Uno más uno no es igual a dos

La historieta es un arte complejo, malentendido siempre como la suma de dibujo y letras pero que, en realidad, va mucho más allá de una simple adición. Es la evolución máxima de la narración gráfica, un arte complejo donde el protagonismo de la narración visual es completo, muy por encima de la calidad individual de sus partes.
Como demostración de lo anterior sirva la adaptación a la historieta del cuento Coraline, de Neil Gaiman. A priori, los referentes no pueden ser mejores: el cuento del creador de Sandman es un maravilloso relato infantil, que parte de la obra de Lewis Carroll para desarrollar un cuento moderno, en el que el niño (niña en este caso) deja de ser un sujeto pasivo que sufre la acción para ser un protagonista activo y proactivo, siempre jugando con referentes de todo tipo y con una ambientación más oscura de la habitualmente encontrada en el mundo infantil, construyendo un maravilloso libro para niños. Y el dibujante elegido se cuenta como uno de esos genios del lápiz: P. Craig Russell. Un artista de estilo elegante, de trazo recargado pero limpio, que destila clase en cada una de sus viñetas y que ha sido de trasladar al papel la épica sobresaturada de las operas wagnerianas y que en Sandman firmo una bella incursión del señor de los sueños en el mundo de las mil y una noches.
Dos extraordinarios autores, que ya habían trabajado previamente con grandes resultados, una obra de calidad… parece una quiniela ganadora, ¿no?
Pues no.
Es evidente que Craig Russell hace un gran esfuerzo para adaptar el cuento de Gaiman, pero cuando terminamos de leer, hay una sensación agridulce, extraña: lo que hemos leído no es Coraline. El cuidado trabajo del dibujante no llega a transmitir ese mundo de ambigüedades, la terrible sensación de normalidad anómala que destila “la otra madre”, la opresión del mundo tras la puerta escondida. Es verdad que Russell tiene que lidiar con el omnipresente referente de las extraordinarias ilustraciones de Dave McKean, pero lo que debería ser un problema menor para un dibujante de su talla, se convierte en una losa imposible de retirar. A la adaptación de Coraline le falta esa atmósfera única que da McKean a los cuentos de Gaiman, le falta alma, encerrada en esa prisión gélida de la perfección de dibujo de Craig Russell.
Quizás, si no se ha leído el libro original, Coraline pueda pasar como una obra interesante, menor dentro de los tebeos del inglés. Pero si se ha caído antes en su magia, esta adaptación queda como una triste oportunidad perdida.
Una lástima (1).

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