Paletez

Elvira Lindo, hoy en EL PAÍS

Donde hay un tebeo habrá un libro”. Menuda tralla nos dieron las autoridades educativas con semejante eslogan, que se debió inventar (creo) a finales de los setenta. Yo ya era una muchacha en flor y había dejado atrás las horas tintinescas de las tardes de verano y la costumbre sagrada de ir a la papelería del barrio y decirle al tendero, dándome la misma importancia que si estuviera pidiendo Claves para la razón práctica:“Por favor, ¿le ha llegado ya Lily. Revista juvenil femenina?”. Pero fueron muy pocos los años en que el tebeo desapareció de mi vida, porque tendría diecinueve cuando, gracias a un dibujante llamado Carlos Giménez, que revolucionó los argumentos de la historieta española al contar su propia infancia en los colegios del Auxilio Social (donde iban a parar, como él decía irónicamente, los hijos de rojo, los hijos de puta y los hijos sin padre), descubrí que aquel eslogan de animación a la lectura era, en el fondo, una falta de respeto a todos aquellos que dedicaban su vida a construir ficciones mediante el dibujo. Más que falta de respeto, paletez, paletez que hace que aún hoy la novela gráfica no tenga el puesto que le corresponde en las librerías, en las reseñas de los suplementos literarios y en las casas de la gente. Pero el dibujo puede contar, a veces, aquello adonde las palabras no llegan.

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