Lecturas. Los pitufos negros

No se puede negar que los pitufos son unos personajes entrañables (o mejor, els barrufets, que es como servidor siempre los ha conocido). Peyo logró crear una de esas series que traspasan el papel para asentarse cómodamente en el imaginario de generaciones y generaciones. Los pequeños elfos azulones eclipsaron pronto a la serie en la que aparecieron por primera vez, la excelente Johan y Pirluit (una de las mejores series del tebeo franco belga) y comenzaron un camino de éxito que los ha llevado a protagonizar miles y miles de objetos de mercadotecnia.
Planeta recupera ahora el origen de todo el fenómeno publicando cronológicamente la serie de los Pitufos (lástima que no se haya comenzando por Johan y Pirluit, que hubiese sido incluso más correcto), comenzando por el que es uno de los mejores álbumes de la serie: Los Pitufos Negros.
A lo largo de las cuatro décadas de existencia de los personajes, la creación de Peyo ha sido analizada desde perspectivas tan diferentes como increíbles, definiéndola como una apología del comunismo, del fascismo o de los diferentes tipos de ”ismos” políticos que se quieran considerar. Recuerdo haber leído interpretaciones xenófobas de este álbum inicial, pero también otras que calificaban a los Pitufos Negros como una representación fidedigna de la “peligrosa rabia contagiosa del capitalismo”.
Personalmente, creo que la intención de Peyo al crear los pitufos fue precisamente continuar la tradición del cuento moral para niños. Buen conocedor y amante de los cuentos y leyendas de hadas, elfos y demás personajes de la tradición oral, Peyo logró reinterpretarlas y actualizarlas, creando vehículos perfectos para la transmisión de enseñanzas morales, al estilo de los mejores cuentos. La cerrada sociedad de los pequeños pitufos es un perfecto reflejo de la sociedad real, y sus aventuras son didácticas para el niño, que las absorbe como una esponja mientras se ríe con ellas. Por ejemplo, en Los Pitufos Negros no es difícil ver toda una lección sobre la violencia y el odio, que se propaga a velocidad de la luz sin atender a razones. Una interpretación mucho más sencilla (¡Ayyyy! ¡La navaja de Occam siempre presente!) y que me parece mucho más coherente con el resto de los álbumes de la serie. Es verdad que Peyo dejó siempre pequeños mensajes más dirigidos al público adulto, pero siempre bajo la filosofía de historias que puedan leer “niños de 9 a 99 años”, transmitiendo unos valores universales y eternos, con pequeños toques del humanismo progresista que se respiraba en los 60.
Pero sobre todo, es una de esas series que se disfruta siempre con una sonrisa en la boca, apelando a mecanismos de humor tradicionales, pero siempre efectivos. Sin estridencias gráficas, pero con un sentido espléndido de la síntesis y eficacia narrativa, Peyo consiguió que los 16 álbumes que firmó (a las que habría que añadir las cuatro intervenciones en la serie de Johan y Pirluit) conformen una de esas series inolvidables, que por desgracia fue exprimida después por sus hijos en un intento de seguir estrujando la gallina de los huevos de oro bastante vana. Una obra maestra del tebeo infantil y juvenil.
La edición de Planeta es correcta, con una buena reproducción y algunas opciones discutibles en la traducción (como usar el televisivo Papá Pitufo), pero que no empañan el disfrute de la lectura. Por cierto, que no estaría de más que Planeta se plantease otras series de Peyo, como Johan y Pirluit o la genial Benoit Brisefer (Valentín Acero/Benet Tallaferro).

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