Chapeau, Sr. Navarro, Chapeau

Menudo país éste. Seguro que es fácil encontrar un buen grupo de aficionados al tebeo que en un plis-plas monten una sesuda tertulia tebeística, capaz de discutir con honduras sobre las características formales que definen la historieta y teorizar sobre si los orígenes del medio hay que colocarlos en el Tapiz de Bayeaux, en las obras de Rodolphe Tpfer, en el Max und Moritz de Willem Busch o en el Yellow Kid de Oucault. Y oigan, que el despliegue de sabiduría y conocimientos puede ser aplastante. Pero,¡ay! ¿qué pasaría si a esa misma tertulia les preguntásemos por Apeles Mestres, Mecachis, Xaudaró o Atiza? Pues que, con casi toda probabilidad se nos quedarían mirando embobados sin saber muy bien si estábamos haciendo un recopilatorio de divertidas onomatopeyas o, peor, si nos habíamos equivocado de tertulia.
Y es que, por desgracia, los orígenes del tebeo español son ilustres desconocidos. Ya no es sólo que los lectores actuales desconozcan por completo a los clásicos de nuestro tebeo (lo que, por desgracia, sólo haría que homogeneizar conocimientos respecto al resto de formas culturales), es que ni siquiera los realmente interesados pueden acceder a ellos. Es más quitando honrosas excepciones, como los libros de Antonio Martín sobre historia de la historieta, no existen textos que reverencien de una u otra manera a aquellos que comenzaron a dar forma a la historieta en nuestro país. Nombres como los citados se quedan en un forzado y terrible olvido que incluye a los Rojas, Junceda, Méndez Álvarez, Robledano, Cilla y, prácticamente, todos los autores españoles hasta bien entrados los 60.
Reivindicar y recuperar a estos autores es una labor obligada, necesaria como primer paso de dignificación de un medio que no sólo se debe reconocer como arte y cultura, sino como heredero de una tradición de autores espléndidos. Ahora que la presencia del tebeo en prensa y medios se normaliza, que los tebeos comienzan a salir de ese ghetto en el que se encontraban, haríamos un flaco favor al medio pensando que la realidad que vivimos es la única referencia. El tebeo no es sólo el montón de novedades que se publicaron la semana pasada. Es una rica y prolija historia de autores, de personajes, de publicaciones, que es obligatorio conocer como parte de nuestro bagaje cultural y artístico, como indisoluble porción de la historia del arte.
Y eso pasa, obligadamente, por la recuperación de nuestros clásicos. Es verdad que, en un momento todavía incipiente de rehabiliticación, con demasiadas dudas todavía sobre el futuro del tebeo, hacer esta proclama puede sonar a excesiva, pero es precisamente en este momento donde no hay que permitir que se olvide la historia de nuestro tebeo. Ya sea por instituciones públicas o empresas privadas, hay que luchar por que los clásicos de la historieta española vean la luz.

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En esa línea, me parece simplemente admirable lo que está haciendo Joan Navarro desde Glénat. Su línea de Patrimonio de la Historieta es un ejemplo a seguir y la reciente publicación de los Cuentos Vivos de Apeles Mestres, todo un acontecimiento cultural. En el 110 aniversario de su primera edición recopilatoria, disfrutar de la obra de Apeles Mestres es tener una ventana abierta a un momento donde la historieta comenzaba a dar sus pasos, es una ocasión única para entender qué es la historieta y cómo se formó. Las tres historias que conforman el libro son perfectos ejemplos de un medio plástico y cambiante, en evolución permanente, tomando las influencias de Tpfer, Busch y Caran DAche para asimilarlas, absorbiéndolas e introduciéndolas en un estilo propio y definido. El elegante y expresivo trazo de Mestres es símbolo de una época e influencia decisiva en autores posteriores tan importantes como Xaudaró, Junceda u Opisso.
La cuidada y exquisita edición que ha hecho Glénat de esta obra es todo un homenaje a la historieta que merece ser desatacado y alabado. Una obra que se sabe de antemano minoritaria y, a todas luces, antieconómica, pero que permite tener testimonio de la historia del tebeo en esta país y de la excelencia de autores que deben pasar a la Historia del Arte, con mayúsculas.
Chapeau, Sr. Navarro, Chapeau.

Enlaces
Prólogo de Antonio Martín a la edición.
Página de la presente edición:
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