Lecturas. Inverosímil

Terrible lo que ha hecho La Cúpula, oigan. Espantoso, atroz, inhumano, cruel… busquen ustedes los adjetivos que quieran porque lo que ha hecho esta editorial va a traer cola y va a ocasionar muchos problemas a muchos aficionados.
Han comenzado a publicar a Jeffrey Brown.
Y es malo, sí, porque es uno de los autores más adictivos que servidor recuerda en muchísimo tiempo.
Apadrinado nada más y nada menos que por Chris Ware, debutó con una novela gráfica excelente, Clumsy, en la que Brown hablaba de su vida y de sus relaciones personales con una honestidad que desarmaba desde la primera página, demostrando una elegancia natural para la narración que prolongó en dos obras más, AEIOU or Any easy intimacy y la que ahora publica La Cúpula, Inverosímil. Trabajos que conformaban una especie de trilogía sobre las novias de Brown, en la que demostraba una progresión acelerada en su capacidad narrativa, que en Inverosímil alcanza su más alta cota. Pero, además, es un autor que ha demostrado un inteligente sentido del humor, que sabe reírse de sí mismo (por ejemplo con Be a Man, una parodia divertidísima de Clumsy o con el curioso Conversations junto a James Kochalka) o crear un superhéroe tan atípico como Bighead.
Inverosímil, la obra que ahora publica La Cúpula, cuenta una historia sencilla: chico conoce chica, chico se enamora de chica, chica se enamora de chico… y nace el amor. El argumento más repetido de la humanidad, que Brown sabe contar de una manera distinta y atractiva, con sensibilidad y una inocencia desarmadora pero, sobre todo, con una sinceridad que desde la primera página se contagia. Esa sinceridad que se palpa porque es imposible no verse reflejado en algunos momentos, porque la relación de Jeffrey con Allisyn es una especie de ejemplo universal, que tiene un poco de todos los amores que en el mundo han sido. El amor platónico inicial, los celos, el temor a ser rechazado, las palpitaciones cuando ella está cerca, las largas conversaciones telefónicas, la primera cita, el primer beso… son pasos obligatorios que Brown comparte con el lector y que enganchan desde el principio gracias al excelente ritmo que impone a la narración. Su dibujo apenas abocetado, rápido, y aparentemente descuidado esconde una puesta en escena perfecta y una habilidad para los diálogos más propia de un autor ya consolidado. Sabe dosificar los silencios y marcar un ritmo excelente a la narración, que repercute en que la lectura sea fluida y todavía más adictiva para el lector.
Un excelente álbum, pero ojito, que engancha. (3)

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