Lecturas. La tetería del oso malayo

Estoy seguro de que si a David Rubín se le hiere, su sangre vertida dibujará el contorno de una viñeta, líneas cinéticas y bocadillos. Porque la única explicación para lo de este hombre es que lleva la historieta en las venas, que corre por ellas con una fuerza violenta e incontenible. Buen ejemplo son las historias incluidas en La tetería del Oso Malayo, en la que se recopilan colaboraciones para la revista Dos Veces Breve (y aprovechando, ojito al editor breve, que nos tarera buenas nuevas muy pronto) e historietas inéditas como la extensa “Cosas que terminan por romperse“. Rubín ha redibujado y adaptado las historias para darle una coherencia al álbum. Una labor que, en mi opinión, no hubiese sido necesaria, habida cuenta de que existe una línea identificativa de toda la obra de este autor, desde sus historias más sencillas hasta las más largas, que se podría resumir en un concepto paradójico: la tristeza rabiosa. Todas las historias de David Rubín están contagiadas de una triste melancolía que empapa cada página. Sus personajes tiene siempre una mirada lejana y perdida, que parecen recordar momentos de antigua felicidad. Una tristeza que contrasta vivamente con la fuerza de su trazo, generando un sentimiento de extrañeza, en la que la melancolía se torna violenta y caótica, que empuja al lector, lo coge por los hombros y le grita su tristeza. Mientras que otros autores sacuden al lector con la alegría y felicidad, Rubín lo hace con su desconsuelo, en una carrera desenfrenada en la que le seguimos casi sin aliento, sabiendo que al final nos romperá el corazón y no podremos hacer nada más que ver cómo su angustia explota con ira en un arrebato de furia.
Aún la historia más apacible es en manos de este autor una fuerza incontenible, que nos quita el aliento y nos deja exhaustos. Me atrevería decir que las páginas pasan solas, que el álbum toma vida propia y nos agarra de las manos para que sigamos leyendo.
Tras leer las historias de esta tetería, sólo puedo pedir una cosa: más.
Eso sí, tirón de orejas a Astiberri, ya que en la reproducción de las tramas mecánicas se puede ver un molesto moiré en algunas de las páginas. Muy poco perceptible en muchas de ellas (bueno, yo lo veo y sí, lo sé, soy un tiquismiquis), pero en otras excesivamente molesto (verbigracia, pag 140). Una verdadera lástima, porque la edición esta muy cuidada, como es costumbre de esta editorial. (3)
Enlaces
– No os perdáis el weblog de David Rubín

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