Sprott

sprott01¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?¿Dónde vamos? Tres simples preguntas que esconden el mayor reto de la humanidad. Llevamos buscando una respuesta a esas tres preguntas desde que la evolución encendió la chispa del pensamiento racional y han sido, son y serán el detonante de todo movimiento filosófico o religioso, empeñados en justificar que la causalidad es algo más que una percepción netamente humana. Enfrentarse a ellas forma parte natural de la evolución del ser humano, una especie de deuda pendiente con ese regalo de la aleatoriedad genética que fue la inteligencia, pero también según se mire, un intento de ambición desmedida o de ignorancia atrevida. Cuando un autor se pone delante de estas tres preguntas, el afán de trascendentalidad se convierte muchas veces en un único motor que eclipsa completamente el sentido común, transformando la reflexión en un duro ladrillo de difícil digestión e ínfulas de importancia.
Quizás por eso el que esto escribe sintió pánico ante las primeras páginas de la última obra de Seth, George Sprott (1894-1975). Sin ningún tipo de amago maquillador de sus intenciones, el dibujante plantea abiertamente que va a utilizar la vida de este obeso presentador y aventurero imaginario para reflexionar sobre la vida en su extensión, sobre cómo ese antes y después son tan sólo los signos del paréntesis del ahora. Miedo y pavor: cierto es que el interés por la trascendencia ya se dejaba entrever claramente tanto en La vida es buena si no te rindes como en Ventiladores Clyde, pero eran tratados tangencialmente, a partir de un cúmulo de intereses personales del autor que usaban la ficción como reflejo de su propia vida. No era un tratamiento abierto y directo, era sutil, apenas esbozado como segunda o tercera lectura. Sin embargo, ahora esa apertura inicial define claramente su objetivo y, de hecho, cambia radicalmente la concepción que se podía tener de su lectura serializada en las Funny Pages de The New York Times: Seth define claramente unas intenciones que aparecen como en exceso ambiciosas. Pero ahí una válvula de esperanza: su planteamiento formal es tan osado como eficaz, siguiendo la vida completa de George desde el óvulo hasta la muerte en una especie de limbo imposible donde protagonista, narrador y lector entran en un peculiar diálogo de intenciones. En cierta manera, el autor articula una defensa previa ante lo que viene, incluso declarándose como incapaz de llegar a todo lo que aspira, pero lo hace abiertamente ante el lector con un “tour de force” compositivo que será básico en el planteamiento de la obra. Una excusa preventiva si se quiere de posibles errores que actúa a su vez de acicate para el lector: una trampa en toda regla para atraer la atención.
El lector entrará entonces en la apariencia de una biografía que recorre la vida de George Sprott, un aventurero que recorrió el ártico durante la década de los 30 para terminar explotando su pasado en conferencias y como presentador de un aburrido –y algo surrealista- programa dedicado a la vida en las latitudes boreales. Un ejemplo perfecto de ideal humano: trotamundos en su juventud, conquistador de innumerables mujeres, reconocido casi como un héroe de la aventura, con fama, dinero y una larga y dichosa vida. Casi una definición de lo que la sociedad entiende por éxito y usa como sinónimo de felicidad.
Un hermoso cuadro idealizado que Seth irá descomponiendo con mano firme: aprovecha la necesidad de fraccionar la narración para su serialización en entregas de una página para optar por contar la vida de Sprott desde una perspectiva descompuesta y fragmentada. Cada página abordará una faceta de la vida del orondo vividor desde una visión bien diferenciada: sus familiares, sus conocidos y, en el mismo plano de importancia, los lugares que frecuentaba.

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Una triple perspectiva a la que se añaden extractos de su vida a modo de documental y que redondea una ficcionalización de sus últimos momentos desde el relato del narrador. El resultado es una composición fascinante, en la que cada acercamiento recibe un tratamiento particular que le permitirá derruir por completo la imagen idealizada de partida. Seth va enfrentando opiniones y recuerdos sobre Sprott para ir definiendo una personalidad que aparece tan ambigua y voluble como la de cualquier ser humano, con las mismas miserias y virtudes. Sprott no fue un buen padre ni un buen marido ni un buen amigo, cierto, pero tampoco fue una mala persona, como la mayoría de los mortales. De hecho, su retrato va despojando esa irrealidad del éxito de su caparazón de trascendencia para sacar a la luz la triste realidad: sólo hay un ser humano más. Frágil y mínimo. Como ya anunciaba en las páginas iniciales, Seth aborda las trascendentales preguntas escondiéndolas dentro de la biografía de Sprott y dándoles una respuesta de un pesimismo existencialista, con un demoledor mensaje sartriano de futilidad vital. Sólo al cerrar la última página de George Sprott el lector es consciente de hasta qué punto Seth ha metido el cuchillo en la herida y lo ha retorcido hasta que sea imposible sacarlo. Le ha dado un caramelo envenenado de elegante y lujoso envoltorio que ha aceptado como un precioso regalo.
Con esa revelación, todas esas elegantes soluciones formales adquieren un sentido claro: la fragmentación aleja al lector y lo entretiene en su camino, en una especie de juego de prestidigitación donde el mago va escondiendo al público sus actos. Esa obsesión por la inclusión de decenas de diminutas viñetas no es más que una expresión más de la insignificancia del ser humano, diminuto como una hormiga, que se contraponen siempre con los escenarios naturales o los edificios. Viñetas grandes o composiciones de viñetas que forman un espacio estático, inmenso comparado con el ser humano, pero siempre desierto: la naturaleza, los lugares, los edificios, sobreviven al hombre y existieron y existirán después de él.

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Es el contraste entre la trascendencia real de lo inanimado y la ambición de transcendencia de los humanos. Sutil contrapunto simbólico que Seth adorna con una sabia asimilación de los conceptos narrativos de Chris Ware, que son reinterpretados según sus necesidades y gustos. La opresiva geometría compositiva del creador de ACME aparece aquí dulcificada, transmutando la gelidez de la línea en una sorprendente calidez nacida, paradójicamente, de colores fríos, azules y ocres. Seth diseña la página como la de un diario –en un guiño evidente a su publicación original en un diario-, estableciendo “bloques visuales” donde la información se suministra como en las noticias de un periódico, incluso recuperando la cabecera y titulares. Una elección narrativa lógica en su formato original, pero que adquiere nuevos matices para su traslado al libro, incorporando nuevas páginas que permiten una reflexión nueva, a través siempre de las oposiciones de contrarios: el pasado (a través de “filmaciones” de su pasado) frente al presente (por el relato de los últimos minutos), lo diminuto (las viñetas) frente a lo gigante (las grandes páginas de cambio de capítulo, con paisajes desiertos inmensos). Pero, sobre todo, con una novedad fundamental: la concepción global del libro como experiencia total. La obsesión fetichista del objeto que Ware inició en su serie es comprendida por el canadiense como una lógica evolución del lenguaje de la historieta. La “visualidad” de su lenguaje no termina con la página: se expande a su continente de forma natural y precisa de claves propias que acompañen una experiencia lectora que comienza con la primera vista al libro y se continúa incluso con el paso de las páginas. Cada elemento del libro debe ser parte activa de esa experiencia lectora, desde la portada a la tipografía. En ese sentido, la edición de Random House aporta sinsabores: la calidad de edición, maquetación interna, rotulación, traducción (un único pero, creo que al traducir el original “a picture novella” por “una novella gráfica” aporta unos matices que no son los que quizás buscaba Seth..¿quizás “una novella ilustrada”?)… son impecables; sin embargo, la editorial ha optado por reducir el tamaño de la edición original casi un 20% (lo que puede afectar especialmente a un álbum donde en algunas páginas hay más de 30 viñetas, aunque sea poco) y por cambiar la (preciosa) cubierta original. Una opción poco comprensible tras la exquisita edición de Catálogo de novedades ACME y que trastoca en cierta medida ese proyecto global del libro, aunque no impide su disfrute.
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Seth consigue con George Sprott (1894-1975) un libro absolutamente indispensable, el mejor sin duda que ha realizado hasta la fecha, que destaca en todos y cada uno de los niveles de análisis que se quieran establecer. Desde lo formal, como una vuelta de tuerca a las enseñanzas de Ware y como una afirmación contundente de las posibilidades de la historieta como un arte que va más allá de una definición reduccionista que sólo hace hincapié en sus similitudes cinematográficas, con una serie de posibilidades todavía inexploradas en toda su extensión. Experimentación radical con sorprendente apariencia de sencillez. Y, en el fondo, con un brillante acercamiento (taimado y tramposo, en cierta medida, cierto) a las preguntas vitales del ser humano, a las que sugiere una respuesta demoledora y tajante, de un desesperanzado y cruelmente realista existencialismo. (4+)

ACTUALIZACIÓN: Entrevista a Seth

Novedades de La Cúpula

Suculentas las novedades de este mes:
(**)- Génesis, de Robert Crumb. 220 páginas BN. 21 x 28 Cartoné. P.V.P.: 29,90 €
(**)- Hablando del diablo, de Beto Hernandez. 132 páginas BN. 17 x 24 Cartoné. P.V.P.: 18,00 €
KISS comix 217, de Varios Autores. 68 páginas. 20 x 26,5 grapado. P.V.P.: 4,20 €
(**)- Las noches de Zipango, de Hideshi Hino. 172 páginas BN. 13 x 18 Rústica. P.V.P.: 10,95 €
Frau Tovarich: La camarada, de Jun Matsuura. 140 páginas BN. 17 x 24 rústica. P.V.P.: 12,00 €
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