Denuncia, que algo queda

Dos tebeos de muy diferente temática pero que coinciden en su intención de denuncia. El primero, Shooting War es uno de las ya cada vez más comunes casos de webcomic que pasa de la pantalla del ordenador al papel. Anthony Lape y Dan Goldman firman un tebeo con no pocas ideas interesantes, que reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación en un mundo globalizado. Un hipotético futuro cercano con McCain de presidente y un videoblogger que es fichado para retransmitir en directo la guerra de Irak es un perfecto escenario para desarrollar el discurso de los autores, que incidirá tanto en la voracidad de las grandes cadenas, capaces de traspasar cualquier límite por conseguir audiencias como en las consecuencias de la conversión de las guerras en espectáculos televisivos. Hay componentes que recuerdan mucho a la reflexión de Bertrand Tavernier en la magistral La muerte en directo, pero también se lanzan sugerentes hipótesis sobre la transformación del terrorismo en un ciberterrorismo de base capitalista. El nuevo pan y circo es la utopía que vomita la televisión en forma de mundo feliz de Huxley calzado con Nike, jugando a la Play y degustando una macburguer. Un argumento que invita al debate y que debería dar lugar a un tebeo más que notable, peroque choca con la pobre contribución de la parte gráfica. La elección por parte de Goldman de un estilo fotorrealista con incorporación de elementos fotográficos es más que adecuada para el tipo de historia que se va a contar, pero resulta excesiva para las posibilidades del dibujante. El fotorrealismo es una técnica complicada y las carencias destacan con mucha más facilidad, a lo que hay que añadir que la narrativa de Goldman es muy rígida y, en muchas ocasiones, excesivamente confusa, obligando a ir hacia atrás para comprender algunas escenas. Una conjunción terrible, porque mientras que una narrativa adecuada puede esconder defectos de estilo, una mala sólo hace que amplificarlos.
Una verdadera lástima, porque las ideas volcadas son lo suficientemente atractivas como para haber hecho de este tebeo uno de los más atractivos y mediáticos del año. (1)
Problemas que no encontraremos en Como todo el mundo (La Cúpula), donde el dibujante Rudy Spiessert se refugia con acierto en un estilo próximo a Dupuy y Berberian, que asimila y controla perfectamente, sin intentar salirse de la ortodoxia narrativa y estética. No hay sorpresas ni innovaciones en un dibujo clonado más que conocido, pero eso permite desarrollar perfectamente esta divertida historia de Denis Lapière y Pierre-Paul Renders que recorre un camino contrario al habitual estos días: del cine a la historieta. Los guionistas trasladan al papel esta película que satiriza de forma corrosiva esta sociedad que respira oxígeno, nitrógeno y publicidad con una original vuelta de tuerca al esquema del Gran Hermano o del Show de Truman. Jalil es un joven francés que resulta tener un extraño don: sus gustos coinciden con los de la gran mayoría. Una cualidad que no pasa desapercibida a las grandes empresas de marketing, que encontrarán en el joven una forma de evitarse costosos estudios y encuestas de mercado, espiándolo desde miles de ojos escondidos. Lapière, guionista siempre sólido e inteligente, desarrolla con soltura la situación a modo de comedia de enredo (una tradición muy francesa, todo sea dicho), que va aumentando tono y ritmo, con momentos muy divertidos y una agresiva y sanísima mala leche. La sociedad hiperpublicitada, el agresivo sinsentido del consumismo y la alienación de una sociedad que sigue las modas como borregos son algunas de las muchas dianas a las que los autores clavarán, bastante acertadamente, sus dardos. El resultado es un tebeo modélico: no nos sorprenderá en las formas ni lo pretende, pero consigue que durante un rato reflexionemos sobre lo que nos toca vivir con una sonrisa. Lo que no está nada mal (2).

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