Rascayú

Muerte. Yuyu, mal fario y a tocar madera se ha dicho. Curiosa la profunda diferencia que se da entre las culturas orientales y las occidentales al mentar la palabreja ésta que nos recuerda que todos llevamos una fecha de caducidad cual yogur pasteurizado. Por estos lares, su simple mención obliga a la circunspección y a ponerse serios, y ni se le ocurra hacer bromas sobre el respecto, que la muerte es una cosa muy seria. Y en los tebeos, más, que ya se sabe que son productos infantiloides y un tema tan serio ni catarlo oigan. Y si lo catan, con la mayor de las gravedades e imposturas, para que no se diga. Fíjense ustedes sino en el género superheroico: verdad es que allí los muertos como que no lo están nunca del todo, pero los óbitos son acontecimientos que hay que reverenciar con respeto y genuflexión para que el mundo sepa que ya somos mayores de edad y responsables.
Sin embargo, en las culturas orientales la muerte está completamente asumida como una parte más de la vida. Budismo, taoismo, sintoismo y demás ismos que se practican por esas latitudes tratan la muerte con una cotidianeidad que aquí nos espanta. Ejemplo de ello es la gran cantidad de mangas que hablan de muertos con la naturalidad que aquí se habla de futbolistas brasileños. Superventas como Bleach o Death Note tratan con absoluta naturalidad de shinigamis y muertes variadas, ya sea desde el desenfado de la primera o la versión thriller de la segunda, sin que por ello se vean obligadas a ser más oscuras y tétricas. Supongo que, por todo lo expuesto, sólo en el manga es posible encontrar obras como Kurosagi, servicio de entrega de cadáveres o Ikigami.
En la primera, editada por Glénat, Eiji Otzuka y Hösui Yamazaki plantean una extraña empresa dedicada a resolver las últimas voluntades que los muertos expresan…después de muertos. Un tebeo que podría calificarse de comedia negra de temática paranormal, pero que plantea oportunas reflexiones sobre la consideración de la muerte y sobre las relaciones sociales que genera. En general, las dos primeras entregas mantienen un tono muy entretenido de episodios autoconclusivos (los diferentes “encargos” de los fallecidos), pero en la segunda hay que destacar la interesante vuelta de tuerca que se da al concepto de venganza. Puede parecer delirante, pero en apenas unas páginas asistimos a un kafkiano debate sobre las implicaciones éticas de la mercantilización de la venganza que no deja de tener un punto apasionante.
Por su parte, Ikigami, comunicado de muerte (Panini), opta por un tono más serio y reflexivo, planteando una sociedad futura donde el estado ha decidido que la mejor forma de sostener el bienestar social es un control de población basado en la muerte al azar de determinadas personas al llegar a su madurez.24 horas antes de su fallecimiento, los elegidos son avisados por funcionarios estatales que reparten los ikigamis, los lúgubres comunicados que anticipan su final. A medio camino entre La fuga de Logan y La muerte en directo, Motorï Mase analiza la reacción del individuo que es consciente de su final, pero sin dejar de lado el aspecto más interesante: el de una sociedad que es capaz de la inmolación de sus miembros por “el sostenimiento de la prosperidad”. Pese a que Mase cae en muchos momentos en la sensiblería más tópica y predecible (como en el episodio protagonizado por el joven músico en el primer volumen), hay que reconocer que las ideas que va dejando y el debate interno que provoca en el lector son sumamente sugerentes y atractivos. La lucha entre los derechos del individuo frente a los del colectivo, la pérdida de la identidad y de la propia elección como arancel de la sociedad del bienestar son hábilmente diseminadas a lo largo de la obra por el autor.
Dos tebeos muy interesantes y que no dejan indiferente al lector. Se recomienda de música de fondo el Rascayú de Bonet de San Pedro y los Siete de Palama.

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