Lecturas. Lost Girls

Principios de siglo XX, un hotel de lujo es el escenario del encuentro casual entre tres mujeres Dorothy, Wendy y Alice. Tres mujeres que esconden un secreto: sus vidas cambiaron durante la infancia por sucesos extraordinarios.
Un punto de partida sugestivo de por sí, pero que en manos de Alan Moore se convierte en una fascinante aproximación a la sexualidad más descarnada. Desde el sexo como elemento decisivo en el proceso de maduración a su papel en las relaciones humanas, Lost Girls es un recorrido cautivador por el ser humano, que permite al lector transitar desde una lectura en la que el sexo es tratado con alegría festiva, espontánea y pornográfica, hasta profundos niveles de reflexión sobre la mente humana. Es una obra caleidoscópica, en la que se hacen transiciones por la literatura, por la pintura, la ilustración, mostrando cómo el sexo se ha ido representando y juzgando. Referencias que se pueden encontrar en casi todas las viñetas de la obra, en las que Melinda Gebbie ha tenido que esforzar su técnica hasta el límite para poder llevar al papel las exigencias de una obra donde, de nuevo, los recursos narrativos son llevados a un extremo espectacular.
Moore vuelve a ser el transgresor de la narrativa gráfica, volviendo a jugar con la composición, ritmo y cadencias como hacía tiempo que no la hacía, entroncando directamente con Promethea, una obra que comparte con ésta inquietudes estéticas y argumentales. Sólo ya el primer capítulo es un ejemplo de hasta dónde es capaz de llegar este hombre, con una introducción contada sólo desde el reflejo de un espejo, una pirueta narrativa que tiene además una intención clara, introduciendo al lector en la narración a sabiendas de que va a ver sólo reflejos, sólo invenciones. El espejo se transforma en una extraña caverna de Platón, donde la ficción, el relato imaginado se transforma en real.
Un inicio que da pie a un trayecto en el que las obras de L. Frank Baum, James Barrie y Lewis Carroll son reescritas en términos mundanos, interpretando la magia como ritos de paso en el camino de la maduración del ser humano. Moore conoce bien la interpretación freudiana de los cuentos infantiles, pero consigue hacer lo imposible, reenunciando el mito, hacerlo real pero transfigurarlo de nuevo hacia lo mágico y sobrenatural. Lo que se ocultaba bajo el peso de metáforas y eufemismos es elevado por Moore a la categoría de leyenda en sí mismo, el sexo deja de lado su aspecto oscuro y pecaminoso para alzarse como una celebración de la humanidad.
Es impresionante como cada capítulo juega con la composición, con la puesta en escena, retomando la obsesión palindrómica de Watchmen en algunos momentos, pero también dotando a la obra de estilos gráficos que van cambiando desde el cuento infantil decimonónico a la ilustración y pintura erótica de autores como Beardsley, Klimt o Ingres pero navegando también por diferentes estilos literarios, entre los que sobresale especialmente la influencia de Pierre Louïs. En Lost Girls hay mucho del atrevimiento y descaro del escritor francés, con referencias explícitas a algunos de sus poemas y obras, llevando a la imagen y diálogos mucha de la filosofía de este autor, tachado como aberrante y amoral en su época.
De nuevo, Moore demuestra que no hay género menor, sino autores sin ideas, demostrando que la pornografía es tan válida para transmitir un mensaje como cualquier otro género. Una apuesta muy atrevida, más sabiendo (y es evidente que hay ganas de provocar) que se edita en un país de puritanismo galopante, donde en muchos estados la edición estará directamente prohibida.
Pero no hay que olvidar la labor de Melinda Gebbie. Pese a que no sea una autora que me entusiasme especialmente (me hubiera encantado ver qué versión hubiese hecho de esta obra Laura o Annie Goetzinger), hay que reconocer que Moore se acopla como un guante a sus posibilidades y que ella da un do de pecho espectacular, con cambios constantes de estilo y un trabajo titánico ante la demanda de su guionista.
Lo mejor que he leído de Moore tras Promethea, que publicará Sulaco en España el año que viene, según se comentaba en el post anetrior. Una obra excitante…en todos los sentidos. (4+)
Enlaces:
Avance de la obra en Top Shelf

Vuelve El Pequeño Spirou

Pues nada, que como ya lo han dicho los de Atom, ya se puede decir: la recien nacida ediciones KRAKEN debutará nada más y nada menos que con El Pequeño Spirou de Tome y Janry, una excecpional serie a la que seguirán otras obras europeas, como Las olivas negras, de Guibert y Sfar o títulos de Larcenet y una selección del catálogo de 2000AD, que comenzará con la edición completa del DR & Quinch de Alan Moore (incluyendo los episodios de Delano y Davis) y una colección dedicada al Juez Dredd.
Una apuesta importante y jugosa, desde luego.

“El prodigioso cómic del 11-S”

Así títula EL PAÍS el artículo que abre la sección de cultura de hoy: El prodigioso cómic del 11-S. A toda página y en color, Javier del Pino hace un largo repaso a la versión en historieta de El informe 11-S, de Sid Jacobson y Ernie Colón. Un ejemplo más de la cada vez más normal presencia del cómic en los medios, aunque la redacción del artículo traicione al periodista con expresiones como “en un medio que no se caracteriza por la solemnidad” o “un formato tan desenfadado como el cómic no parece el más adecuado”, que reflejan claramente los prejuicios que se tienen ante la historieta como medio “serio”. Sin embargo, resulta divertido ver como el periodista va sorprendiéndose con las capacidades narrativas del medio, casi como quien lo descubre por primera vez.
Es verdad que la noticia nace al amparo del quinto aniversario de la masacre del 11-S, que monopolizará los periódicos (y televisiones, radios, etc) durante unos días, pero es significativo que las páginas de Cultura de un periódico se abran con la noticia de un tebeo con la misma naturalidad que lo podría haber hecho una película (por cierto, impresionante, hablando de este mismo tema, United 93, de Greengrass).