Dolor

Hay veces que las obras no se crean para ser leídas. Son esas circunstancias donde el dolor o la angustia atenazan tanto al autor que decide exorcizarlos de la única forma que sabe: creando. Delante de una página en blanco, da rienda suelta a sus miedos, a sus sufrimientos. Sin límite ninguno, dejando de lado la preparación, guiones, documentaciones: sólo importa sacar lo que se tiene dentro, desde las entrañas y con fuerza. Gritando a esa página en blanco que quiere acabar con todo y poder dejar atrás el pasado, olvidar con la conciencia tranquila. Son situaciones donde no importa que esas páginas terminen arrugadas en el cubo de la basura, quemadas u olvidadas en un rincón. Son el vehículo de una catarsis privada que sólo necesita un lector, el propio autor.
linthoutEs el caso de Los años del elefante, de Willy Linthout (Ponent Mon).
Recapitulemos un poco: hasta hace apenas unos meses, este autor era un completo desconocido para mí. Cuando la editorial que lo publica en castellano me pidió que hiciese el prólogo, mis primeras indagaciones no aportaron mucho más: un autor belga de gran éxito local con la parodia Urbanus, una longeva serie muy popular en su país, pero completamente desconocida fuera de la Bélgica flamenca. Existían referencias a esta obra en cuestión, que le había aportado mucho reconocimiento y premios, pero apenas nada más. Una situación de ignorancia que, posiblemente, favoreció todavía más el choque que me supondría la lectura de esta obra. Cuando recibí un ejemplar para poder leerlo y realizar el prólogo, el dibujo humorístico, que recordaba a un Margerin ligero, me desvió todavía más de lo que iba a leer. No podía imaginar que al pasar la primera página iba a entrar en una de esas obras de las que hablaba antes, en un desesperado y desgarrador grito de ayuda. Estaba leyendo la confesión de un padre que no entendía el suicidio de su hijo. Un padre que vivía en esa burbuja de felicidad que todos nos creamos alrededor y que, súbitamente, estallaba en mil pedazos. Sin saber qué hacer, sin comprender qué le pasaba a su mundo, Linthout hizo lo único que sabía: dibujarlo. Expresar en un tebeo lo que su mente no podía asumir en un intento último de hacer inteligible eso tan indefinible que es la vida. No hay guión, estructura previa o argumento: sólo hay preguntas y dolor. Dolor omnipresente y la renuncia a aceptar que su hijo ha muerto. Miedo a reconocer que la vida ya no será la misma y obcecado, casi furioso, empeño en encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Linthout apenas dibuja, sólo aboceta un lápiz nervioso, que no pasará a tinta y que deja ver todavía más la tensión visceral que le empuja a dibujar. Y el lector, invitado de piedra en una función a puerta cerrada en la que no debería estar, asiste impotente a la autodestrucción de una persona. A cómo se encierra en una concha de sufrimiento que le va alejando de sus amigos, de su trabajo, de su pareja, viviendo tan sólo para un imposible, para un hijo que ya no está.
Se podría hacer un análisis más extenso del tebeo en términos técnicos, pero sería un error. ¿Qué más da? Es cierto que Los años del elefante cae a veces en los excesos y en las carencias, que hay fallos de ritmo, redundancias y mil cosas más. Pero nada de eso importa en un tebeo que está hecho desde la desesperación. Linthout dibuja sin pensar, sólo plasmando sentimientos y emociones y ahí está el valor de este tebeo: en lograr representar como pocas veces antes el desgarro, la desesperación que supone la pérdida de un ser amado. Es posible que aquellos que no han pasado por ese drama vean el tebeo como un exceso, como incomprensible. Pero con toda seguridad, todos los que hayan tenido ese dolor verán parte de él en estas páginas. Y reconocerán que esa tristeza es universal, que afecta a todos por igual y, quizás, en este discurso desesperado, han encontrado algo de paz.
No es un tebeo fácil, ni su lectura agradable. Pero quizás sea necesario leerlo. Porque todos hemos pasado, pasamos y pasaremos por ese dolor.

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