Lienzos

Hagan caso del consejo de un lector ya curtido en esta ingrata tarea de leer tebeos: compren todo lo que en portada ponga Diego Agrimbau. Que este señor, argentino para las cuestiones geográficas, guionista para las del tebeo, está demostrando obra a obra que es uno de esos autores que, ya sea talento propio, trabajo enconado o por haber vendido su alma al diablo, es capaz de firmar obras originales, distintas y atractivas, combinando la reflexión con la imaginación a partes iguales y, para colmo, haciendo guiños a los clásicos del género.
Y como de los consejos hay que probar la eficacia en propias carnes, me acerqué a El gran lienzo, la nueva incursión de este guionista en la serie El Último Sur, que en este caso sigue su procesión por las artes para pasar del teatro a la pintura, pero de nuevo desde una perspectiva deformante y exagerada, como la que da esa ciudad de artistas que busca la unanimidad de criterio ante la creación definitiva. Una parábola del mundo del arte, caústica y mordaz, que reflexiona sobre precisamente sobre la imposibilidad del canon unánime, sobre el absurdo de establecer un pensamiento único sobre la creación. Y al igual que en la anterior entrega, lo envuelve de imaginación, de un mundo de normas extrañas que recuerda a los universos oscuros de Schuiten y Peeters, pero también a los cenicientos entornos urbanos de Bilal. De hecho, existen muchas conexiones estéticas entre El gran lienzo y la obra del yugoeslavo, que se podría ampliar a puntos temáticos comunes con su última tetralogía.
Aunque se pueda considerar por detrás de El muertero Zabaletta o La burbuja de Bertold, El gran lienzo es un recomendabilísimo álbum, en el que de nuevo destaca la extraoridnaria labor de Grabiel Ippoliti (2+).