Tebeos para niños

La incesante defensa que el mundo de la historieta ha hecho de su dignidad como forma cultural, mediática y artística ha sido fundamental para que su presencia en los medios se haya normalizado de un tiempo a esta parte. Un empeño que no es sólo hispano, sino que forma parte de una reivindicación casi tan antigua como el noveno arte. Sin embargo, es curioso como hay un argumento repetitivo y constante en todos los discursos que defienden al tebeo: su consideración como medio adulto. La premisa parece razonable: la historieta, tal y como la conocemos hoy, nace en la prensa americana de finales del S. XIX como una sección de carácter popular que pronto toma una marcada tendencia infantil. Si es difícil caracterizar como infantil una tira como Hogan’s Alley en sus inicios, es evidente que la avalancha de series que vendrían después tendrían una fuerte ligazón con la lectura del niño. Una relación que sería mantenida y amplificada en las décadas siguientes. Es verdad que en los EE.UU. encontraremos historietas para todos los públicos, con una fuerte vocación adulta, pero en países como España, la historieta del inicio del siglo XX es identificada casi unívocamente como un medio infantil. En los años 40 y 50, el éxito de series como Terry y los piratas, originalmente juvenil pero derivada hacia un público adulto, o de series como Li’l Abner o Rip Kirby consiguen una curiosa dicotomía: la tira de prensa se consideraba un medio adulto, con autores a los que se propuso incluso para el premio Nobel, mientras que el comic-book quedaba relegado al tebeo infantil y juvenil, de peor calidad y escasa trascendencia. Sin embargo, el auge de los comic-books a principios de los 60, combinada con la decadencia de la tira diaria, certificó de forma concluyente para muchos que el tebeo era un medio infantil y juvenil.
A finales de los 60, los movimientos contraculturales nacidos en Europa vieron en el tebeo una forma de cultura nueva que entroncaba perfectamente con una ideología que se estaba moviendo en Francia e Italia. Son los tiempos del Salón de Bordighera, la primera gran reunión teórica sobre la historieta en la que estudiosos como Luis Gasca, Alain Resnais, Umberto Eco o Romano Calisi, entre otros, dan carta de madurez a la historieta y la reivindican como medio adulto. Aunque tímidamente, el cómic para adultos aparece como una especie de contestación a la cultura oficial: Barbarella, Jodelle, Pravda, Epoxy, Valentina o Saga de Xam son bofetadas a la sociedad tradicional que veía en el tebeo un objeto infantil sin valor. Aunque hoy su erotismo y politización puedan parecer ingenuas, en su momento son la clave, junto a las revista Linus en Italia, para la renovación formal de la historieta que se da a finales de los años 60 y que tendría como mayor exponente el movimiento Humanoide.
Un camino complicado que tuvo una víctima: el tebeo infantil. La constante exigencia de la madurez de la historieta, terminó curiosamente con una negación y rechazo de su vertiente infantil. Hacer tebeos para niños se veía como un retroceso en el camino y como una excusa para los que quisieran atacar al noveno arte. Una actitud que coincidió en el tiempo con el ascenso de otras formas de ocio infantil; un aumento de la oferta que provocó una lenta caída de las ventas de tebeos. Sin renovación de nuevos lectores, los tebeos se enrocaron en un lector que iba creciendo, obligando a unos contenidos cada vez más adultos. Géneros que nacieron dedicados a un lector juvenil renunciaban a sus orígenes con historias que impedían el acceso de lectores más jóvenes, en una espiral sin fin.
El resultado, paradójicamente, es que, pese a que el tebeo sigue teniendo una consideración social de objeto infantil, es difícil encontrar tebeos para niños. No sólo eso, sino que el aficionado sigue viendo como peyorativo el adjetivo infantil al aplicarse a un tebeo. Incluso se puede llegar a oir que “los tebeos ya no interesan a los niños”.

Pero la realidad es que el mundo del tebeo ha despreciado a los niños, que es muy diferente. En una actitud suicida, olvida que es necesario apostar por el lector joven si realmente quiere que exista un futuro lector. Lo lógico, que sería una gradación de oferta para diferentes edades, es hoy casi una excepción. Y no es porque los niños no quieran leer tebeos: el éxito del manga (“los niños no quieren leer tebeos en blanco y negro”, me dijo una vez un editor) y de revistas como Witch (“las niñas nunca leerán tebeos”, me dijo otro) demuestran que el problema no es de falta de interés de la infancia, sino de inexistencia de una oferta adecuada para esos lectores. El género de superhéroes ha olvidado que nació como tebeo de consumo juvenil e infantil; el tebeo europeo parece no recordar que sus fetiches Spirou, Tintin o Los Pitufos son tebeos para niños… No es cuestión de hacer tebeos sólo para niños, sino establecer una oferta continuada que crezca con el lector, que exista un tebeo adecuado para cada edad. Siempre pondré como ejemplo la suerte que tuvo mi generación: lectora de Bruguera de niños, de Vértice y Toutain de jovencitos y ya de mayores accediendo a una amplia oferta de tebeo ara adultos. Tuvimos una oferta adecuada para cada edad que nos permitió madurar sin dejar de leer tebeos.
Pero lo peor es que parece que la industria ha decidido olvidarse de los niños de forma definitiva. La sensación predominante es que la omnipresencia del manga lleva a dar la batalla por perdida de antemano, sin que exista posibilidad alguna. El fracaso de interesantísimas propuestas como Mister K parece que así lo certifica, pero no es cierto: Norma lleva ya años demostrando que Dibus tiene un hueco en el mercado y hay pequeñas editoriales que están apostando por el tebeo infantil de calidad. La gallega Faktoria K, por ejemplo, ha publicado recopilatorios de series publicadas en Golfiño, una de las mejores publicaciones infantiles que han existido jamás y Bang Ediciones se acaba de lanzar al ruedo con una sugerente iniciativa: la colección Mamut, dirigida por Ed y Max Luchini.

Los dos primeros álbumes editados son excelentes ejemplos de tebeo infantil: Astro-ratón y bombillita, de Fermín Solís es un tebeo fresco, divertido, que trata la ciencia-ficción en términos infantiles, jugando con referentes clásicos pero dándoles un punto desenfadado y de sanísima desvergüenza. Sabe jugar con las situaciones que un niño que apenas ha aprendido a leer puede reconocer como divertidas y contagiosas, desde el gag más clásico a esos algo escatológicos que suelen divertir más a los niños. Por su parte, Puck, de Dani Cruz y Stygirt, es un tebeo de aventuras más clásico quizás, pero bien diseñado para el lector infantil, que permite su identificación con el diminuto aventurero y con su amiga. De lectura ágil, Puck es uno de esos tebeos que cualquier niño de 6 o 7 años leerá con deleite y que, seguramente, motivará que se ponga dibujar pequeños Pucks por todas partes.
Dos tebeos, además, de diseño impecable, atractivo, que pueden competir perfectamente con la miríada de libros infantiles que hay en las librerías.
Y, ya puestos a hablar de tebeos infantiles, es de justicia hablar de la iniciativa argentina Aventuras Dibujadas, dirigida por César Da Col y editada por Domus editora, que se adhiere fielmente al manifiesto a favor del tebeo infantil de Banda Dibujada y que acaba de arrancar con cinco sugerentes propuestas, de la que me gustaría destacar el estupendo Bosquenegro de Fernando Calvi. Una historia de brujas que cuentan cuentos en un bosque perdido que bebe de las estructuras creadas por Ende para lanzar mil cuentos inacabados, obligando al niño a ejercitar su imaginación para dar final y sentido a cada una de las historias. Un álbum lleno de ingenuidad y ternura, pero con un punto mágico que encantará a los niños y que transforma a los adultos en infantes durante un maravilloso momento.

Enlaces:
Blog de Mamut
Aventuras dibujadas
Banda dibujada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation