Desobrado

¿Debe o, mejor dicho, puede un autor estar creando continuamente?
La inspiración…¿puede acabarse?
¿Es la creatividad un don o una profesión?
Son preguntas que, es de suponer, cualquiera que esté ligado al mundo creativo se ha hecho alguna vez. No hay duda que la creación se entiende como algo envuelto en una atmósfera mágica, como una especie de don de la naturaleza sólo concedido a algunos. Sin embargo, la sociedad moderna transforma automáticamente a ese creador en un oficio más, obligándolo a una producción continuada si quiere seguir comiendo todos los días. ¿Hasta qué punto se puede exigir un estado de gracia creativo continuado?
La cuestión, evidentemente, nace de esa extraña dualidad arte/industria que es consustancial a la creación desde el siglo XX. Y afecta a todas las disciplinas artísticas, incluyendo lógicamente a la historieta.
Es un tema eterno, pero un día, Lewis Trondheim tuvo un parón. Dejó de dibujar durante 80 días. No es que parezca nada del otro mundo, pero para un dibujante compulsivo, que durante años ha dado muestras de una capacidad creadora desenfrenada, incontinente, estar mano sobre mano durante más de dos meses es el equivalente a años de desierto creativo. Comparando con otros autores, descubre que en el tebeo existe una cierta constante de agotamiento creativo, como si la edad pasase factura obligada y la imaginación fuese un valor de tamaño finito que va descontando en cada obra. Y decide investigar el tema, hablando con compañeros como J.C.Menu, Margerin, Sfar, Blain, Delisle o autores consagrados como Moebius, Gotlib o Spiegelman, debatiendo sobre figuras como Hergé, Uderzo, Fred o Franquin y cómo evolucionó su obra.
Poco a poco, Trondheim va construyendo un ensayo en historieta que va mucho más allá de sus planteamientos iniciales, dando lugar a Desocupado (Astiberri), un libro de ricos e interesantes matices, que llega a estudiar el propio concepto de la creación y la razón última que lleva a un autor a crear, mientras que establece un interesante panorama alternativo de la historieta, formado no por los momentos de cumbre, sino por ese descenso que sumerge a muchos autores en el olvido. Y todo, edificado sobre una elegante paradoja: la falta de inspiración se convierte en inspiración.
Trondheim sorprende, rompe esquemas y plantea ideas inteligentes para el debate. ¿Qué más se puede pedir? (3)

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