El muertero Zabaletta

Hace poco me preguntaban sobre qué guionistas de tebeos me gustaban. Y, cosas de las coincidencias, destino o como tengan a bien llamarlo, la lista parecía recitada a ritmo de tango: H.G. Oesteherld, Carlos Trillo, Ricardo Barreiro, Juan Sasturain, Carlos Sampayo… Motivo más que sobrado para comenzar un lloroso pataleo de abuelo cebolleta recordando aquellos grandes momentos de las revistas de los 80. Os ahorraré los detalles y llegaré directamente al resultado del proceso reflexivo de este deplorable espectáculo crónico-nostálgico, resumido en una pregunta: “¿qué ha pasado con la tradición de grandes guionistas argentinos?”.
Pregunta de difícil respuesta, más sabiendo que tras el esplendor de los ochenta, las obras argentinas nos han llegado con cuentagotas, una situación que se agudizó a finales de los 90 tras la terrible crisis económica que sufrió el país y que, lógicamente, también afectó a la historieta.
Pero el destino siempre se reserva la última palabra, y justo mientras estaba inmerso en estas disquisiciones, la pila trajana de lecturas pendientes me trajo la respuesta a mis dudas: Diego Agrimbau. El porteño ya me había despertado el interés en algunas de sus obras anteriores, como La Burbuja de Bertold, pero la confirmación de su ya indudable calidad me viene con El muertero Zabaletta, una excelente historia en la que el guionista se arriesga a enmarcar una historia de género negro en un entorno urbano que recuerda al ciclo de Las ciudades oscuras de Schuiten y Peeters o a los mundos de Mathieu, en los que la evolución tecnológica se detiene en los años cincuenta. Nos presenta un Buenos Aires oscuro, ceniciento, presidido por los cables de los teleféricos que cubren la ciudad uniendo sus rascacielos; una sociedad que ha erradicado la religión tras lograr demostrar científicamente la inexistencia de Dios y un gobierno que mantiene un cuerpo de funcionarios, los muerteros, cuya misión es eliminar sin preguntas a ciertos ciudadanos (todo aromatizado con esencias de Borges). Un fondo de ucronía perfectamente tejido sobre el que Agrimbau armará una historia de género canónica sobre los problemas de un muertero a la hora de poder cumplir sus encargos. Se permite, además, el lujo de prescindir de florituras y concesiones a la galería, consiguiendo un relato tan duro como sugestivo, estructurado en entregas –curiosa coincidencia- que recuerdan poderosamente a las de las revistas de los 80. Un guión milimétrico que no hubiera podido funcionar sin la excelente interpretación de Dante Ginevra, que consigue el ritmo, tono y atmósfera necesario a cada momento.
Un tebeo que no hay que perderse (3+).
Por cierto, que si les gusta, no se pierdan de los mismos autores las historietas CAMPING en historietasreales.wordpress.com. También se puede leer de los mismos autores EL ASCO, en historietasreales.blogspot.com. Aunque, un consejo: perdeos un rato por estas webs. Hay tebeos espléndidos.