Lecturas. El Rompenieves

Publicado originalmente en España en la revista TOTEM como El Transglacial hace ya 20 años, Bang! tiene el acierto de recuperar esta obra clásica de la BD francesa, El rompenieves, la última que firmó el gran genio de Lob, uno de los más grandes guionistas que ha dado ese país. Una obra que se puede considerar como uno de los mejores exponentes del movimiento que se dio en la historieta francesa en la década de los 70 y que usaba el género de ciencia-ficción como vehículo de denuncia social. Mientras que otros autores como Caza o Druillet jugaron con simbolismos más barrocos, Lob construyó una historia modélica, en la que los últimos supervivientes de la raza humana se encuentran a bordo de un gigantesco tren en marcha continua. El viaje desde los vagones de cola, donde se amontonan las clases más bajas hasta los elitistas vagones de cabeza representa todo un trayecto por las mayores miserias del ser humano. A modo de descenso de Dante a los infiernos, cada vagón supone una etapa en la que se representan las tropelías que el ser humano suele realizar a sus congéneres, profundizando cada vez más en las absurdas excusas que intentan justificar estos comportamientos. Con un extraordinario Rochette a los lápices, capaz de transmitir una sensación de opresión continuada y de atmósfera enrarecida, Lob consigue representar en ese tren sin rumbo aparente a toda la especie humana en un ejercicio de síntesis y de metáfora impecable, al que sólo se le puede poner como pega las obligadas concesiones a las costumbres narrativas y formas de la época (ese obligado romance impostado, por ejemplo) que, conjuntamente con un tratamiento ideológico propio de los 70, pueden poner pegas en una lectura actual. Pese a que este envejecimiento en los planteamientos argumentales es indudable, la obra sigue poseyendo suficiente fuerza y potencia simbólica como para recomendar efusivamente su lectura.
Lástima que la edición de Bang!, muy cuidada en la calidad de encuadernación (que alguien me diga qué tipo de glasofonado se le ha hecho a la portada, de un tacto extrañísimo) y de papel, se vea empañada por dos errores: por un lado, la elección de una letra mecánica para la rotulación (una helvética), cuando el original es de rotulación manual y, por otro, el constante moiré en las tramas mecánicas de gris debido a la reducción del tamaño del original, un defecto que se puede evitar con mucha facilidad. No impiden su lectura, pero son errores incomprensibles en una editorial que siempre se ha destacado por su buena calida de edición. (3)

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