El Rajoy de Enric Sopena

Tenía yo curiosidad por leer las versiones españolas de La cara oculta de Sarkozyque edita Grup 62, dedicadas, en decisión salomónica, tanto a Zapatero como a Rajoy. La primera escrita por César Vidal y la segunda por Enric Sopena. Como hay que comenzar la lectura por alguna de las dos, aplico la coherencia ideológica y comienzo por leer La Esppaña de Rajoy, por aquello de que supuestamente está dirigido a los lectores de izquierdas para poner en solfa la figura del líder popular. Una razón que en mi caso se puede aplicar, pero a la que añado dos de cosecha propia, a saber, que el Sr. César Vidal me produce una molestia alergia y mi filia por el dibujante David Ramírez.
Zanjada la elección de la primera de las lecturas.
Ahora bien, una vez leído…¿Cómo enfocar el juicio que me merecen? Las especiales características de los libros hacen necesarias, a mi entender, dos reflexiones.
esppana.jpgLa primera, digamos sociológica, sobre la evidente necesidad de este tipo de iniciativas. Que la historieta adquiera entidad suficiente como para ser elegida como medio de debate en unas elecciones generales es una prueba más de hasta qué punto ha sobrepasado largamente el tratamiento peyorativo de otras épocas. Pese al lamentable prólogo de Enric Sopena, en el que poco más o menos intenta justificar el uso de la historieta en términos de quien cree que se ha degradado, lo cierto es que este tebeo y su contrapartida pueden tener una importante repercusión social, permitiendo que la historieta obtenga ya de forma plena esa imagen de normalidad que siempre hemos reivindicado. Los resultados pueden ser más o menos afortunados, pero lo importante en este caso es el efecto de arrastre de la iniciativa y la extrapolación de a historieta como medio más allá de la ficción. Ver tebeos tratando temas como éste demuestran la potencialidad del medio como transmisor de ideas, que permite el uso de unos recursos impensables en el ensayo literario, potenciando la comunicación aprovechando la indudable capacidad pedagógica del medio.
Desde ese punto de vista, la evaluación de los resultados del libro dependerán, obviamente, de la capacidad de transmisión del mensaje y de la realización de los objetivos buscados con el tebeo. Dejando de lado las cuestiones ideológicas, en las que se estará más o menos de acuerdo según la ideología del lector (aunque, sinceramente, presentar a ZP como Dios y a Azanar como el diablo me parece bastante simplón), La Esppaña de Rajoy, tiene dos problemas fundamentales: en primer lugar, y el más importante, el desconocimiento profundo del lenguaje de la historieta que demuestra Sopena. Ha intentado realizar un exhaustivo retrato del líder popular, evidenciando todas sus incoherencias mediante catalogación pormenorizada de todas sus intervenciones, lo que se traduce en un exceso de secuencias recargadas de datos y textos que sobrecargan las viñetas, enterrando y dejando casi atado de pies y manos al dibujante. El segundo problema deriva precisamente de ahí: siendo Ramírez un dibujante reconocible como pocos, aquí es prácticamente una sombra de sí mismo. Sepultado bajo interminables bocadillos y limitado gráficamente por la necesidad de hacer reconocibles a los personajes públicos, Ramírez se diluye por completo en un trabajo donde apenas puede expresar su oficio. El dibujante que siempre ha destacado por la expresividad de sus dibujos y su facilidad para el gag parece arrastrado por una corriente que le es ajena y que le obliga a encorsetarse en esquemas donde no está a gusto. Hay un impresionante trabajo para conseguir caricaturizar a toda la plana política española, pero que naufraga en su globalidad. Si Sopena hubiese dado más libertad al dibujante, centrándose en algunos temas nada más y no queriendo demostrar una enciclopédica lista de agravios de Rajoy, el resultado hubiese sido mucho más interesante. De hecho, sólo debería haberse fijado en la experiencia de La cara oculta de Sarkozy para saber qué camino seguir.
El resultado se hace, al final, pesado de leer, excesivamente monopolizado por los datos y textos, olvidando el ejercicio de la sátira que tan buen resultado da siempre en el debate político. Un pecado mayor teniendo a los lápices a uno de nuestros mejores dibujantes satíricos.
Ahora, a por el de César Vidal… (¿dónde he puesto los antihistamínicos?):P

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