De Shakespeare a Haneke, pasando por Jacobs, McLeod y Kubrick

ATENCIÓN: EN ESTA RESEÑA HAY SPOILERS
Pese a que la obra de Shakespeare es, posiblemente, la que más versiones ha inspirado en la historia de la cultura moderna, es indudable que intentar adaptar al gran escritor inglés es un atrevimiento.Claro que si lo que se intenta es reescribir alguna de sus obras, entramos dentro del territorio del riesgo incalculable, de la temeridad. Y si encima se hace en una historieta, el único adjetivo que se me ocurre es el de suicida.
Argumentación que me lleva a un silogismo simple: Santiago García y Javier Peinado son unos suicidas. Lógica aplastante, pero que en este caso se derrumba totalmente porque ambos autores no sólo salen indemnes de su adaptación de La Tempestad, sino que lo hacen con nota. Y alta.
Siguiendo en cierta medida el planteamiento de Ciryl Hume y Frank McLeod en Planeta Prohibido, trasladan la acción de la obra teatral al género de ciencia-ficción. Próspero vuelve a enfundarse en el papel de un científico aislado en un lejano planeta con su hija Miranda, transformados en el tebeo en Kesavan y su hija Amala, claramente inspirados en los cinematográficos Morbius y Altaira. Y si Ariel tomaba forma de simpático robot en la película de los 50, en la versión que nos ocupa el alegre espíritu se transforma en una suerte de oscuro y tenebroso HAL 9000 (con homenaje incluido a la famosa escena de la desconexión). Durante la primera parte del libro, García y Peinado abordan una traslación estricta de la obra de Shakespeare, en la que el tono romántico y amable del original va tornándose oscuro a pinceladas aisladas que van creciendo a medida que avanzan las páginas. Un matiz que contrasta con fuerza con la elección del dibujante, que se inspira de claramente en el planteamiento narrativo y formal de las obras de ciencia-ficción de E.P.Jacobs, pero dejando de lado las interminables peroratas que caracterizan a este autor. Peinado se centra tanto en el estilo gráfico limpio y elegante de la línea clara como en esa puesta en escena de tono teatral (perfecta para la ocasión), de composición tradicional pero que juega con la combinación cromática como elemento organizador de la página. El resultado, sobre todo para un debutante, es de una fluidez y coherencia realmente sorprendentes, pese al ya indicado contraste con la violencia creciente del argumento.
Hasta aquí, estaríamos ante una correcta adaptación shakesperiana. Sin embargo, en el último tramo de la obra, a partir de la aparición de Ayu, la versión de los autores de Calibán, se separa definitivamente de la línea argumental original y La Tempestad consigue despegar definitivamente como una obra personal y diferenciada. Un propuesta final brutal, sin concesiones, que cambia radicalmente el planteamiento de la obra y abre muchas puertas a la reflexión, haciendo que la propuesta de García y Peinado gane fuerza a cada página.
Quizás el único problema que le encuentro al tebeo es cierta descompensación entre las escenas que lo componen, que no llegan a conseguir un balance perfecto y que afectan en algunos momentos al flujo de la historia. Un detalle quizás también forzado por la difícil tarea que afronta Peinado, que en ocasiones vacila en su registro gráfico. La colosal empresa que se imponen los autores pasa factura, pero es un pequeño pero que evita la perfección total, aunque absolutamente olvidable ante los evidentes aciertos de una obra tan ambiciosa e interesante como ésta.
Excelente. (3+)

Una reflexión sobre el final de la obra. Advertencia: ¡hay spoilers importantes!

Ese tono oscuro, violento e incluso salvaje que se va intuyendo mientras leemos La Tempestad, se desatará especialmente con la aparición de Ayu, la encarnación del bruto Caliban. A partir de ahí, la acción se acelera y el bondadoso final de la obra de Shakespeare, una oda al perdón y la reconciliación, va transformándose en una orgía de violencia sin sentido. Primitiva, animal, donde no hay concesiones a la galería. McLeod y Kubrick han sido sustituidos por un Haneke visceral y rabioso, que toma a Ayu como fuerza primordial de la naturaleza que destruirá todo a su alrededor en un crescendo de sangre y muerte.
Una reescritura de la obra clásica que resulta especialmente sugerente: ante la traición y el dolor , ante la esclavitud y la muerte no existe la dualidad entre bondad ni maldad. Sólo existe la naturaleza, una fuerza única que no entiende de perdón. Ayu/Calibán reclama con fuerza su imperio, arrebatado por el débil ser humano. Ayu es el secreto de la vida. Pero de la vida que nace con pasión y brutalidad, que nace y muere constantemente en un continuo ciclo de renovación donde las concepciones humanas no tienen sentido. Amor, odio, envidia, razón, bondad… son ideas creadas por el ser humano que para la naturaleza no son más que accidentes, al igual que todo lo que hemos leído antes. Los protagonistas de la obra pasan bruscamente a ser simples títeres sin importancia ante la furia de Ayu. Ante su poderío, ideas y personas no tienen más consistencia que la de una hoja que se lleva el viento.

Una idea poderosa que tiene en su desarrollo, como principal problema a mi entender, el desarrollo de los personajes elegido por García. Quizás para evitar el impacto final, el guionista caracteriza a los personajes de forma extrema, desde la antipatía a la cursilería. Evitando la identificación del lector, intenta prepararlo para deglutir el durísimo final que se avecina. Una elección que, creo, relaja la potencia de ese final salvaje que plantea y le resta contundencia.
En cualquier caso, con su violenta y arrebatada reescritura, García abre un apasionante abanico de lecturas de su obra. Diferentes puertas que dan paso a múltiples interpretaciones. Al igual que las grandes obras maestras, deja de tener un sentido para convertirse en un generador de debates. La obra no es el fin, sino el principio del camino.

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