Raule y Roger en Mayo Negro

Hoy comienza el cuarto MAYO NEGRO, las Jornadas de Novela Negra de la Universidad de Alicante, dirigidas por Mariano Sánchez Soler y que se celebrarán en la Sede Rafael Altamira (frente paseo Canalejas). Entre las actividades de estas jorandas, mañana, a las 19:00, Fran Ortiz dará una conferencia sobre cómic negro español y, a las 20:30h, habrña un encuentro con Raule y Roger, los autores de JAZZ MAYNARD.
Más información, en Abandonad toda esperanza.

Omaha

1979: el fanzine Vootie, dedicado a los funny animals, acoge en sus páginas la primera historieta de Omaha, una joven gatita (estrictamente, recordemos que era una revista de animales antropomorfos) bailarina de strep-tease. La osadía de Reed Waller, su autor, atrajo rápidamente el interés del editor Dennis Kitchen, que incluiría la serie en un número especial de Bizarre Sex dos años después. Una revista que tenía buenas ventas pero que, con Omaha, the Cat Dancer se convirtió en un éxito que favorecería que la serie tuviera su propio cómic-book en 1984, al que se incorporaría Kate Worley a los guiones en 1986. La colección tuvo un apoyo rotundo de los lectores, llegando a vender 60.000 copias de alguno de sus números.
Casi treinta años después de su inicio, Astiberri comienza la que debería ser la edición definitiva de esta serie en España. Aunque La Cúpula editó nueve entregas en formato “prestigio” a principios de los noventa, esta edición tan sólo abarcó los primeros números de la serie USA, justo hasta que Reed Waller contrajera un cáncer de colon que paralizó la serie durante un par de años. Una desgracia más en la larga lista de adversidades que han sufrido los autores de la serie, con méritos suficientes para ganarse el apodo de maldita: dos años antes, había bajado bruscamente su ritmo debido a un grave accidente de coche de la guionista; tras superar el dibujante la enfermedad, la serie se continuó hasta que Waller y Worley, pareja ya por aquellas épocas, se separaran. Pero la mala racha no acabó aquí: tras casi una década, Waller y Worley decidieron en 2002 recuperar a Omaha, pero poco después se le diagnosticó un cáncer de pulmón a la guionista, del que fallecería en 2004, dejando la serie inconclusa. Su viudo (y antiguo editor de la serie), James Vance, decidió continuarla junto a Reed Waller a partir de las notas de Worley.
Una desgraciada historia que, en cierto modo, permite comprender mucho mejor una de las series más determinantes del tebeo independiente americano de los años 80. Aunque inspirada claramente en las aventuras de Fritz The Cat de Robert Crumb (con quien comparte incluso el diseño de algunos personajes), Omaha The Cat Dancer marca evidentes y lógicas distancias: si bien es cierto que las dos obras se articulan como retratos de la juventud de sus respectivas épocas, mientras que en la obra de Crumb existe un profundo componente autodestructivo, de crítica mordaz y violenta hacia los comportamientos de su propia generación, en la obra de Worley y Waller encontraremos una ficcionalización dramática de las dificultades de una generación joven que debe enfrentarse al fin del “sueño americano”, en la que ha desaparecido esa visión cáustica de sí misma, buscando una crítica más genérica de la sociedad. Comparten, eso sí, una visión sin prejuicios del sexo y su disfrute, explícita en toda su extensión, pero con un acercamiento natural y espontáneo. Paradójicamente, en ambas obras esta consideración del comportamiento sexual les ha valido el etiquetado automático de tebeos eróticos o incluso pornográficos. Basta leer algunas páginas para darse cuenta del profundo error que se comete al aplicar este único calificativo a un tebeo que, como mucho, aceptaría el del “multigénero”: Omaha va recreándose en cada episodio, convirtiéndose poco a poco en una larga saga donde los géneros conviven y se suceden sin solución de continuidad. Del costumbrismo al policiaco, de la comedia al drama, de la trama política a la trama sentimental… cambios sucesivos que consiguen transmitir al lector la riqueza de la propia vida. Resulta increíble que, treinta años después de su concepción, con una coyuntura sociocultural radicalmente distinta que podría afectar gravemente a la lectura de una obra tan enraizada en su tiempo, la obra de Waller y Worley siga manteniendo casi intacta su frescura y atrevimiento. Tres décadas que han visto multitud de seguidores y copias que, en la mayoría de los casos no han sabido o no han podido seguir los pasos de esta creación, cayendo en las garras de los mecanismos más burdos del culebrón. Y es que, pese a que las aventuras de Omaha estén protagonizadas por gatos, perros, aves y otros animales con cuerpo humano, Waller y Worley consiguen un retrato profundamente vital y realista, emocionante y emotivo a partes iguales, que si bien puede caer algunas veces en el uso de esos recursos más manidos del culebrón, consigue recuperarse en cada requiebro, asumiéndolos con naturalidad hasta diluirlos y convertirlos en elementos de interés. A diferencia de otras series que precisan de ese “más difícil todavía”, de la exageración continuada, Omaha consigue estructura sobre la naturalidad y en la vitalidad el eje fundamental de su discurso, logrando que todos los géneros, por extraño que parezca, se armonicen y entronquen en un único relato-río donde el flujo de la acción está marcado no por las necesidades de prolongación artificial de la historia, sino por la propia evolución psicológica de los personajes. Un proceso protagonizado por Omaha, esa gatita bailarina que pasa por el camino iniciático de la vida hacia la madurez con un mensaje claro de libertad e independencia ante todo y sobre todo. Ya sea en su relación sentimental con Chuck o a través de las diferentes peripecias que le acontecen, Omaha lucha exclusivamente por su espacio propio, en una actitud que podría calificarse de rebeldía ante lo establecido, pero que realmente tan sólo reivindica está reivindicando la posibilidad de vivir su vida sin someterse a los dictados de los demás.
Omaha es una lectura apasionante, que merecía ya una edición de calidad, completa, que permita al lector disfrutar de una obra que es, ante todo y sobre todo, un retrato de la vida.
No os la perdáis.