Carruajes

La escena más sobrecogedora que jamás he visto en el cine pertenece a una película de Theo Angelopulos, Pasaje en la niebla. Es de una sencillez demoledora: un hombre se dirige con una niña a la parte trasera de su camión, entra y cierra la puerta. La cámara comienza entonces un largo y lento plano en el que se va alejando del contenedor del camión para centrarse en un paisaje nebuloso, inmenso y solitario. Y de fondo, primero los gritos de la niña y después, sus lloros. Es terrible la impotencia y la agonía que sufre el espectador. Nos revolvemos en nuestras sillas, queriendo no oír el dolor de la niña, obligándonos a intentar engañarnos pensando que no sabemos lo que está pasando. Una escena devastadora y brutal, que basa su potencia en aquello que no muestra, en dejar que seamos nosotros los que lleguemos a imaginar hasta dónde lleva la perversidad del ser humano.
Mientras leía el comienzo de Los carruajes de Bradherley, de Hiroaki Samura, no he podido evitar recordar aquella película y pensar en las pocas veces que una obra, ya sea de literatura, historieta o cine había conseguido transmitirme la misma angustia. Quizás uno de los pocos que lo había logrado era Carlos Giménez, pero ahora debo añadir a la lista a Hiroaki Samura, un autor que me había dejado indiferente con La espada del Inmortal pero que me ha impactado con esta durísima historia sobre el terrible destino de las niñas de un orfanato, utilizadas como parte de un cruel “experimento sociológico”. El cuento de hadas frustrado de estas niñas se transforma en un alegato desesperado de denuncia de la profunda depravación a la que puede llegar el ser humano. En cada capítulo encontraremos las supuestas razones de alguien para dejar que el suplicio de las niñas siga adelante, inventando justificaciones imposibles o simplemente dejándose llevar por la bestialidad que todo ser humano sigue ocultando. Juegos de excusas y mentiras que sólo esconden el tremendo egoísmo de la humanidad, un instinto de supervivencia animal que no conoce los términos de piedad o bondad. Sólo la prevalencia del más fuerte y la sumisión de los demás a él.
Samura no ahorra durísimas escenas explícitas, pero es precisamente en aquellos episodios donde el dolor es visto externamente, sin violencia, cuando la ingenuidad de las niñas se sobrepone al terror y la crueldad, donde el impacto hacia el lector es contundente. Es donde cerramos las páginas de este manga, respiramos y cogemos fuerza para seguir leyendo, más que sabedores, temerosos de lo que vamos a encontrarnos, todavía con la esperanza vana de encontrar un final feliz que nos mienta y nos engañe.
Un tebeo brillante que sorprende todavía más leyendo las declaraciones del propio autor al final del manga, tan superficiales y banales que resulta increíble que lo que acabamos de leer corresponda con la intención inicial de hacer una versión de Ana de las Tejas Verdes. Unas declaraciones que ayudan a entender, quizás, ciertas vacilaciones en el tono inicial de la historia (sobre todo en lo referente a la explicitación de las escenas más violentas) y ciertos momentos de inseguridad en el desarrollo de la historia que impiden redondear lo que, pese a todo, es uno de los tebeos que más duros y angustiosos que he leído en mucho tiempo. (3+)

Enlace: Las primeras 15 páginas

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