, la invasión de la intimidad familiar con todo tipo de anuncios de fascículos. Era época aquella en la que comprar semanalmente una colección de fascículos era una obligación familiar ineludible en la que toda la familia tenía algo que decir. Ya fuese la colección de labores del hogar para la sufrida ama de casa, la de grandes batallas para el guerrero de la casa o la obligatoria enciclopedia (que incluía la terrible decisión de elegir entre la Larousse o la Salvat, que venía a ser para la época como el enfrentamiento entre PC y Mac), toda familia que se preciara se embarcaba en la inacabable tarea de comprar cada semana una colección de fascículos. Doscientas, trescientas, hasta cuatrocientas entregas tardaba uno en poder saber qué coño era una zarigüeya, que la Z siempre ha quedado pelín relegada en estas cosas, pero eso sí, con una descarga de placer orgásmica cuando uno recibía encuadernado el último volumen de la interminable tarea.
Era una costumbre colectiva, una proyección del coleccionismo compulsivo, en la que uno deseaba entrar cual rito de paso, esperando tener la edad suficiente para poder tener su propio fascículo (servidor pasó esa prueba con la enciclopedia temática infantil Saber Más, que todavía anda por casa) y ser parte del ciclo semanal que vivía nuestra sociedad.
Digo esto, porque en esas época, hace ya tres décadas de esto, el mundo se movía en un régimen semanal: las series de TV se emitían semanalmente, para que se pudiera discutir con tranquilidad las desgracias del pobre Kunta Kinte o los tremendismos de Poldark, igual que las revistas del corazón eran semanales para que las señoras pudieran debatir la vida de las famosas en su cita en la peluquería.
Pero la sociedad se fue acelerando y las cosas cambiando. Poco a poco la gente empezó a impacientarse, la Z adquiría sus derechos y no podía esperar cuatrocientas semanas, así que los fascículos dieron paso a los tomos. “Están locos”, decía mi padre, “¿quién comprará un tomo cada quince días, con lo caros que son?”. Pues todos, porque la cosa funcionó y poco a poco los fascículos fueron desapareciendo en beneficio de los tomos, que las prisas se contagiaban y la gente no quería esperar, las series dejaban de emitirse en una semana y se emitían diariamente concentradas, o dos capítulos seguidos e inimaginables perversiones más.
Paradójicamente, con el tiempo se ha vuelto a los fascículos, pero esta vez debido a la imperante costumbre de relegar la lectura a un comportamiento atávico, convirtiéndolos en acompañamiento inútil de las colecciones de todo tipo de figuritas. Zapatitos, bomberos, soldaditos, casitas, coches, piedras, joyas, perfumes… ya sólo faltan condoncitos para certificar la transformación del quiosco en una especie de supermercado en miniatura con una amplia sección de deuvedés, habida cuenta del éxito del formato.
Una historia resumida del coleccionismo en el que, como ustedes ven, no hay tebeos. Curioso, porque por mucho que intento recordar, sólo consigo visualizar una colección de El Quijote con fondos fotográficos, la Biblia contada a los niños y más recientemente los tomos de Asterix y Tintin en inglés. Claro que tiene su lógica, porque los tebeos ya eran semanales en aquellas épocas iniciales de las que hablaba antes. Esperábamos que nuestros padres nos comprasen nuestra ración de Mortadelo y demás (porque sí, los tebeos los compraban los padres, lo de la paga semanal a la americana todavía tenía que llegar) y sí teníamos suerte y un vecino con pasta, podíamos gorronearle las carísimas Joyas Literarias Juveniles a todo color.
Pero, fíjate tú, la evolución de los coleccionables fasciculares y la de los tebeos ha sido completamente distinta, porque cuando lo de los tomos estaba superado (ya sabéis, los condoncitos de colección) va y resulta que los tebeos descubren América y comienzan a salir en forma de tomo (tomito, que no hay que exagerar) en los quioscos. Eso sí, sin publicidad y sin decirlo a nadie, no vaya a ser que alguien se entere, se vendan y tengamos un problema.
Digo yo, que hay un problema de sincronía entre el mundo y las editoriales de tebeos, pero eso, lo analizaré mañana…
(Continuará)

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