Autobiografías

Se dice que existe una exagerada tendencia al relato autobiográfico en el tebeo moderno. Es posible. Si nos centramos en la producción independiente, en el tebeo más alternativo, sí que se puede hablar de una cierta prevalencia en los últimos años de este tipo de narración. La indudable influencia de obras y autores de gran calado como Chester Brown o David B. pueden favorecer, sobre todo en el autor que comienza, una inclinación hacia una temática de corte más intimista basada en la propia experiencia. No es, desde luego, una moda arrasadora dentro de la historieta pero es indudable que es un género que ha sido ejercitado con mayor frecuencia, aunque cualquier análisis relativo demostraría rápidamente que su producción es mínima comparada con otros géneros. Sin embargo, es innegable que su presencia en la historieta es mayor que la que se pueda dar en otros medios o formas artísticas, como la literatura o el cine. Pese a que muchos puedan inferir rápidamente que es una típica “pose de autor”, no se puede desdeñar que las propias características de la producción de la historieta, sobre todo en el campo independiente donde el concepto de autor adquiere una mayor individualidad, pueda favorecer el uso de este lenguaje como medio para hablar de uno mismo.
Se dice, también, que es el género de los que no saben qué contar, de autores que cuentan banalidades que no le interesan a nadie. Es posible también. No se puede contradecir el hecho de que, muchas veces, un relato autobiográfico es la simple traslación de una situación común e intrascendente. Pero, me temo, eso no significa que sea interesante. Aún cuando se obvie el instinto voyeur y cotilla natural del ser humano (del que seguramente tendríamos que hablar como motivación para leer este tipo de tebeos), el relato de una vida, incluso de los aspectos más cotidianos y rutinarios puede tener un importante atractivo. Es verdad que el reflejo de la rutina diaria puede suponer a muchos lectores un duro recordatorio de su propia existencia, que prefieran optar por una justificada evasión, pero la vida, por simple que parezca siempre puede ser apasionante. Todo depende de cómo se cuente. No tengo la menor duda de que un diario detallado, aséptico y concienzudo de las actividades diarias resulta anodino y falto de interés, pero ese mismo relato, apoyado con la reflexión de aquél que lo protagoniza, puede dar un fructífero crisol de ideas a compartir. Lo cercano, lo íntimo, lo cotidiano, pueden ser protagonistas de una historia con tanta fuerza como la aventura más vibrante. Lo que no significa, en ningún caso, que alguna de las dos opciones sea más correcta que otra. No tiene sentido que se defienda una forma de creación infravalorando otra cuando ambas son perfectamente válidas.
Se dice, por último, que lo autobiográfico es el refugio de los que no saben dibujar. Una afirmación motivada por la habitual presencia de dibujos poco trabajados, naif y casi infantiles en muchas de estas obras. Un concepto que suele caer en la clásica tendencia de confundir “buen dibujo” con el dibujo académico, olvidando lo que realmente significa la historieta e incluso las motivaciones de la elección de un dibujo. No son pocos los autores que optan por un dibujo basto y poco trabajado, meramente funcional, para focalizar el interés del lector sobre la historia. Un desinterés por el acabado gráfico que suele ser juzgado automáticamente como ejemplo de mala praxis historietística, y que rara vez es analizado en términos narrativos, de lenguaje secuencial, estudiando si realmente existe una relación adecuada entre lo que se cuenta y cómo se cuenta.
Autores que esconden sus carencias narrativas y gráficas con la excusa de que hacen tebeo autobiográfico los hay a montones, pero no se puede juzgar un género única y exclusivamente por ellos: sólo la lectura y análisis posterior pueden ser los argumentos para emitir un juicio sobre un tebeo, siempre desde la base de lo que se está contando y cómo se está contando, nunca desde los prejuicios.
Como ejemplos de tres casos bien diferentes de tebeo autobiográfico, hablemos de Pequeñas cosas, de Jeffrey Brown, Afortunada, de Gabrielle Bell y Save Our Souls de Felipe Almendros.
La nueva obra de Brown publicada por La Cúpula no aporta ninguna sorpresa: es un autor que ya ha sido publicado previamente en España y el libro se podría definir como continuista con la línea de los anteriores: Brown toma como punto de partida momentos aislados de su vida y los cuenta de forma sencilla y directa. Hace uso de un dibujo descuidado, tosco, de rápida ejecución, que busca la eficacia narrativa en lugar del lucimiento gráfico. Brown demuestra ya un dominio espléndido de los tiempos, exprimiendo al máximo la sencilla composición de seis viñetas por página centrándose exclusivamente en la puesta en escena y en los tiempos, en el control cuidadoso de las elipsis y, en este caso, de algunos bruscos cambios temporales. Finiquitada ya su “trilogía de las novias”, Pequeñas cosas opta por reflexionar abiertamente sobre los detalles más nimios del día a día: aquellos que afectan a la relación con los amigos, la relación con su familia, los problemas de su enfermedad o del trabajo. Son episodios que Brown plasma con una naturalidad que los hace transcender de su individualidad para convertirse en universales, favoreciendo que el lector rápidamente se vea implicado, ya sea a través de la identificación o del interés por la anécdota. Capta al lector para luego compartir con él sus reflexiones de una forma sutil y delicada. En los tebeos de Brown no hay largos monólogos, pensamientos interminables o diálogo abierto con el lector. Hay silencios y expresividad. Su dibujo conscientemente elegido, esquemático, minimalista, contiene el juego de expresiones mínimo para trasladar emociones y sentimientos, para sugerir pensamientos a través de ese cuidado dominio de los silencios. A poco que comencemos a leer, nos daremos cuenta de su eficacia narrativa, la facilidad con la que su juego de sencillez y sinceridad, aderezado de pequeñas notas de humor autoparódico, prenda al lector. La aparente espontaneidad y descuido del dibujo esconde claramente una aplicada tarea de planificación, de búsqueda de una respuesta emocional cómplice en el lector que consigue de forma clara. La vida de Brown actúa como catalizador de la reflexión sobre la propia vida del lector, logrando que la obra trascienda el espacio del autor. (3)
Afortunada, de Gabrielle Bell, recopila los tres primeros números de Lucky, un minicomic que la proyectó de forma importante al ser galardonado con el premio Ignatz en 2004. Es evidente que en cada número Bell va experimentado con el lenguaje de la historieta, formándose y buscando nuevas formas. En la primera de las entregas, por ejemplo, Bell opta por la realización de un diario que recoge un poco más de un mes de su vida. Un traslado de casa, la busca de trabajo y los problemas de realización como artista son mostrados de una perspectiva puramente descriptiva, tan higiénica y fría, tanto en lo narrativo como en gráfico, que consigue que el lector pierda el interés rápidamente. Hay esbozos de reflexión, pero la enumeración continuada de situaciones consigue esquinarla, escondiéndola a un lector ya perdido. La comparación con Julie Doucet, con quien existen importantes coincidencias temáticas es contundente: la visceralidad de la canadiense contrasta profundamente con el distanciamiento de Bell.
La segunda entrega mejora la decepcionante valoración de la primera, pero sigue adoleciendo de la misma gélida narrativa que distancia al lector, una característica contraria a un tebeo de concepción más intimista. A cambio, centrarse en determinadas anécdotas permite un desarrollo narrativo más extenso, definir mejor las situaciones y a los protagonistas implicados en las historias que cuenta Bell. Hay un mayor cuidado de la puesta en escena y de la composición – esta vez reducida a cuatro grandes viñetas por páginas-, pero se nota en exceso que Bell está probando estilos gráficos y recursos, abandonando en algunos momentos el cuidado del argumento.
Pero tendremos que llegar al tercero de los capítulos y, sobre todo, a las historias incluidas como apéndice, para encontrar realmente el gran potencial que almacena Gabrielle Bell como historietista. A medida que Bell va dejando de lado la narración autobiográfica pura y se va centrando en la interpretación de esos episodios de su vida, su historieta va ganando enteros de forma exponencial, hasta llegar a ese punto final que es The Hole, última historieta del libro, tres páginas tan sólo que reivindican que todo lo anteriormente leído en el libro no es más que el camino iniciático de una autora que realmente tiene cosas que decir. Parte igualmente de una anécdota de su biografía, pero la reinterpreta añadiendo una inesperada componente fantástica que proporciona unos matices sugerentes, con un estilo sencillo, quizás con un desequilibrio en la cantidad de textos de apoyo y diálogos para unas viñetas tan pequeñas, que causan cierta saturación visual (la línea fina se lleva mal con la profusión de textos) que impide redondear la historia, pero dejando un sabor de boca muy superior al resto del libro (1).
Y ya para acabar, Save Our Souls, de Felipe Almendros. Poco puedo decir del autor, del que no he leído Pony Boy, pero me pareció intrigante que reconozca no leer tebeos y desconocer prácticamente el medio y, acto seguido, no sólo lo use para expresarse, sino que se embarque en una autoedición cuidada y limitadísima (sólo 100 copias). Uno de esos casos donde puede ser interesante hasta qué punto el lenguaje secuencial nace de una forma natural, sin necesidad real de un aprendizaje de recursos propios. Almendros se desprende de todo tipo de artificio para contar su viaje a Colima, México, para acompañar a su hermana en los primeros días de maternidad. El dibujo es marcadamente feísta, infantiloide, renegando de forma decidida de las perspectivas e incluso de la viñeta tradicional, descomponiendo la página en ocho espacios constantes que, muchas veces, pueden incluir en su interior más de una escena, en una ruptura completa con la tradición compositiva. Una serie de elecciones que parecen querer rechazar al lector, pero que permiten a Almendros narrar su historia de una manera completamente original. Pese a que ha declarado abiertamente que plantea sus historietas de forma cinematográfica, la realidad es que esa idea inicial se ve rápidamente corrompida por el uso de recursos propios de la historieta, jugando con simbolismos, deformaciones, espacios en blanco y transiciones, que le permiten maximizar la expresividad de su relato y caer profundamente en sus obsesiones y complejos.
Si bien de la sinopsis argumental cabría esperar un relato costumbrista de “choque de civilizaciones” al estilo Delisle, lo que tenemos en Save Our Souls es un complejo testimonio de una personalidad difícil, una apertura completa hacia las angustias, complejos y pesadillas del autor. Lástima que la exigua tirada haga de este tebeo haga que pase completamente desapercibido. (2)

Tres tebeos que optan por la autobiografía, que para muchos pueden ser tres obras similares, pero que resultan en tres aproximaciones completa y radicalmente diferentes de abordar un mismo género.

Enlaces:
Presentación de Save Our Souls en You Tube
Artículo sobre tebeos autobiográficos en Babelia
Entrevista a Jeffrey Brown en 13 millones de naves.
Reseña de Afortunada en Entrecomics  

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