De héroe a leyenda

superman1“..quiero que sepan lo que se sintió al vivir el despertar de la era de los superhéroes.”
Es la frase que Superman le dice a Lois Lane para explicar el sentido de la Fortaleza de la Soledad y, en el fondo, la que mejor refleja el espíritu que impregna todas y cada una de las páginas del All Star Superman que firman Grant Morrison y Frank Quitely. Tras décadas imbuidos del pesimismo marcado por la “Era Oscura” de los superhéroes, la obra que acaba de publicar Planeta DeAgostini en un único volumen recopilatorio es un homenaje entregado al género superheroico, reivindicando las claves y circunstancias que marcaron su nacimiento. Un inmenso retablo que recuerda a los procesos mitológicos de creación del héroe explícitamente relacionados en la obra con las tareas de Hércules, que Morrison y Quitely hábilmente entroncan con episodios clásicos de la vida de Superman. Investigando la larga historia de 75 años del personaje, toman esos momentos gloriosos de la Silver Age guionizados por Otto Binder para plantear si es hoy posible un superhéroe guiado por los principios de aquellas creaciones. Principios bastardos, derivados de la prohibición manifiesta marcada por el Comics Code, pero que dieron lugar a un seguido de historias de orientación infantil donde el único límite era la imaginación desbordante de los equipos creativos. Aquellas locas historias de Jimmy Olsen, Lois Lane, Luthor, Bizarro… son rescatadas con una visión moderna, que acepta sin prejuicios el mensaje moral de vocación infantil para traducirlo y actualizarlo con un espectro mucho más amplio. Un arriesgado intento de traducir “el sentido de la maravilla” al lenguaje de una generación escéptica, que ha perdido en muchos casos la capacidad de sorpresa, abrumada por unos medios que muestran la imagen de que todo es posible y un modelo de héroe que ya no se corresponde con aquél que dio origen al género. Sin embargo, Morrison y Quitely consiguen un brillante relato gracias precisamente a sumergirse en las bases fundacionales del mito de Superman, centrándose en unos valores morales universales de sencillez inmaculada, pero que son diseccionados por los autores con indudable acierto. Desde el primer momento, evitan la focalización sobre la épica clásica del héroe, centrándose en una concepción mucho más pausada. Hay, es evidente, grandes peleas y enfrentamientos, pero la gran mayoría de las escenas del libro desarrollan largos diálogos. Exceptuando el genial guiño hacia “la muerte de Superman” y Doomsday, reescrito en términos de homenaje a las siempre camaleónicas aventuras de Jimmy Olsen, en las luchas Superman apenas se defiende, no ataca nunca y suele terminar las luchas en ejemplos de diálogo y tolerancia. Es, en el fondo, ese modelo de comportamiento que transmitían a los niños aquellos tebeos de la Silver “el fuerte protege al débil”, traducidos ahora en términos de tolerancia y respeto. Las splash-pages de las aventuras de Superman, siempre reservadas al momento más titánico de la lucha, a ese gigantesco puñetazo que se despliega por varias páginas, aquí están reservadas a momentos íntimos del héroe. Lo más importante no es cuando gana al villano, sino cuando está con su amada o llora por su padre. En ese sentido, es fundamental la aparente sencillez compositiva que eligen los autores, sin apenas experimentos compositivos, volcando todo su esfuerzo en una fluidez visual hacia el lector casi perfecta, que transforma la habitual síncopa de la narrativa post-image en un tránsito suave que lleva al lector en volandas por las escenas, permitiendo que se centre en ese mensaje emocional que quiere transmitir la obra. Una labor fundamentada en la puesta en escena y la elipsis -obligada con una planificación que rara vez supera las tres o cuatro viñetas, casi siempre horizontales, por página-, que obliga a un estudio y planteamiento previo milimétrico que no deje nada al azar.

Morrison y Quitely son conscientes que un ser omnipotente sólo tiene una lectura posible, en términos de encarnación de una nueva divinidad como ya explorase Moore en Miracleman, pero derivan este concepto precisamente hacia una interpretación que lo traduce en un Dios de las pequeñas cosas, que es capaz de sentir y conocer la verdad última del universo (genial el contraste entre esa concepción del todo desde la perspectiva científica actual y, a la vez, como un haiku único), “el sentido de la vida”, pero también, por ello, valorar hasta el último y minúsculo aspecto de su vida. Pero lejos de considerar una deidad, Morrison y Quitely le dotan de la humanidad de la muerte, de un final que, paradójicamente, quedará abierto en un metajuego donde el propio relato se va transformando. La incesante reivindicación de integrar al superhéroe en el mundo real que el género ha demandado en los últimos años es rechazada por los autores en una progresión donde la única vía de deificación es la leyenda. Sólo la imaginación de los hombres crea dioses, y Morrison y Quitley establecen precisamente ese juego de interferencias entre el lector y la historia, entre la realidad del mito que nació en 1938 de la mano de Shuster y Siegel y el que después se ha integrado en el imaginario sociocultural como icono. En la diferentes gestas que va logrando Superman, perfectamente estructuradas a través de un relato tan clásico como la sempiterna lucha con Lex Luthor, el propio personaje es consciente de su finitud, de que la única realidad posible es la del ser humano y su brevedad, pero que la humanidad necesita un icono. Y se prepara precisamente para la creación de un icono, de una leyenda. Es un dios que se creará a sí mismo por el único camino posible: el de la imaginación del hombre.

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No es fácil el ejercicio de equilibrios que desarrollan dibujante y guionista, manteniendo la coherencia de un mensaje a la vez que despliegan un seguido de guiños al lector en forma de homenajes casi continuados. El lector que conozca la etapa inicial del Superman de la Silver Age (especialmente la de Otto Binder, que ahora se está recuperando en la colección de Showcase de DC) encontrará detalles en prácticamente cada viñeta, que son introducidos con elegancia en un discurso donde los autores apuestan por la emoción como sentimiento fundamental que debe obtener el lector. Si caer en el sentimentalismo o la sensiblería, la conversión icónica de Superman es mostrado como un relato que, más allá de la épica heroica, se expresa como un recorrido por la formación emotiva y moral del ser humano, que durante su infancia y juventud ha tenido en los héroes a modelos morales y de comportamiento de los que ha aprendido las bases de su personalidad. Un modelo de transmisión de valores que sigue siendo válido y que, sobre todo, permite desde su simplicidad alzar reflexiones mucho más complejas, como bien demuestran Morrison y Quitely, reivindicando no sólo el género superheroico, sino que todas las aproximaciones siguen siendo válidas.
Una obra brillante, posiblemente uno de los mejores tebeos del género que se han editado en años, que Planeta DeAgostini presenta en una cuidada edición recopilatoria (en este caso, ganando enteros respecto a su edición en fascículos) que, por desgracia, no es ajena a las típicas erratas que esta editorial comete, con inexplicables defectos de rotulación (cambio absurdo de fuentes) o la repetición de una de las portadas originales de la serie (que no afecta para nada a la lectura, pero encenderá con lógica la ira de los puristas). (4)

– Reseña en El Show de los hombre lobo