Sombras de realidad y ficción

Existe cierta tendencia a clasificar a los dibujantes como autores completos o como ilustradores de la obra de un guionista. Compartimentos herméticos, casi estancos, de los que parece sea imposible salir y cuya transgresión merece el prejuicio de ser una herejía de tal calibre que sólo el fracaso puede esperar al osado. Costumbre ésta derivada de la maniática obsesión que obliga a etiquetar todas y cada una las cosas que vivimos, pero que en la cultura se manifiesta de forma ostentosa, con verdaderos especialistas en este arte del rotulado, capaces de crear retorcidos tejuelos de letras doradas e imperecederas.
Divagación un poco traída al pelo, pero que me parece aplicable al caso de Cyril Pedrosa, dibujante de clase que había demostrado su calidad en series como Ring Circus o Shaolin Moussaka, ambas con guión de David Chauvel. Pedrosa plasmaba en las series su impresionante dominio del movimiento, herencia común de aquellos que han trabajado para la animación y que el francés sabía llevar un paso más allá, combinándolo con una adecuada puesta en escena y una sólida narrativa. Un dibujante de oficio, se podría decir, que tuvo el atrevimiento de dar el salto a la autoría total con Les Coeurs Solitaires primero y, después, con Tres sombras, que ahora edita en castellano Norma. La primera pasó -injustamente- un poco desapercibida, pero la segunda es una de esas pruebas que destrozan y entierran cualquier teoría y prejuicio previo, porque las 268 páginas de este libro son la constatación y demostración de cómo se cuenta una bellísima historia. Una especie de cuento moral que recorre la génesis de la aventura en su concepción, desde la fábula y la leyenda hasta la literatura de género, llegando al simbolismo y el expresionismo en una transición sorprendentemente natural, que es la base de la narración de un mensaje simple y directo: el amor de un padre hacia su hijo. Un amor fuera de límites que llevará a todos los sacrificios, a enfrentarse a todos los peligros y a entregar su propia existencia, en una metáfora llena de poder y fuerza gracias a la exquisita labor de Pedrosa. Su trazo evoluciona y se hace más tosco, manteniendo su consistente dominio de la cinemática y dinámica de la escena para ampliarlo a toda la composición de página, que adquiere un ritmo visual vigoroso, casi agresivo. A medida que va avanzando en esa transición por formas literarias, su dibujo va adquiriendo pequeños matices de definición, apenas esbozos ligeramente marcados, pero suficientes para definir cada zona de la narración y darle personalidad definida. Y todo, absolutamente todo, supeditado a la eficacia de la transmisión de un mensaje universal, pero que Pedrosa sabe llevar hacia un planteamiento adulto y reflexivo. No hay final feliz de cuento, sino reflexión madurada y pensada hacia la realidad de una vida que sobrepasa ampliamente los límites de la ficción. Esa evolución de la forma narrativa literaria que marca el tempo de Tres sombras no deja de ser una exposición de la maduración de la misma forma de entender la literatura y, a su vez, de la del propio ser humano. Una hermosa metáfora que se ve recompensada con un trabajado final que no deja, a su vez, de expresar las muchas diferencias y concomitancias entre realidad y ficción, pero sin renunciar a ninguna de ellas. La dureza de la vida real es expresada en términos de ficción, en una simbiosis perfecta que demuestra que ambas expresiones se nutren una de otra, en una relación tan especial como a veces imposible, pero siempre fructífera si su objetivo es el crecimiento personal.
Una obra extraordinaria. (4)

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