Adiós Carver, ¡Hola Hollywood!

Termino de leer Shortcomings y tengo la sensación de haber leído un tebeo que parece de Adrian Tomine pero no es de Adrian Tomine. Es una impresión extraña, que se va formando a medida que pasan las páginas de esta primera historia larga del americano. El estilo gráfico es inconfundible, al igual que su pausada y sencilla composición, que esconde un cuidado trabajo de estudio de la narrativa, traducido en este caso en el indudable acierto en la puesta en escena de unos diálogos brillantes e inspirados. Sin embargo, falta en Shortcomings ese matiz tan especial, diferente e indefinible que marcaba los números anteriores de Optic Nerve. Quizás era ese sambenito de comparación continuada con Carver, cierta a mi entender en los primeros números, pero que fue alcanzando un discurso propio hasta despuntar en obras como Rubia de Verano. Leyendo el volumen que acaba de editar Random House (¡Ay!, ¡Por favor!¡La tipografía, esa tipografía!) me parece estar ante la obra de otro autor, más urbanita, quizás una especie de híbrido a medio camino entre un Kevin Smith treintañero y un Woody Allen jovencito, que disecciona con bastante gracia la rutina de pareja enmarcándola en el escenario omnipresente de Nueva York. La Gran Manzana se convierte, de nuevo, en secundario de lujo de una historia donde las inercias del amor se rompen y buscan razones tan inencontrables como inexistentes. La soledad como elemento axial de la obra anterior es sustituida por una coralidad teatral, los silencios y elipsis que definían el lenguaje de Tomine han dejado lugar a diálogos deslenguados, vivarachos, dinámicos. Y no puedo decir que no me guste lo que leo: la reflexión sobre el nuevo amor y la nueva sexualidad interracial del siglo XXI, enfrentada a la tradición finisecular representada en el pueblo de la América profunda me parece sugerente y atractiva. Pero no puedo evitar pensar que es un discurso que no parece original, que Ben Tanaka podría ser el protagonista de cualquier serie de televisión de éxito que exploran una nueva forma de moderno costumbrismo post-woody, de sexualidad activa y asumida en todas sus formas. Sé que he leído un buen tebeo, narrado con eficacia y que plantea ideas que pueden atraer a un público general… pero creo que he perdido a Tomine por el camino. Ese autor que exploraba como nadie la excepción dentro de la monotonía, que nos hablaba de vidas grises que deambulan fuera de plano, ha sido abducido por otro que se entrega a las modas que obligan a tratar el amor en los tiempos del SIDA cronificado desde una perspectiva urbana multirracial donde, por supuesto, el protagonista tendrá amigas/os homosexuales que se convertirán en sus confesores (coprotagonistas, a ser posible, con escena políticamente correcta de declaración de amor entre gays y/o lesbianas). Un esquema que los ejecutivos de televisión y cine parecen haber establecido como estándar de éxito y que, en este caso, me deja una sensación vaga de impostado, de artificialidad.
Un tebeo de fácil recomendación a un lector no habitual de tebeos, que encontrará referentes comunes a otros medios y en el que destacan con fuerza los brillantes diálogos y la descripción y reflexión sobre la obsesión racial. Sensaciones agridulces para un tebeo correcto en el que, quizás, el problema es únicamente mío, que esperaba otra cosa y no algo que me suena a ya visto. (1+)

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