Tormentoso Rubín

Dante necesitó de la ayuda de Virgilio para bajar a los infiernos. Un báculo de razón para no caer en las garras de la locura absoluta, ante la maldad y el dolor, sólo la demencia aparece como refugio posible y el poeta tendía la mano al escritor como una cadena que le mantenía atado a la realidad.
David Rubín ha sido más valiente, o más inconsciente, según opiniones, lanzándose a un infierno personal sin ayuda ni guía, explorando Ciudad Espanto, un lugar que parece sacado de una pesadilla interminable de Borges o de Monterroso, en el que cada esquina esconde un pequeño cuento de crueldad y miserias, de horror y miedos. Rubín crea una métrica propia para componer un poema maldito, cuyos versos son líneas, palabras y dibujos, esbozados con su fuerza habitual, ahora matizada quizás por un color que toma el protagonismo del visceralidad con esos rojos agresivos que inundan las páginas. El Bécquer de las leyendas se encuentra al Espronceda más pasional en este tebeo donde la viñeta desaparece, donde la ilustración a doble página se alza como la forma de ir enlazando las ideas dispersas que componen las barriadas de esta ciudad Espanto. Relato ilustrado que, sin solución de continuidad, encuentra secuencia de forma natural en transiciones sobre un único escenario, en una teatralidad manifiesta en la que Rubín recupera la viñeta como marco referencial para luego pasar página y volver a refugiarse en la historieta de composición atrevida y sorprendente.
Es posible, como dice Max en el prólogo, que el mayor miedo de un autor sea no saber qué contar. Pero en Cuaderno de tormentas encontraremos un pavor todavía superior: el del autor que se siente sobrepasado y dominado por sus historias. Una presión terrible que ahoga hasta la sofocación, en una avalancha en la que una imaginación desquiciada no para de lanzar ideas a borbotones. Ficción desmedida que atenta al autor hasta sobrepasarlo y sustituirlo, inundado de un mundo en el que la realidad ha dejado de ser y ya no existe más que el lugar imaginado y, al final, la locura, el único abrigo que permite poder vivir en un mundo mutable en perpetua ebullición.
Quizás su mayor problema sea un exceso de ambición literaria, que se compensa con esa poesía visual que deja un poso de bellísimo terror. (2+).

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