Mistigri

mistigriHay una edad a la que ya no nos quedan recuerdos de la infancia. Quedan solo fabulaciones, espejismos ilusorios que mezclan lo que fue y lo nos hubiera gustado que fuera. Cosas de esa máquina maravillosa que es el cerebro, que juega con los recuerdos para crear nuestra propia realidad. Por eso, cuando un adulto se pone en la piel de un niño suele crear una especie de pequeño monstruo impostado, una marioneta de aspecto infantil pero con anhelos del pasado que nos hubiera gustado vivir. Pero seguimos creyendo tan fírmemente en la imagen creada por nuestra mente que reconocemos como infantil aquello que nos es más que nostalgia. Aunque hay excepciones, claro. El señor Watterson consiguió que las aventuras de Calvin y Hobbes nos llevasen a la realidad de la infancia, quitaba las polvorientas telas con las que nuestra mente había tapado aquellos recuerdos y, aunque sólo fuera por unos segundos, reviviéramos como auténticos niños.
Es algo reservado a muy pocos dotados, con una especial sensibilidad o habilidad que permite acceder a la verdadera memoria de la niñez. Y leído Mistigri, es evidente Stygirit es uno de ellos. Partía además con todas las desventajas del mundo, porque buceaba en un momento dado de su vida difícil para entender para un niño, la separación de sus padres. Lo que fue una catástrofe termina siendo comprendido cuando la vida te da los primeros desengaños amorosos, certificando el paso a la madurez. Es fácil que los recuerdos se contaminen por los razonamientos adultos, pero Stygryt ha conseguido dejar su memoria virgen del virus de la madurez y narrar los sentimientos de un niño. Contar lo que veía y lo que sentía con esa mezcla de curiosidad, ignorancia, ingenuidad y pasión que mueva la vida en nuestros primeros años. El primer paso, el más complejo, estaba dado, pero para que la historieta pudiera nacer necesitaba de un dibujante que no tirara por tierra el esfuerzo titánico del guionista. Por suerte para Stygryt, Nacho Casanova estaba ahí para volcar su inmensa para plasmar la cotidianeidad. Abandonó por un periodo el relato de su intimidad para contar la de otra persona, en un trasvase que no siempre es sencillo: puede uno pensar que es fácil fijarse en las vergüenzas ajenas pero difícil dejar al descubierto las propias, pero siempre es bueno cierto pudor que indique que el dibujante no se siente un foráneo en la historia. Y aunque Nacho Casanova intenta demostrar cierto espíritu gamberro en público, su obra delata que no es más que una fachada de un sensibilidad especial para conectar con los sentimientos propios y ajenos. Conjunción afortunada de autores que logran que la sencilla historia de este niño francés aparezca con tocada por varita de la sinceridad, que hace de imán para un lector que, en muchos momentos, reconocerá caminos que también él transitó hace muchos años. Es Mistigri un libro amable, alejado de las duras historias de las que tanto gusta ahora la historieta, pero que esconde historias tristes y alegres, vistas con ingenuidad unas veces, ignorancia otras. Como la vida de un niño. (3)

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