Mi nombre es Inspector, Inspector de Hacienda

Parece difícil que una serie tenga como protagonista a un inspector de hacienda. En el imaginario colectivo la figura de estos funcionarios aparece marcada con el estigma de la dolorosa obligación anual que tenemos los ciudadanos de a pie, y su sola mención suele provocar un canguelo creciente, de lo menos recomendable para estas cosas de la identificación con el héroe y demás.
Pero no es imposible: a fin de cuentas, la experiencia dice que algunos de los villanos más peligrosos del mundo real han visto frenada su carrera no por la presión policial, sino por la ímproba labor de un inspector de hacienda. Que se lo digan al señor Capone, que acabó con sus huesos en la cárcel gracias a Don Elliot Ness, quisquilloso inspector de hacienda.
Intentando emular al famoso agente y sus intocables, Desberg y Vrancken han creado la figura de Larry B. Max, un inspector del fisco que se dedica a buscar grandes defraudadores y que protagoniza IR$. Eso sí, más que un laborioso funcionario lo que encontraremos es un emulo de James Bond, guapo, atlético y con una capacidad deductiva sin igual, capaz de deducir la talla del pantalón que usamos con sólo ver nuestra declaración de hacienda.
La idea, aunque rara, podría ser atractiva, pero a poco que vamos pasando las páginas, es evidente Desberg – un guionista de oficio que sin ser brillante suele ser eficaz- acude desde el principio a la fórmula y el truco para poder hacer avanzar una historia casi inexistente. La trama se crea a golpe de efectos sin demasiada conexión y resulta cada vez menos creíble, sin que el mecánico dibujo de Vrancken consiga sacar la serie de la atonía. De hecho, su estilo a medio camino entre Vance, Franq y Renaud –destrozado, todo sea dicho, por el colorista – sólo logra que la comparación del dibujo alcance al guión. Y evidentemente, Desberg no es Van Hamme. Ni siquiera Senté, del que hace poco leíamos un experimento con no pocas conexiones con esta obra (Janitor, un Bond fuera de lugar) pero mucho mejores resultados, fundamentalmente porque Senté y Boucq parten desde el primer momento del homenaje sin ocultarlo.
IR$ ha tenido un gran éxito en Francia, donde lleva ya diez volúmenes que, espero, sean mejores que éste. (0)

21st Century Deception

Tras el cierre en falso de 20th Century Boys, reconozco que esperaba como agua de Mayo la publicación de los dos volúmenes de 21st Century Boys, una supuesta miniserie que, en realidad, debía aportar el verdadero final a la larga obra de Naoki Urasawa. Tras casi tres años fascinado por la increíble capacidad narrativa y creadora de este autor, los últimos volúmenes de esta larga historia me dejaron completamente descolocado. Con el referente previo de Monster, era muy consciente de la extraordinaria capacidad de Urasawa para extender la narración sin perder nunca un ápice de tensión dramática. Lo que en otros autores japoneses se suele traducir en aburrida repetición de estructuras y argumentos hasta la extenuación, en Urasawa suele ser una inspirada e inteligente apertura de nuevos caminos e ideas. Es evidente que está alargando la historia, pero conseguía amagar su intención tras una compleja estructura de personajes y un argumento de líneas paralelas que le permitía saltar de una a otra, explorar determinados aspectos de la trama, etc. La lectura de 20th Century Boys me pareció subyugante: cada nuevo giro del guión te dejaba clavado a la silla, con nuevas sorpresas, nuevas ideas y un tratamiento formal extraordinario. Urasawa es un narrador nato, que mueve los hilos de la historia con una precisión milimétrica, un tramoyista perfecto para un espectáculo que en el fondo, agradecemos que se eternice.
Sin embargo, a medida que se acercaba el final de la saga, comenzaba a sembrarse la duda. ¿realmente sabía Urasawa hacia dónde se dirigía? En Monster el autor tenía muy claros el principio y el final, lo que dotaba al conjunto de una sólida consistencia, pero en esta nueva obra no parecía tan claro ese final de cabo que atase todo el conjunto. Y, de hecho, lo que era una sensación se transformó en una constatación: el final de 20th Century Boys fue inconsistente y, si se me apura absurdo. Afortunadamente, ese final se acompañó del aviso de que el autor retomaría la serie unos meses después para dar un epílogo real a la historia. Era una nueva tranquilizadora: si Urasawa había perdido las riendas de la narración, un descanso podía ayudarle a retomar con más bríos la historia y cerrarla de forma coherente.
Y llegó el ansiado 21st Century Boys, un epílogo que, tras pasar la última página, me ha dejado completa y absolutamente decepcionado. El cierre en falso se mejora levemente, es indudable, pero con un final que en modo alguno está a la altura de la macrosaga. Urasawa ha intentado escenificar un gigantesco “efecto mariposa” temporal, jugando con la clásica estructura de relato de Stephen King y llevándola mucho más allá, pero sin llegar a conseguir cerrar el círculo de una forma perfecta.
Que no se me malinterprete: 20th Century Boys y 21st Century Boys conforman una serie brillante en su conjunto, pero que deja una sensación agridulce tras pasar la última página. La expectativa continuada que va generando en cada volumen queda desvirtuada por un final que sabe a poco, incluso difícil de seguir tras el baile de personajes del último tercio de la obra. Pese a que la serie tiene un 80% de desarrollo brillantísimo, en algunos momentos memorable, ese último 20% es el que queda en nuestra memoria y que hace que se minusvalore injustamente el juicio final.
Servidor se queda con los excelentes buenos momentos de lectura que he tenido con esta serie y con el increíble pulso narrativo de Urasawa. Intentaré borrar lo más rápido de mi memoria esta decepción final para esperar con ansia la publicación de Pluto.